VICIOUS FUN

Terror en neón

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Minnesota, 1983. El prólogo de Vicious Fun inicia situando al espectador en un contexto espaciotemporal específico e inmediatamente lo introduce a un mundo que alude de manera clara y directa al cine de terror de los años 80. En el primer plano, un letrero en neón que dice “MOTEL” está ambientado por el sonido de sintetizadores de una música que se va intensificando a medida que la escena nos pone en situación. Un hombre con apariencia de típico asesino en serie americano guarda un juego de cuchillos, sale de la habitación y observa a una mujer joven en una cabina de teléfono al otro lado del aparcamiento. Se acerca a ella y ofrece darle un aventón. Ella acepta y se sube al coche. Hasta este momento, todo apunta hacia una obvia resolución. Pero, en un movimiento rápido y repentino, ella saca un cuchillo y lo apuñala, la cámara se aleja, el volumen de la música aumenta y un azul profundo invade la pantalla con letras en el magenta más vibrante: “VICIOUS FUN”.

Desde ese primer momento, la película introduce un giro inesperado que juega con lo que el espectador anticipa, casi con certeza absoluta, que va a suceder. Y es algo que anticipa porque lo ha visto un sinnúmero de veces antes. La película del cineasta canadiense Cody Calahan, que tuvo su première mundial en la última edición del Festival de Sitges, sigue a Joel (Evan Marsh), un crítico de cine de género que escribe para una revista llamada “Vicious Fanatics”. Una noche cualquiera, sus planes toman un rumbo imprevisto cuando llega por accidente a una terapia de grupo de asesinos en serie. Poco a poco se da cuenta de lo que está sucediendo y, así, empieza para Joel una aventura en la que se convertirá en el protagonista de uno de esas slashers que tanto idolatra. Vicious Fun es un ejercicio de terror posmoderno que sigue los pasos de otras obras recientes como Las últimas supervivientes (Todd Strauss-Schulson, 2015) o Feliz día de tu muerte (Christopher B. Landon, 2017), presentando un juego de metaficción en el que inundan las referencias a arquetipos del cine de terror, llevados al absurdo una y otra vez mediante un humor ingenioso que apela a cualquier fanático del género. Desde los cuatro villanos que reproducen características propias de los íconos más representativos del slasher hasta la escena final que transcurre en un hospital, el último filme de Calahan demuestra ser un ejemplo eficaz, si bien en ocasiones derivativo, de terror cómico y autoconsciente.

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Vicious Fun rinde honor a su título con una entrega de 103 minutos de pura diversión al mejor estilo ochentero. Es intencionalmente ridícula, con actuaciones exageradas y efectos especiales que se acercan a lo plástico para ofrecer muertes inventivas y una cantidad perfecta de gore. A esto se le suma la acertada ambientación que responde a esa nostalgia de los años 80 tan presente en la cultura popular hoy, con espacios iluminados por colores vivos y tonos neón, y una banda sonora que evoca el synth pop. La película se mueve entre un ritmo más intenso en el primer acto y uno más pausado durante la segunda mitad, con un final que deja ciertas preguntas sin resolver y le abre el camino a Calahan para una posible segunda entrega. Porque, si hay algún modo de llevar el metaterror incluso un poco más allá, ¿qué más apropiado que una secuela?


Vicious Fun (EEUU, 2020)

Dirección: Cody Calahan/ Guion: Cody Calahan y James Villeneuve/ Producción: Particular Crowd, Black Fawn Films, Citizen Skull Productions, Chad Archibald y Cody Calahan./ Fotografía: Jeff Maher/ Música: Steph Copeland/ Montaje: Mike Gallant/ Diseño de producción: Amanda Vernuccio/ Reparto: Evan Marsh, Amber Goldfarb, Ari Millen, Julian Richings, Robert Maillet, Sean Beak, David Koechner, Alex Steele.

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