UNA CANCIÓN IRLANDESA

Elogio de lo simple

John Patrick Shanley pertenece a esa pléyade de directores que, además, son dramaturgos de reconocido prestigio (normalmente fuera de nuestras fronteras). A este grupo también pertenecen Martin McDonagh, Sam Shepard, Francis Veber y, en el apartado hispano, Jaime de Armiñán o Fernando Fernán Gómez. Apuntado esto, va a resultar una obviedad señalar el origen teatral de Una canción irlandesa (John Patrick Shanley, 2020), cuyo antecedente escénico, Outside Mullingar, se estrenó en 2014 en Nueva York. El autor declaró sobre su obra que quería escribir sobre el amor y lo que se traslada a la película es simplemente eso: un cuento romántico (en la más pura tradición “érase una vez”). Pero con las referencias del autor y guionista de La duda (John Patrick Shanley, 2008) y Hechizo de luna (Norman Jewison, 1987), la historia de amor va a salirse de los cauces de lo convencional, apelando, dada su irlandesa localización, a cierta condimentación esotérica que, aunque puede resultar extravagante, no hace más que responder a lo que la voz inicial advierte desde el inicio de esta historia: “once upon a time”.

Una canción irlandesa. Revista mutaciones

Quizás sea el trasvase del escenario a la pantalla lo que debilite el trabajo de Patrick Shanley: la dimensión mágica de un escenario es más difícil de encuadrar en la pantalla. Sobre todo si no se quiere renunciar a cierto planteamiento realista: lo que vemos es lo que es, y quizás el director se maneje mucho mejor con los códigos del libreto teatral que con las apuestas del guion cinematográfico. Si, además, al tratar de captar la esencia irlandesa se está rindiendo una especie de “pleitesía fordiana” a El hombre tranquilo (John Ford, 1952), el producto final acaba debilitado por la comparación y, sobre todo, porque se le ven las costuras formales que el director ha querido recrear. Ni siquiera Lorca (al que Patrick Shanley, en su calidad de dramaturgo, conocerá) encaja en esta comedia romántica irlandesa: el símbolo del caballo encerrado, que en La casa de Bernarda Alba simbolizaba el ímpetu sexual de Pepe el Romano, aquí se queda reducido a un elemento que apoya la comedia. Con efectividad, es cierto, pero sin alcanzar la dimensión lírica que tiene en la obra del autor granadino.

Sin embargo, Una canción irlandesa es un film que entretiene en su simplicidad (que no sencillez), que tiene diálogos brillantes, que carece de pretensiones y que está confeccionado para ser exactamente lo que es: un producto que se consume con gusto. Pero todo esto son, en definitiva, cuestiones menores teniendo en cuenta el buen sabor de boca que deja. Y quizás sea ese planteamiento de cuento romántico, cuyo curioso punto de fricción es una servidumbre de paso, la apuesta a la que más fielmente responde, lo que debería ser suficiente para disfrutar de esta película.

Eso, y Christopher Walken. El adjetivo camaleónico suele aplicarse con cierta ligereza a la tarea de un intérprete casi siempre por la pericia con que el equipo de maquillaje modifica el físico del actor o actriz, dejando, a veces, de lado las cuestiones propias del trabajo actoral. En el caso de Walken, basta con echar un vistazo a su abultada filmografía (que casi abarca ya los setenta años) para comprender lo que significa el apelativo camaleónico: se ha movido por la comedia y el drama con idéntica soltura y competencia, se ha desenvuelto con credibilidad en el terreno del fantástico, ha bailado con autoridad de bailarín  (¿cómo olvidar su número en Dinero caído del cielo? (Herbert Ross, 1981)), ha cantado con responsabilidad y ha tenido intervenciones mínimas que han quedado para un catálogo de “cómo apropiarse de una escena”, como el famoso monólogo del reloj en Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). Y ahora nos regala una transformación emocional llena de verdad y de sencillez: a veces sus ojos hablan más que sus textos. La composición física y vocal de ese anciano testarudo que se emociona con las canciones irlandesas hace resplandecer esta película que tiene en el actor neoyorquino una verdadera joya.

Una canción irlandesa responde a un tipo de cine convencional y sin pretensiones que deja entrever una más vigorosa fuente teatral, pero con un poder de seducción innegable en su planteamiento de cuento romántico y que guarda una perla en la creación del personaje interpretado por Mr. Walken.


Una canción irlandesa (Wild Mountain Thyme, Reino Unido, 2020)

Dirección: John Patrick Shanley / Guion: John Patrick Shanley (basado en su obra de teatro Outside Mullingar) / Fotografía: Stephen Goldblatt / Montaje: Ian Blume / Música: Amelia Warner / Reparto: Emily Blunt, Jamie Dornan, Dearbhla Molloy, Christopher Walken, Jon Hamm.

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