Estrenos

CLAYFACE

Más cerca de Marvel que de Cronenberg

Clayface Revista Mutaciones 3

La llegada del villano Clayface al nuevo Universo Cinematográfico de DC de James Gunn, bajo la producción de Matt Reeves, se postulaba como una anomalía dentro de las adaptaciones de cómics a la acción real. Con un guion firmado por Mike Flanagan, la cinta incide en un personaje oscuro y grotesco, fundamentado en su psicología y en la naturaleza de sus poderes. Al igual que en su día el binomio de capítulos de Batman: La Serie Animada (Timm & Radomski, 1992), la película adapta la tragedia de Matt Hagen (Tom Rhys Harries), una estrella de Hollywood de orígenes humildes cuya carrera se desploma tras una desfiguración facial, lo cual le empuja a los brazos de la doctora Caitlin Corr (Naomi Ackie) y su tecnología experimental de regeneración celular.

Esta premisa prometía una inmersión absoluta en el terreno del body horror, sin embargo, la historia de origen de uno de los antagonistas más icónicos de la mitología de Gotham termina siendo víctima de las propias contradicciones industriales del estudio que lo ampara. En su núcleo conceptual, la obra acierta de pleno al examinar la condición camaleónica de un actor devorado por la vanidad. La película dialoga de forma directa con la obsesión contemporánea por la perfección estética, mostrando cómo el vicio por la modificación artificial -desde las intervenciones quirúrgicas hasta fármacos como el Ozempic- estanca al ser humano, alejándolo por completo de su esencia misma. Al asimilar unas células dotadas de inteligencia artificial que mutan su carne cuando pierde los estribos, Hagen aprende que no solo puede interpretar, sino transfigurarse en la persona que desee, lo que lo aboca irremediablemente a una despersonalización extrema donde la búsqueda de la belleza engendra un monstruo inhumano.

El viaje de Hagen hacia una identidad desdibujada encuentra su marco teórico en Poderes del horror (1980) de Julia Kristeva. Su metamorfosis encarna la abyección: una categoría ambivalente que desestabiliza el orden, provocando tanto rechazo orgánico como desconcierto racional. En sintonía con las ideas de Freud y Lacan, la criatura representa lo que la élite de Gotham (la sociedad) expulsa para asentar su propia identidad: este hombre desfigurado es sometido y arrastrado desde los rascacielos hasta los bajos fondos de la ciudad de Gotham, para culminar su desintegración en la oscuridad opresiva de las alcantarillas. Gotham lo engulle desde sus alturas para desecharlo en sus cloacas, demostrando de forma desgarradora que el valor de un individuo y su condena al ostracismo están dictados única y exclusivamente por su estética. Relegado a este subsuelo, el protagonista obliga a la ciudad y su corrupto sistema político y judicial  a enfrentarse a lo que insiste en no ver, erigiéndose como un testimonio monstruoso contra las mismas estructuras de poder que lo engendraron.

Clayface Revista Mutaciones

Sin embargo, por mucho que la teoría se encuentre ahí, se convierte en su talón de Aquiles: paradójicamente, la película es incapaz de sostener la visceralidad que su propia tesis exige en su desarrollo como género cinematográfico. La fuerza de lo abyecto reside en la recreación visual de las anomalías corporales y la descomposición física. Frente a la promesa de un terror puramente visceral, Clayface opta por la elipsis, el CGI y el montaje. A pesar de lograr escenas de genuina incomodidad -como la secuencia en la que el protagonista debe separarse los párpados con unas tijeras porque se le han fusionado en un avión con turbulencias-, la inmensa mayoría de las transformaciones clave suceden a través del CGI, el fuera de campo (como la icónica mutación de su mano en la maza del personaje en los cómics), o son relegadas a cortes de montaje. En lugar de apostar por efectos prácticos y prostéticos tangibles, que tornarían más repulsivas y físicas sus transformaciones para generar terror, la película traiciona su naturaleza subversiva al vaciar de inmundicia gráfica y orgánica el fango del monstruo.

Existe una secuencia paradigmática en la que se encuentra el gran problema del tratamiento del body horror. En un cuarto de baño de un motel, el protagonista comienza a sentirse desdoblado y tiene una conversación consigo mismo interpretando a otra persona, y, en lugar de presenciar la transformación en otra persona de forma gráfica, esta sucede por corte en plano-contraplano: en el reflejo del espejo vemos al hombre en que se ha transformado mientras que en el contraplano se conserva el rostro de Matt. Esta escena resuena con la secuencia del Duende Verde de Willem Dafoe en Spiderman (Sam Raimi, 2002) hablando consigo mismo a través de un espejo; sin embargo la diferencia radica en que mientras que aquella película articulaba un desdoblamiento estrictamente psicológico mediante el montaje, una obra como esta prometía apostar por la exploración del desdoblamiento físico y grotesco del protagonista, que sucede de forma elíptica. Más adelante, una secuencia de acción busca jugar con su condición de cambiaformas al provocar un altercado en un club nocturno, resuelta de nuevo mediante precisas coreografías y trucajes de cámara sin apenas depender de los efectos visuales, delatando un evidente ahorro económico.

Clayface Revista Mutaciones 2

Como reza el refranero popular, de aquellos barros, estos lodos. Las carencias formales de Clayface operan como el síntoma directo de las reticencias de un sistema de producción que teme llevar sus propias propuestas hasta sus últimas consecuencias. La brecha de prioridades es evidente: mientras baluartes del estudio como Superman (2025) ostentan presupuestos de 225 millones de dólares, esta cinta queda constreñida a unos parcos 44 millones. Si el estudio hubiese depositado verdadera fe -y el consiguiente respaldo económico desde la preproducción- en una obra que aspira a una visión decididamente autoral, pese a centrarse en un “personaje menor” la película habría logrado emanciparse de los productos estandarizados del cine de superhéroes. Su consagración pasaba por forjar un artefacto estético innegociable a través de los efectos prácticos, apostando por la fisicidad del cuerpo de la misma forma que ya lo hizo La sustancia (Coralie Fargeat, 2024). En su defecto, el filme se estanca en tierra de nadie; si bien funciona como un estimulante prólogo de tono oscuro para cimentar la futura galería de villanos del esperado nuevo Batman, naufraga en las orillas de un terror excesivamente tibio. Queda, en definitiva, como un monstruo de mil caras aterrorizado ante la idea de mostrar la crudeza de su propia carne.


Clayface (EE. UU., James Watkins, 2026)

Dirección: James Watkins / Guion: Mike Flanagan, Hossein Amini / Fotografía: Rob Hardy / Montaje: Jon Harris / Música: Volker Bertelmann / Productoras: DC Studios, Warner Bros, The Safran Company, Warner Bros. Studios / Reparto: Tom Rhys Harries, Naomi Ackie, David Dencik, Max Minghella

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.