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THE SMASHING MACHINE

El coloso y la grieta

Una atracción de neón hace girar a una eufórica Dawn Staples (Emily Blunt) mientras Mark Kerr (Dwayne Johnson) permanece abajo, inmóvil, con los brazos cruzados. En esta imagen de The Smashing Machine (2025) Benny Safdie contrapone movimiento y quietud, alegría y miedo. La risa de Dawn, pegada a la pared centrífuga, resuena mientras Mark, un invicto coloso, rehúsa subirse. Dice que no le gustan las atracciones fuertes, pero el subtexto es más claro que las luces: no tolera lo que no puede gobernar. Safdie estructura toda la película alrededor de esa tensión, convirtiendo la historia del icono de las MMA en una fábula del juggernaut inverso: no la de una fuerza imparable, sino la de un hombre cuya única defensa contra el derrumbe es una rutina frágil de dominio. La tragedia llega en el instante en que ese dominio falla.

The Smashing Machine

La película es a la vez remake y espejo del documental de 2002 sobre Kerr. Safdie reproduce a menudo la textura granulada de aquel material y luego se desvía hacia pasajes intensificados que inventan lo que la cámara nunca captó. El marco temporal son los últimos años del pasado siglo, cuando el espectáculo “sin reglas” se profesionaliza y se convierte en industria global; ese zumbido de fondo lo impregna todo. The Smashing Machine rechaza el ritmo triunfalista del biopic deportivo; es un estudio de personaje que habita las intersecciones y pregunta cómo una vida organizada en torno al control lidia con la contingencia.

La encarnación de Kerr por Dwayne Johnson es una paradoja deliberada. El físico es monumental; la presencia se retrae. Drena su habitual carisma hasta que solo queda una cortesía programada: dicción casi infantil, sonrisas apaciguadoras, tendencia a pedir confirmación antes de imponer su voluntad. Hay momentos en los que asoma la confianza innata de la estrella y la máscara se resquebraja; cuando esto ocurre, la cámara de Safdie trata de completar el gesto. Prefiere proximidades poco halagadoras, primeros planos que atrapan a Kerr en su propio rostro, o se repliega a una distancia impotente, viendo moverse a un cuerpo como si aprendiera su peso por primera vez. Cuando la actuación no alcanza la vulnerabilidad, la forma del filme la suple.

Lo que en otro tipo de cine sería símbolo de superación, aquí es síntoma: un kintsugi mal leído. En Japón, Mark queda fascinado por un cuenco reparado con oro, lo compra y lo acaricia como si al fin entendiera algo sobre sí mismo. Pero no capta lo esencial: la grieta no se oculta, se exhibe. Cree que el objeto confirma su idea de control restaurado, cuando en realidad propone una lógica contraria: la de la herida visible como forma. Esa tensión se despliega en su propia armadura. Su cortesía no es apertura, sino coraza; su ternura, una maniobra preventiva; incluso su suavidad es táctica: una forma de permanecer cerca del ideal masculino sin encarnarlo del todo. Entrena, compite, repite gestos como si cada uno fuera un punto de sutura que impide que todo se abra. Es frágil, y por eso es meticuloso. Cuando Dawn, en un arranque, rompe el cuenco, no es solo un objeto lo que se quiebra: es la ilusión de que la armonía puede mantenerse sin fisura. Ella lo repara con pegamento, sin oro, sin ceremonia, y él no se opone: lo importante ya no es la estética de la grieta, sino fingir que nunca la hubo. Bajo esa lógica, el control no admite costuras expuestas. Y sin embargo, todo en él vibra con la tensión de quien se sabe hecho de piezas sueltas que no terminan de encajar.

The Smashing Machine

Si el control es la única masculinidad disponible, hay dos mercados donde cotiza su crédito. En casa, la micro-soberanía: quién decide el horario, las compras, el silencio antes de dormir. En el ring, la escena pública: la voluntad convertida en dolor, donde el gasto se lee como redención. Safdie compone la coreografía pre-combate como ritual: vendaje, shadowboxing, música. Cada elemento telegrafía un orden invulnerable, hasta que ese orden se quiebra. La fractura decisiva llega en Japón: una discusión, un mal intercambio, un corte, un plan comprometido. La mirada conmocionada sobre la lona y el reflejo en el espejo, dos rostros desalineados por una sola contingencia. En el silencio del vestuario, se encoge ante el tacto.

