28 AÑOS DESPUÉS
La audacia de morir es hacerlo amando
Hace más de dos décadas unos chimpancés de ojos inyectados, una guitarra eléctrica y Cillian Murphy caminando por las calles vaciadas de Londres, convertían los caminantes infectados de Romero en velocistas que, como en todo buen relato apocalíptico, seguían manteniendo la idea de que el horror, incluso con zombis desgarrando cuerpos, es siempre provocado por los seres humanos. La película, que se convirtió en un clásico de culto, regresa tras una más que destacable secuela, 28 semanas después (28 weeks later, Juan Carlos Fresnadillo, 2007), que esta nueva entrega decide ignorar -en aquella los zombies conseguían salir del Reino Unido-, para encerrar en un pequeño poblado isleño a un grupo de supervivientes.
Danny Boyle, autor de películas generacionales como Trainspotting, sumerge la película en un terreno ciertamente enrarecido, teniendo en cuenta que nos encontramos en un cine comercial ampliamente reconocible, pero que el director aprovecha para desarticular el trillado género que aborda a partir de una constante huida del relato. El estilo espídico, música pop extradiegética y montaje acelerado, propio de los videoclips de la MTV noventera en la lógica cinematográfica del director británico, se adhiere a los tratados dramáticos de Alex Garland, quien ha cultivado por su cuenta una interesante carrera como director, destacando por su capacidad de llevar los asfixiantes relatos psicológicos y de ciencia ficción a un terreno donde las emociones consiguen salir a flote.
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Mientras que la segunda parte se entregaba más a la acción y aventura esta película sigue explorando el concepto de 28 días después (28 days later, Danny Boyle, 2002), donde no se puede olvidar el contexto que la construye. Con Reino Unido anegado de criaturas sedientas de carne, el resto del mundo decide poner en cuarentena, aprovechando los límites naturales de la isla, a los habitantes proscritos, obligados a vagar por una tierra destruida. La zona de interés, por lo tanto, se construye a partir de la inacción y abandono de aquellos con poder para cambiar, aunque mínimamente, el transcurso de la vida de las personas. Con el genocidio en Gaza siendo consumido en nuestras pantallas con una representación que adquiere la lógica episódica y emocional de una telenovela, la tragedia se convierte en espectáculo gracias a un horror convertido en rutina diaria para el espectador global, normalizando las imágenes bizarras e inacción absoluta de occidente en pos de mantener el liberalismo económico a flote. El contexto que propone 28 años después (28 years later, Danny Boyle, 2025) sigue siendo escalofriante.
Lo interesante de la película reside en la capacidad de Boyle de componer un relato profundamente dramático y personal sin renunciar en ningún momento al género que aborda, respetando el terror como espacio plenamente funcional para hablar sobre la fragilidad y belleza humana, gracias a la capacidad de fuga que tienen las imágenes del filme. El naturalismo es continuamente roto a través de cortes en el relato, introduciendo en la carne rasgada de los planos de archivo donde vemos cortes de películas de arqueros, batallas campales y revueltas sociales, haciendo que ese relato puramente fantástico, cine de infectados, conecte con una violencia que siempre ha existido sin importar el contexto que la acoja. Lo mismo ocurre con la gratuidad en las imágenes, inyectadas en rojo, donde los zombies devoran las vísceras de un ciervo Unas que sirven -al igual que la escena del mono recurrente en Nop (Nope, Jordan Peele, 2022)-, para formar un perverso marco a la violencia más palpable.
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A partir de estas huidas la película enrarece su estética hasta tal punto de anestesiar las imágenes con un tono onírico, como si el éxtasis de la comunidad fundamentalista y tradicional de la isla tomase el control de las imágenes. Lejos de quedarse en un artificio estético, se traslada también a los propios tropos del género. La primera escena de zombies, perfectamente ejecutada, donde Boyle muestra su talento para el gore y el horror sin dejar nunca de articular un orden narrativo con respecto al caos zombie, culmina con una persecución a través de un camino anegado por la marea que se aleja por completo del realismo para formar unas imágenes inyectadas en anfetamina, hiper saturadas, que a su vez funcionan tanto por su belleza como por la tensión que generan.
Lo mismo ocurre con la música extradiegética, componiendo secuencias que fluyen con una sensualidad escalofriante, esclareciendo aún más las imágenes del filme e induciéndolas en un terreno intimista y preciso. Uno de los grandes momentos es la inclusión del poema ‘Boots’ de Rudyard Kipling, que con una voz tan granulada y espídica como las imágenes de Boyle, es capaz de trazar, a partir de un poema bélico que narra la monotonía de los soldados en batalla, un paralelismo con la ejecución de la violencia y como su normalización se torna en un perverso y repetitivo juego dentro de la lógica del comportamiento humano.
Si bien la primera parte está llena de fugas, la segunda parte de la cinta de Boyle se plantea en sí misma como una huida. A partir de entonces, Boyle consigue parar las revoluciones sin abandonar en ningún momento a sus sanguinolentos mutantes: siguen habiendo infectados campando a sus anchas, persecuciones al límite, explosiones que dejan cuerpos flameantes a su paso y desmembramientos expuestos en primer plano. Lo que hace especial a 28 años después es, paralelamente a lo que hace Boyle con la propia película, otorgar belleza a un concepto tan malherido como es el de la muerte en el cine apocalíptico. El arte, en este caso la escultura biológica que alza el personaje de Ralph Fiennes, es la máxima expresión de algo ineludible, la muerte. Lo que crea ese personaje, escultura mediante, es un testimonio del “memento mori”, el “recuerda que has de morir” alzado sobre los cadáveres de aquellos que perecieron a causa del abandono para desaparecer en el recuerdo, formando parte de algo más grande.
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Pero Boyle no se queda ahí, y en un gesto que adentra la película en el drama existencial, transforma el “memento mori” en el “memento amori”: recuerda que has de amar. Por encima de la muerte, de los cadáveres apilados, de lo orgánico y al borde del colapso del cuerpo, ese que propone el cine de infectados, las imágenes de Boyle, que llevan toda la película jugando a huir del naturalismo, siguen ese camino hacia la búsqueda de una conexión momentánea, perecedera y aún así, digna de ser narrada, de un sentimiento que va por encima del relato.
El amor, entonces, se transforma en ese impulso intangible que provoca un impulso nervioso en nuestro organismo: dos brazos rodeando a una persona impidiendo que el mundo se cuele en los segundos que dura un abrazo, un asesinato que se convierte en un acto de empatía sin precedentes, un parto que junta las manos de una muerta y una viva. 28 años después consigue que en una película de contexto asfixiante, crueldad exponencial e inevitables pasajes de terror -esos tropos que se disfrutan en una carnicería zombie-, siga existiendo el impulso de contar una historia de amor que, a partir de la escena donde el personaje de Fiennes les administra morfina, quede suspendida en el aire y perteneciendo a todo aquel que sea lo suficientemente valiente como para respirarlo, la audacia de morir está en hacerlo amando.
28 años después (28 years later, Danny Boyle, 2025)
Dirección: Danny Boyle / Guion: Alex Garland / Producción: Sony Pictures, Decibel Films, DNA Films / Fotografía: Anthony Dod Mantle / Música: Young Fathers / Interpretación: Jodie Comer, Aaron Taylor‑Johnson, Jack O’Connell, Alfie Williams, Ralph Fiennes, Erin Kellyman
