LA BOLA NEGRA
Un pecado mortal

La bola negra es el regreso de los Javis al mundo del largometraje casi una década después de La llamada (2017). En este caso, llevando a cabo la traslación de un manuscrito inconcluso de Lorca desconocido para la gran mayoría -únicamente se conservan cuatro páginas del mismo, dos de ellas con una lista de personajes y las restantes con el inicio de un diálogo-. Y lo cierto es que, para bien o para mal, estamos ante una de las propuestas más estimulantes del año. Al margen del ruido mediático y de los pronósticos de los pundits hollywoodienses, la cinta tiene varios pros y contras en los que conviene detenerse.
Dicho esto, Javier Calvo y Javier Ambrossi desvelan sus cartas muy pronto: espectacularidad, denuncia explícita de una época de penumbra -y la persecución contra un colectivo- y la presentación de personajes con miras a que haya una identificación instantánea por parte de la audiencia. Por medio de un travelling lateral y la inclusión de tres rótulos en blanco -Carlos / Granada / 1932-, la película introduce al protagonista del primer segmento y fija el espacio-tiempo. Los directores reimaginan el borrador original de Lorca y siguen a Carlos -cuya situación vital guarda bastantes paralelismos con la del dramaturgo andaluz-, un joven perteneciente a una familia adinerada que, siguiendo la tradición de su padre, trata de ingresar como miembro de honor en el casino de la ciudad. Al término de la votación, efectuada en un salón del recinto mediante el procedimiento de bolas blancas y negras, la admisión es rechazada alegando rumores acerca de su orientación homosexual. A partir de entonces, Carlos se sumerge en una espiral de desesperación mientras lucha internamente por aceptar su condición. De todos los episodios, este es el que concentra una mayor acumulación de símbolos deudores de la cosmovisión lorquiana: la nieve -la frialdad de su entorno actúa como una barrera física que lo va sepultando-, la luna -como una fuerza fatalista que rige el destino trágico de Carlos-, los espejos y el reflejo que emiten -representan el desdoblamiento o la crisis de identidad- o la urna -como emblema del abuso institucional-.

La esencia del imaginario de Lorca se vislumbra en la imagen que abre La bola negra y la segunda historia de la película: la de una campesina, octogenaria, bañando a un crío en una pileta metálica dispuesta a la intemperie, sobre un terreno baldío -un lienzo que, inequívocamente, nos retrotrae a los pasajes rurales de, por ejemplo, Yerma o La casa de Bernarda Alba-. Esta parte, que acontece en Castil de Carrias (Burgos) en 1937 y está basada parcialmente en La piedra oscura de Alberto Conejero, es el eje vertebral o hilo conductor que enlaza las tres líneas temporales que componen el relato, interconectadas. Sebastián -encarnado con tremenda sensibilidad por Guitarricadelafuente– es un trompetista que, al intentar huir de su aldea tras los bombardeos de la aviación italiana, acaba siendo reclutado como soldado para el bando nacional. Sin demora, es enviado a un hospital de campaña donde coincide con -y se le encomienda vigilar a- Rafael Rodríguez Rapún, un teniente republicano herido en combate y secretario de la compañía teatral La Barraca de Federico García Lorca, con quién tuvo un affaire. Sabedor de su inminente fusilamiento, Rafael le confiesa a Sebastián la existencia de La bola negra y le confía la misión de hallar y custodiar el texto. Aquí, los Javis se toman la libertad de añadir una licencia dramática que permite tejer todo el tríptico, la del encuentro entre Sebastián y Rapún. De nuevo, siguen compareciendo expresiones visuales de la estética lorquiana: los caballos salvajes corriendo en libertad, la abundante iconografía religiosa -como el santo atravesado por las flechas- o el mar. Por último, el tercero en discordia que vincula esta epopeya es Alberto, un historiador en el Madrid contemporáneo, concretamente en 2017, que recibe una carta de su abuelo fallecido en la cual le revela el secreto -y la recepción del legado- de La bola negra. Aunque también cargado de cierta vehemencia -marca de la casa-, uno de los objetivos de este capítulo consiste en aligerar el tono, de notable intensidad, del conjunto.

