VISITANTE

Visitando al género de terror

Tras varios años como cortometrajista, Alberto Evangelio debuta en el largometraje con Visitante (2021). Una vez más, el cineasta valenciano recurre a los mecanismos del cine de género para contar una historia de terror, fantasía y con tintes de la ciencia-ficción. Un misterioso hipercubo sirve como portal a una realidad paralela que conecta con “el otro lado” de uno mismo. El deseo por vivir una existencia ajena a los errores cometidos en el pasado supondrá una amenaza a la propia identidad de Marga (Iria del Río), inmersa en plena crisis matrimonial y familiar.

Visitante. Revista Mutaciones.

El género fantástico o de terror ha sido, frecuentemente, empleado para trasladar una postura acerca de la propia realidad, camuflada tras diferentes capas de ilimitada imaginería. Sin lugar a duda, cabe destacar la longeva historia de la literatura, la cual ha desarrollado esta forma de creatividad hasta empapar de su inventiva al séptimo arte. Ciertamente, el cine podría declararse el máximo exponente en este reclamo, puesto que su precisión subversiva libera enormemente la inherente necesidad por sobrevolar las fronteras de la realidad. El marco de una pantalla de cine representa un portal a la reflexión sobre cualquiera que sea la premisa fundamental de una película de género, lo que refuerza el impulso de Alberto Evangelio por brindar al público un acceso a otra dimensión y mediante aquel enigmático hipercubo.

Existen innumerables ejemplos de lo que el cine de género ha logrado a través de más de cien años de historia. Véase El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920), considerada como la obra excelencia del expresionismo alemán, el célebre movimiento cinematográfico que distorsionaba la realidad con fines simbólicos y alto contenido sociopolítico tras la I Guerra Mundial; Repulsión (Roman Polanski, 1965), un drama psicológico que encuadra una visión terroríficamente deformada hacia el sexo, de manera que el terror no proviene de elementos externos, sino de la propia mente de su atormentada protagonista; Braindead (Peter Jackson, 1992), cuyo plástico diseño construye una realidad tan hilarante como desagradable, transmitiendo con naturalidad una sátira de la clase media neozelandesa;  o bien, Hereditary (Ari Aster, 2018) que construye una fría y perturbada experiencia en el seno de una familia que lidia con una demencia generacional. En suma, existen fantásticas y fantasiosas formas de realizar esta clase de cine, transmitiendo la profundidad humana de sus historias mediante múltiples capas de apasionada imaginación.

El afán por narrar una historia eficiente y exprimir sus posibilidades comerciales puede funcionar si ambos objetivos van cogidos de la mano, tal y como demuestran los ejemplos antes citados. Sin embargo, y a pesar del potencial que esta clase de cine ofrece, la industria cinematográfica parece aprovechar esta fascinación innata hacia la fantasía para producir películas como si fueran meros productos de consumo, perdiendo el valor de la autoría. Esta tendencia podría acostumbrar a una falta de ideas genuinas, primando la formación de atmósferas oscuras o inquietantes, pero de manera artificiosa y formulada, extraviando así el sentido inicial del género de terror. Si bien no se trata de una problemática excepcional de nuestra actualidad, la masiva producción de los últimos años evidenciaría dicha tendencia. De esta forma, las dificultades narrativas en la presente película se deben a esta falta de unión, derivando en un descuido del corazón narrativo, sustentado en clichés oportunistas.

Los primeros minutos de Visitante comprimen una serie de elementos, todos ellos dirigidos a presentar un fenómeno desconocido, que afectan al pasado y presente de una familia. Principalmente, esto refiere al misterioso hipercubo que cae del cielo, tanto literalmente (en el contexto diegético de la película) como figuradamente (en el contexto del oficio del guionista) y que sirve de anclaje, precisamente, para la principal atracción de la historia. Así pues, todo este cúmulo de información inicial constituye una profecía autocumplida sobre cómo funcionarán las tramas a lo largo de la película, es decir, no respiran lo suficiente como para generar la conveniente conexión emocional que, al fin y al cabo, es la principal fuente de atracción de la narrativa, con o sin cubos interdimensionales. Esta problemática queda expuesta a través de los previsibles diálogos y los banales gestos de sus personajes, los cuales restan alma a una película que, a su vez, se muestra más preocupada por evocar cine fantástico que por hilvanar los excesivos frentes abiertos que viven sus personajes. 

Con todo lo comentado, Visitante es una ópera prima que ofrece una propuesta ciertamente original por su marco fantástico, pero el resultado queda ensombrecido por decisiones narrativas reconocibles en cualquier libreto del cine mainstream. Las ideas propuestas acerca de la identidad, la familia, la maternidad o la culpa, no logran explorarse con el potencial esperado. No obstante, cabe celebrar que el cine valenciano continúa desarrollándose con interesantes valores de producción, tal y como pudo apreciarse en recientes películas como El Desentierro (Nacho Ruipérez, 2018) o El Lodo (Iñaki Sánchez Arrieta, 2021).


Visitante (España, 2021)

Dirección: Alberto Evangelio / Guion: Alberto Evangelio / Producción: Beniwood Producciones, Chester Media, Life and Pictures, The Other Side Films / Fotografía: Guillem Oliver / Música: Carlos Martín / Montaje: Luis de la Madrid & Alberto Evangelio / Diseño de producción: Jerónimo Bono / Reparto: Iria del Río, Miquel Fernández, Jan Cornet, Sandra Cervera, Inma Sancho, Pep Ricart & Carles Sanjaime.

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