ARO BERRIA
Distintas formas de colectividad

Ubicada en ese tiempo en el que algunas preguntas se sentían como nuevas, pues las cuatro largas décadas de la dictadura las habían prohibido, Aro Berria (2025) el primer largometraje de Irati Gorostidi, muestra las nuevas posibilidades y reflexiones que surgieron tras la bienvenida (de nuevo) a la libertad en este país. Así, el foco de interés de la directora trasciende esa comunidad alternativa ubicada en Lizaso de la que se ocupa uno de sus cortometrajes anteriores, Contadores (codirigido junto a Mirari Echávarri López), para plantear una pregunta más trasversal sobre qué es la colectividad o, al menos, cuál es la colectividad que la sociedad mayoritaria está dispuesta a aceptar.
De ahí que la película comience en un entorno muy diferente al rural, el de la lucha laboral en Donosti, en plena negociación del convenio colectivo del sector del metal. Los protagonistas que, como no podía ser de otra manera, forman un colectivo (aunque sobre esto se señalará un matiz más adelante), apuestan por presionar más a la patronal para conseguir mejores derechos y además, haciéndolo no a través de sindicatos, sino de manera colectiva y directa de todos los trabajadores (es decir, eliminando el intermediario de representación sindical). Sin embargo, la sociedad de entonces, como puede que tampoco lo esté la actual, no se muestra dispuesta a aceptar este tipo de colectividad tan absoluta, y este segmento de la película finaliza con la derrota de la propuesta de los protagonistas.
Tras este prólogo, con una elipsis temporal de duración indeterminada, la película se adentra en la comunidad para no volver a abandonarla en ningún otro momento. Aquí se produce un cambio en el protagonismo al que se hacía referencia antes, pues pasa de repartirse de manera equitativa en los cinco jóvenes que encabezaban aquella lucha laboral, a depositarse ahora mayormente en el punto de vista de las dos mujeres, sobre todo de Eme (Maite Muguerza Ronse), pues la película solo accede a la comunidad cuando ella la visita por primera vez. Este cambio, que probablemente corresponda más a que la trama en lugar de estar concebida como una estructura está trazada como una pincelada, se canaliza a través de la experimentación de Eme del espíritu de la comunidad. Sin embargo, las imágenes de la película no pierden esa colectividad porque, con una personalidad marcada de colores saturados y de planos largos y cercanos a los sujetos, Gorostidi e Ion de Sosa (director de fotografía) consiguen distribuir el protagonismo de las imágenes de manera no jerárquica en las secuencias de los talleres conjuntos. Así, durante esos talleres o ritos donde, al mismo tiempo (pero la mayoría de las veces sin tocarse los unos a los otros), estos hombres y mujeres exploran sus deseos, identidad, y también, practican un sexo alejado del concepto no subversivo de la penetración (tal y como explicitan los protagonistas al principio del filme). La cámara mantiene una distancia, pero la lente se acerca a los cuerpos y les da su tiempo para experimentar esas evoluciones y emociones extremas. Aunque los protagonistas también están y participan de estas actividades, su peso cinematográfico no es mayor que el del resto de integrantes anónimos.

Respecto a estas secuencias, cabría preguntarse sobre lo adecuado de la forma adoptada por la directora. Gorostidi otorga una prolongada duración tanto a los planos como a las secuencias que recogen estos talleres y las fuertes emociones que experimentan aquellos que los practican. La misma secuencia y la misma duración tendrían un significado distinto si se tratara de imágenes documentales. Sin embargo, al tratarse de una recreación ficcional (del todo legítima, como no podía ser de otra manera), el estilo de rodaje, cercano al de la documentación etnográfica, se acerca peligrosamente a caer en la recreación de ese éxtasis colectivo. Además, el tiempo dedicado a la exploración de esa experimentación provoca un abandono, o al menos, un alejamiento de la reflexión sobre la colectividad con el que se da inicio al largometraje.
Aunque quepa plantearse algunas preguntas ante la película, la perspectiva de la directora es también la de hacerse preguntas y que los espectadores se las hagan con ella, y no la de dar respuestas categóricas. Tanto la colectividad en el entorno laboral, como la de después en la comunidad de Lizaso se muestran desde una perspectiva que, si bien no está orientada a mostrar un lado oscuro o las circunstancias que pudieron llevar a la no continuidad del sistema, tampoco es un canto a sus bondades. Aunque la mayor parte del metraje retrata esos talleres conjuntos, la directora también se detiene en otros elementos, como comprar leche, el viaje de vuelta de un aborto que se tiene que practicar en Francia, o el desmontaje de la carpa bajo la lluvia, de la misma forma que también muestra los debates de los organizadores, con sus opiniones divergentes. Las preguntas son conjuntas, pero las respuestas son individuales.
Aro Berria (España, 2025)
Directora: Irati Gorostidi Agirretxe / Guion: Irati Gorostidi Agirretxe / Reparto: Maite Muguerza, Jon Ander Urresti, Aimar Uribe, Edurne Azkarate, Óscar Pascual / Director de fotografía: Ion de Sosa / Montaje: Ariadna Ribas Surís / Producción: Leire Apellaniz

Muy bueno el artículo de Ione Monje sobre Aro Berria, película en la que la directora se introduce en la vida en colectividad, en la lucha por los derechos en libertad y en las formas alternativas de vivir, imposibles durante la dictadura.
Después de leer el artículo de Ione, tan interesante como siempre, tengo la curiosidad de ver esta arriesgada película en la que se nos plantean alternativas y preguntas sin respuesta.
Magnífico artículo. Felicito a la autora
Magnífico artículo de I0ne.
Nuevamente me ha descubierto una película con un punto de vista diferente y desconocido para
mí con la historia de la colectividad en el entorno laboral de Aro Berria y el fracaso de la revolución política, como la de después en la comunidad de Lizaso.
Gracias