VIDA EN PAUSA
El frío del asilo
La migración de asilo supone un porcentaje notable de las personas desplazadas por la fuerza. Sin embargo, su representación audiovisual, aunque cada vez es más, sigue siendo escasa. El director griego Alexandros Avranas descubrió la existencia del síndrome de resignación, una enfermedad que sufren algunas personas que emigran de su país de origen y que prácticamente solo se produce en Suecia. Como mecanismo de defensa para protegerse del trauma, los pacientes entran en un estado de coma en el que dejan de ingerir alimentos y de comunicarse. A través de un retrato familiar Vida en pausa (Alexandros Avranas, 2024) explora el impacto que puede tener el proceso de solicitud de asilo en Suecia tanto en menores como en adultos.
En la película hay una clara intención de escenificar el procedimiento sueco estrictamente planificado para evitar que los funcionarios empaticen con los migrantes. En este primer filme de Avranas distribuido en España, la mayoría de planos están simétricamente compuestos con un eje central que, con frecuencia, separa a la madre y al padre. Así, la dirección escénica está meticulosamente calculada para plasmar la proporción y el equilibrio característicos de este país, pero, al mismo tiempo, su artificialidad en procesos migratorios. De este modo, la puesta en escena va más allá de lo estético para reflejar en la pantalla la rigidez del gobierno, describiendo visualmente un Estado que invierte tiempo y dinero en ocultar lo que no funciona. El claro ejemplo es que, en lugar de solucionar la intransigencia del proceso que claramente afecta a los solicitantes de asilo, el país prioriza destinar recursos a enfermeras encargadas de instruir a los padres sobre cómo deben comportarse ante sus hijos: sonriendo forzadamente.

La indolencia no solo se percibe en la composición armoniosa de los planos, sino también en la gama cromática fría que guía toda la narración y deviene en un elemento explicativo de la propia historia. A través del blanco y la escala de azules se evidencia la rigidez burocrática en los procedimientos para otorgar el permiso de residencia a los migrantes de asilo. La falta de colores cálidos también enfatiza la desesperanza y la soledad a la que se enfrentan los refugiados, por lo que se acentúa la frigidez del sistema. A consecuencia de este tratamiento visual se acrecienta la sensación de desamparo y artificio.
Sin embargo, hay dos elementos que destacan en la paleta serena y están directamente relacionados con el síndrome de resignación en las hijas. La primera vez que se rompe con la monocromía del film es cuando Katja (Miroslava Pashutina), la hija pequeña, se desmaya, hecho que la lleva directa al coma. El edificio del fondo destaca por sus paredes granates, que funcionan como presagio de lo que se acerca. La otra pieza que irrumpe entre los azules es la libreta roja de Alina (Naomi Lamp), la hija mayor, donde está escrito el testimonio que debe relatar. El cuaderno carmesí supone el inicio del desenlace, pues permite a los funcionarios descubrir que el testimonio que Alina cuenta como propio es, en realidad, la experiencia de Katja. Por lo tanto, concluyen que su explicación es falsa y deniegan la solicitud de la familia. Minutos después ella también entra en coma.
El empeño de Avranas por ceñirse a la realidad es notable. La cámara rara vez se mueve; generalmente permanece estática, observando lo que ocurre enfrente sin interferir. No estorba a los personajes, de hecho, estos se desplazan frente a ella como si no existiera. La predominancia de planos fijos refuerza la insensibilidad de la historia y de la robotización de las dinámicas del sistema para afrontar la entrada de migrantes. No obstante, a veces se acerca muy lentamente a los rostros para aumentar la tensión y remarcar los momentos de incomodidad generada por la presión estatal. El ejemplo más claro es cuando a través del sutil movimiento de la lente se retrata la coacción que siente Alina dando su testimonio. Solo hay un momento en que se rompe la estaticidad: cuando una compañera de clase quiere robarle la libreta roja a Alina. Así, el filme resalta la importancia simbólica del cuaderno, que vuelve a alterar su riguroso estilo visual.

La precisión en la puesta en escena de Vida en pausa es un elemento esencial de su narración, pues su frialdad tiene un sentido justificado que pretende representar la apatía del sistema sueco. A los refugiados se les proporciona una casa y un trabajo, pero nunca les pertenecen del todo; deben demostrar constantemente al Estado que son merecedores de estas facilidades. El sistema tiene una estructura tan férrea que no se puede vencer. Por lo tanto, la cuestión de fondo es quién crea realmente el síndrome de resignación: los padres o el sistema. Es evidente que hay un egoísmo generoso por parte de los progenitores, quienes ponen presión a sus hijas para que los ayuden. Pero, al mismo tiempo, el Estado obliga a los menores a participar en todo el proceso, lo que les obliga a revivir sus posibles traumas.
Vida en pausa (Quiet life, Alexandros Avranas, 2024)
Dirección: Alexandros Avranas / Guion: Stavros Pamballis, Alexandros Avranas / Producción: Alejandro Arenas, Adeline Fontan Tessaur, Chulpan Khamatova, Sylvie Pialat, Benoît Quainon / Fotografía: Olympia Mytilinaiou / Edición: Dounia Sichov / Música: Toumas Kantelinen / Reparto: Chulpan Khamatova, Grigory Dobrygin, Naomi Lamp, Miroslava Pashutina, Eleni Roussinou
