CHRISTINE

Adicción a las cuatro ruedas

Cuando Stephen King publicó Christine en 1983, todavía coleaba el recuerdo de las películas de persecuciones de los 70 (Bullit –Peter Yates, 1968-, Un trabajo en Italia –Peter Collison, 1969-, Punto límite: cero –Richard C. Sarafian, 1971-, The driver –Walter Hill, 1978-, Granujas a todo ritmo –John Landis, 1980…), un subgénero que alcanzó unas cotas de popularidad tales que la serie B aprovechó el tirón, fusionándolo con el terror y el fantástico. De esa explotación surgieron obras como El Diablo sobre ruedas (1971), el primer largometraje de Steven Spielberg, con guion de Richard Matheson, sobre un diabólico camionero y la incesante persecución a la que somete al conductor protagonista, o Asesino invisible (Elliot Silverstein, 1977), en la que un joven James Brolin hacía frente a un negro coche asesino que actuaba, incomprensiblemente, sin ayuda humana. King además ya tenía cierto prestigio en la industria cinematográfica. Sus novelas habían sido adaptadas por De Palma, Kubrick, Hooper y Romero con gran éxito, y ese mismo año se estrenarían Cujo (Lewis Teague) y La zona muerta (David Cronenberg) con una más que notable aceptación. Las adaptaciones se realizaban casi al mismo tiempo que las novelas, algo que 35 años después (una barbaridad) sigue pareciéndonos lo habitual cuando hablamos del escritor de Maine. En la película de Christine se juntaron todos estos factores: un argumento que parecía encajar con los éxitos del momento, una marca (King) que ya era todo un reclamo y un director de género (John Carpenter) en uno de los mejores momentos de su carrera, tras estrenar un año antes La cosa, el enigma de otro mundo (1982).

El público disfrutó con la historia de un viejo Plymouth Fury del 58, al que su dueño trata como una chica y le pone el nombre de Christine, poseído por una fuerza demoníaca desconocida que iba asesinando adolescentes de las formas más variopintas mientras lanzaba mensajes a través de las canciones rock que sonaban en su radio. Parecía una película más de terror, de presupuesto medio y reparto semidesconocido (aunque Alexandra Paul terminó siendo una famosa Vigilante de la playa y, como curiosidad, realiza un cameo en Sharknado 4 junto a la mismísima Christine). Tenía como aliciente el toque de Carpenter en la banda sonora con sintetizadores y en la gestión de un terror sin procedencia ni explicación. Las luces del coche encendiéndose mientras preparaba sus embestidas se llegaron a comparar con la sintonía de John Williams que acompañaba al gran escualo de Tiburón (Steven Spielberg, 1975). Pero no se dieron cuenta de que Christine no es una película de terror sobre un coche asesino: Christine es un drama sobre la adicción al alcoholismo y las drogas.

La presencia de vehículos en algunas de las historias que más han marcado la carrera de King no es casual. Para su primera (y hasta el momento única) introducción en la dirección cinematográfica (La rebelión de las máquinas, 1986) eligió adaptar su relato Trucks, sobre unos camiones que cobran vida y se vuelven agresivos tras el paso de un cometa. Stanley Kubrick decidió mostrar su enfado con el escritor por las diferencias en El resplandor (1980) orquestando un accidente con el modelo de coche que Jack Torrance conducía en la novela, que aparece destrozado brevemente en pantalla. Y tras sufrir él mismo un grave accidente de tráfico, en 1999, Stephen King publica Buick 8, otra novela sobre un coche asesino en la que describe partes de su propio incidente (obra que estuvo a punto de adaptarse al cine de la mano de George A. Romero y, posteriormente, de Tobe Hooper).

En la época en la que escribió la novela, King estaba inmerso en graves problemas con el alcohol y las drogas, adicciones que permanecieron hasta finales de los 80 y, si analizamos la evolución de la trama (tanto en el libro como en la película), observaremos que el autor era consciente de su deriva personal. Christine relata cómo un joven, Arnie, inteligente y tímido, se obsesiona con un coche de manera enfermiza. Al mismo tiempo que crece la euforia y la confianza en sí mismo, las relaciones con sus amigos, padres y novia se deterioran considerablemente. Arnie se vuelve arisco, irascible y descuidado con todo lo que no tenga que ver con su coche. Su aspecto se vuelve pálido y ojeroso. Cree que Christine es la única que le entiende, la única cosa que le calma y le hace sentir bien, por lo que se entrega totalmente a ella, hasta llegar a poner su vida (y la de los demás) en verdadero peligro. Cuando las personas de su alrededor intentan apartarle de Christine, Arnie responde con violencia, y se convierte en cómplice y ejecutor de unos asesinatos que, aunque no esté presente, realiza a través del automóvil. Hay momentos en los que Christine se asemeja más al cine quinqui de Eloy De La Iglesia o Carlos Saura, que por esa misma época triunfaba en España, que al resto de la filmografía de Carpenter. Sin exagerar.

Fran Chico


Christine (1983, Estados Unidos)

Dirección: John Carpenter / Guion: Bill Phillips, basado en la novela de Stephen King / Producción: Richard Kobritz, Kirby McCaulay, Mark Tarlov, Larry Franco / Música: John Carpenter, Alan Howarth / Montaje: Marion Rothman / Fotografía: Donald M. Morgan / Diseño de producción: Daniel A. Lomino / Reparto: Keith Gordon, John Stockwell, Alexandra Paul, Harry Dean Stanton, Robert Prosky, Christine Belford, Roberts Blossom, William Ostrander

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