Ahí sucede el vuelco: de la maestría al derrumbe. Cuando ese dominio flaquea, la repetición toma el volante. Empuja más fuerte en el patrón que lo disuelve, porque seguir es la única agencia que reconoce. Es una omnipotencia melancólica: potencia exterior, ausencia de salidas por dentro. El juggernaut clásico es fuerza sin freno; este, una vida sin alternativas. No ama la violencia; ama la sensación de tener las riendas. Pero el control es una escalera sobre un abismo: fallar un peldaño no significa descender, sino precipitarse.

La película es honesta con la farmacología de esa caída. Las escenas de pastillas funcionan como anti-montajes, sin heroísmo, solo la logística banal de llamar, conseguir, ocultar, tragar. Safdie rehúye la lástima y el sermón. El cuerpo se vuelve un libro de pequeños gastos sin retorno; el dolor se convierte en sentido hasta que el sentido adelgaza y solo queda el hábito. Las imágenes más punzantes no son los KOs, son las miradas en blanco tras derrotas autoinfligidas.

Frente a esa erosión privada, la película escenifica una contra-ternura en la amistad con Mark Coleman (Ryan Bader). Sus escenas vibran con una intimidad vedada al ámbito doméstico: juego brusco que permite vulnerabilidad disfrazándola de forcejeo. Un plano silencioso, los dos con hielo en las heridas, sin hablar, dice más sobre el cuidado masculino que cualquier confesión. Cuando el cuadro de torneo amenaza con enfrentarlos, el filme encuentra una torsión narrativa que la realidad por sí sola rara vez concede. Safdie sabe que entra en la tradición del cine de boxeo y se inclina a ella sin disculpas: la pregunta deja de ser “quién gana” para ser “cómo perder sin perderse”.

The Smashing Machine

Estilísticamente, el filme es bifocal. Los pasajes verité son casi burocráticos en su neutralidad, una negativa a estetizar el sufrimiento; luego, de pronto, aparece el otro Safdie: el coreógrafo de luz y ruido que deja que la forma lleve un argumento. La feria, el espejo, los pasillos: están compuestos como enunciados. Es un equilibrio arriesgado porque, cuando el modo verité convive junto a un documental magistral sobre el mismo hombre, las comparaciones no le benefician. La apuesta solo paga porque los pasajes formales son tan exactos, y porque el centro ético no se mueve: no nos venderá un milagro, solo la posibilidad de mirar con honestidad.

Late también un marco más amplio. Vemos cómo, a finales de los noventa, el deporte se inventa a sí mismo a través de los medios, y los medios inventan el deporte a su vez. La película sabe que está implicada: fichar a uno de los cuerpos más rentables del mundo para interpretar a un hombre deshecho por su propio cuerpo es una broma dialéctica tomada en serio. Esa tensión, entre desmitificar y remitologizar, nunca se resuelve. La estructura critica una masculinidad edificada sobre el control simbólico y, a la vez, reinscribe la romántica del luchador al dignificar su combate. No es un fracaso, es la verdad del material. Cualquier imagen del peleador que alcance al gran público oscilará entre la simpatía y la santificación. La integridad del filme está en mostrar esa oscilación.

La tristeza, al final, no va de perder un combate: el objeto perdido es la firmeza, esa fantasía de ser hombre que nunca llega; cada victoria aplaza el contacto con esa ausencia y cada titubeo la expone. Por eso duele la ternura, porque intuimos que él elegiría otra vida si existiera una alternativa que aún lo certificara como hombre. The Smashing Machine no es un relato de redención, sino un estudio de demolición controlada cuyo aprendizaje es duro y humano: si tu única gramática es el cerrojo, toda contingencia se concibe como catástrofe. Solo dejando entrar algo diferente, una suavidad que no sea armadura, una dependencia que no sea deuda, quizá podría cambiar el paradigma. La película no lo promete; detiene la maquinaria y observa si él respira sin ella.


The Smashing Machine (Benny Safdie, EEUU, 2025)

Director: Benny Safdie / Guion: Benny Safdie / Fotografía: Maceo Bishop / Montaje: Benny Safdie / Producción: Benny Safdie, Dwayne Johnson, Eli Bush, Hiram Garcia, Dany Garcia, David Koplan / Música: Nala Sinephro / Reparto: Dwayne Johnson, Emily Blunt, Ryan Bader, Bas Rutten, Oleksandr Usyk

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