La película utiliza, incluso dentro de una misma secuencia, flashbacks y prolepsis para orbitar entre cada período. En este sentido, esta estrategia cumple múltiples propósitos según la coyuntura: a veces sirve para reforzar una idea y otras para establecer una asociación causal o subrayar el arco psicológico de un personaje. Asimismo, el empleo de recursos como la elipsis, una inmensa variedad de planos y encuadres -algunos, de una belleza apabullante, acreditan el dominio técnico de los cineastas- y un montaje ágil, con transiciones muy rápidas, ayudan, sin duda, a dinamizar el ritmo de la narración a pesar de su extensa duración. Quizás, a nivel formal, la decisión más torpe es el uso de un blanco y negro de naturaleza folletinesca cuando los realizadores rememoran las conversaciones entre Rapún y Lorca. Este interludio, sin embargo, sí acierta al incorporar al guion a un Lorca de carne y hueso, ya que, de este modo, posibilita que el propio artista pueda dialogar con su obra inacabada. Sin embargo, lo mejor son los números musicales que acompañan el acto: tanto el clásico Soldadito español ejecutado por Nené Romero -pletórica Penélope Cruz-, que nos transporta al ambiente transformativo del Cabaret (1972) de Bob Fosse, como la desgarradora seguidilla interpretada por la cantaora María Terremoto -con los acordes de guitarra de Raül Refree– aportan cotas de calidad. Ambas piezas son, por tanto, fórmulas que operan como escapismo bajo determinados parámetros: un conflicto bélico. Para el espectador, una, con su aire cómico y festivo, rebaja la tensión del argumento; la otra, con su desaforada pasión, supone un punto de inflexión en la deriva de Carlos.

Con su mezcla de realidad y ficción, La bola negra es un ejercicio cinematográfico sólido que derrocha ambición durante todo el metraje. Prueba de ello son los créditos de apertura, que aúnan una plasticidad desbordante, reivindicación y colorido. En el fresco de los Javis, se nos habla de la tortuosa búsqueda de la identidad queer, del peso de la herencia, del deseo reprimido -fantástica la escena homoerótica de vocación fassbinderiana, con claros ecos a Querelle (1982), en la que Carlos se cruza con un grupo de marineros- y de una herida que todavía no ha cerrado. Por añadidura, prevalece una honrosa reparación de la memoria, una celebración del folclore popular español y una advertencia sobre el retorno de los valores de la extrema derecha -la masculinidad tóxica, ejemplificada en el comportamiento de los compañeros de regimiento de Sebastián, es una constante a lo largo del libreto-. Un paradigma de esta afirmación es la secuencia en slow motion de los militares en la playa, cuya referencia más directa es el videoclip Territory de The Blaze, donde la camaradería mal entendida deja paso a una apología de cuerpos en movimiento desde la impostura más rancia.
Por consiguiente, siendo ecuánimes, La bola negra es una obra necesaria porque llega en una etapa especialmente delicada, en la que los discursos de odio obtienen anuencia entre la población. No obstante, hay que medir la euforia, ya que no es oro todo lo que reluce. En un momento del film, tras la negativa del acceso de Carlos al club local, su padre le recrimina el “pecado mortal” que comete a ojos de la fe y de la sociedad burguesa. Pero, posiblemente, el error capital de La bola negra sea comprobar cómo esa ampulosidad imperante opaca la canalización de las emociones. Si la grandilocuencia -o el envoltorio- impide una conexión plena en ese aspecto, cabe interrogarse por qué los Javis no han apostado por algo más puro, sin tanto adorno, que registre en toda su dimensión el desgarro de Lorca. Igual que, en su intento de abarcar tanto, uno no puede evitar plantearse si, dados los magníficos precedentes de Veneno (2020) y La Mesías (2023), lo más sensato hubiera sido adaptarla a un formato seriado. A la postre, uno sale con la sensación de que falta profundidad, de que algunas aristas merecían más desarrollo. Y eso acaba lastrando el resultado final.
La bola negra (España, 2026)
Dirección: Javier Ambrossi, Javier Calvo / Guion: Javier Ambrossi, Javier Calvo / Producción: Javier Ambrossi, Javier Calvo, Jorge Pezzi, Paula Cipriota, Agustín Almodóvar, Pedro Almodóvar, Fran Araújo, Guillermo Farré, Esther García, Alice Labadie, Jean Labadie, Manuela Ocón / Fotografía: Gris Jordana / Montaje: Alberto Gutiérrez / Interpretación: Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González, Penélope Cruz, Glenn Close, Milo Quifes, Lola Dueñas, Yenesi, Julio Torres, Lorenzo Zurzolo, Antonio de la Torre
