THELMA

Alegoría anti represión

Advertencia: la última película de Joachim Trier contiene escenas con luces parpadeantes que pueden provocar ataques a personas que sufran epilepsia fotosensible. No es metafórico, es literal. O al menos eso indica el desconcertante rótulo que antecede a la proyección de Thelma (Joachim Trier, 2017), el cuarto largometraje del especialista noruego en indagar en el íntimo mundo de la crisis existencial. Al aviso previo le siguen los títulos de crédito sobre negro, que Trier rompe con un impactante plano general de arranque. Padre e hija caminan sobre un helado lago con efecto de espejo. La sobrecogedora belleza del paisaje invernal, que lleva a recordar la tradicional importancia de la naturaleza en el cine nórdico, pasa a un segundo plano al avanzar la secuencia, sobre todo al contrastar con la imagen del padre apuntando a la sien de su distraída hija (Thelma) que, con su abrigo rojo sangre, es el elemento discordante dentro del entorno blanco nuclear. Aún es pronto para interpretar lo que subyace. El juego de Thelma será ir descubriendo sus cartas (a medida que lo hace su homónima protagonista) mientras construye trasfondo en forma de una pesadilla elegante de hipnótico poder empático.

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Tras el anzuelo introducido por el prólogo, localizamos a la protagonista (ya adulta) perdida en un gris campus universitario. En el hormiguero humano al que se asemeja la ciudad, todos excepto ella parecen saber a dónde ir. La joven y su conflicto interior son la excusa que utiliza Joachim Trier para presentar un alegato en contra de la represión moral del individuo. Criada bajo un severo adoctrinamiento cristiano, Thelma se siente fuera de lugar, rodeada de estímulos que le producen reacciones naturales que, sin embargo, le ahogan en la culpa. El amor y la atracción sexual golpean su férrea moral construida a base de límites hasta hacerle cuestionar la esencia de su identidad. En resumen: no es capaz de comprenderse a sí misma. Perder el control de su yo emocional hace estallar la lucha de contradicciones de Thelma en forma de somatización. Cuando su desasosiego aumenta ella es capaz de manifestar espasmos musculares acompañados de pérdida de consciencia. En el origen y en las consecuencias de sus  ataques está el hilo conductor de reflexiones que subrayan la inutilidad de demonizar los instintos. En ellas se palpa una visión existencialista de la sociedad (compartida por muchas otras manifestaciones culturales nórdicas y recogida en su cine desde los orígenes) que es heredera inconsciente de la influencia del filósofo Sören Kierkegaard. Thelma respira en esa maraña de confrontación entre ética religiosa e individualismo que tanto marcó la obra de este pensador danés.

Hasta aquí forma y fondo se alimentan del mismo mundo de insatisfacción construido por Trier en su corta filmografía (de entera producción noruega). Oslo, 31 de Agosto  (2011), el film que lo situó ante el panorama internacional, ya reflejaba veinticuatro horas llenas del mismo tono de depresión melancólica que hoy presenta Thelma. Esto evidencia que lo nuevo de Trier vuelve a ser capaz de crear una atmósfera de reconocible frustración mientras emplea recursos ya clásicos en el cineasta. Entre ellos el uso del relato no lineal, fundamental ya desde su opera prima Reprise (2006), que utiliza los saltos temporales (generalmente al pasado) como ventanas de información que permiten rellenar lagunas para seguir avanzando en la trama.

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Aunque Trier parezca recitar siempre un mantra común, en cada una de sus cintas potencia un elemento distinto del lenguaje para hacer trascender el subtexto. En Reprise (2006) explotaba el uso de la voz en off y el montaje rítmico, en Oslo, 31 de Agosto (2011) hizo primar la contención y en El amor es más fuerte que las bombas (2015) optaría por redefinir la misma situación desde el punto de vista de varios personajes. El cine de Trier se acerca en Thelma al realismo mágico que aprovecha la sorpresa de lo inesperado, y dispara su espiral creativa creciente sobre todo a partir de la segunda mitad del film. Esto supone la diferencia fundamental entre su última película y las anteriores: las reflexiones en torno a la represión se visten en Thelma de tintes poéticos y elementos paranormales. No se puede ahondar más en el tema para evitar caer en spoilers que atenuarían la experiencia cinematográfica del espectador. Solo decir que Trier vira al lado opuesto de su realismo habitual al explorar las posibilidades de un simbolismo que ya utilizó, de modo fugaz y anecdótico, en algún plano intercalado en su anterior film El amor es más fuerte que las bombas (2015).

Trier, que vuelve a firmar el guión junto a Eskil Vogt, define Thelma como “una historia de amor complicada con elementos sobrenaturales”. Una sinopsis acertada que resume sin desvelar. Habría que añadir que se trata de un solitario viaje hacia la liberación personal que mezcla drama y thriller con elementos de terror psicológico que huyen del maniqueísmo y el melodrama. Esta heterogeneidad se aprecia también a la hora de rastrear referentes cinematográficos de este autor. Si bien Trier admite la influencia de Lynch, Cronenberg y Hitchcock, el resultado evoca a Antonioni, Bergman y ciertos lugares comunes de Lars von Trier y Stephen King. Cine posmoderno con el peso de su historia a las espaldas. Paralelismos aparte, a la vista está que sería un error encasillar a Thelma como cinta perteneciente a un único género. No solo saldría mal parada sino que focalizaría la atención en un lugar vacío, haciéndola caminar hacia la decepción. La única posibilidad de entrar en diálogo con la película es abordarla sin exigirle elementos asociados a ningún patrón preestablecido.

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Thelma es un camino de resurrección, un canto a la libertad de bella composición metafórica que demuestra la fuerza del estilo Joachim Trier. Estética fría, silencios, meditación depresiva, profundización en las motivaciones de personajes en crisis… Trier mantiene su impronta en su nuevo paso adelante que investiga en la naturalización de lo irreal a la que suma una inquietante música con sintetizadores al estilo John Carpenter. Thelma, a la vez análoga y contraria al conjunto de su obra, defiende que a veces hay cosas que se explican mejor en forma de fábula misteriosa. Los golpes de efecto y los giros bruscos de guión son otras de las armas que emplea Trier para navegar por su relato más optimista sin dejar de partir de temas como el aislamiento o la pérdida.

Algo de la propuesta efectista de Joachim Trier permanece en la retina del espectador que asiste en Thelma a una sugerente mezcla entre alegoría crítica y oscuros elementos desestabilizadores. Volviendo al inicio de este texto, una vez visionada la película se le puede dar otra interpretación a lo avisado en el rótulo que antecede a la misma: de alguna manera era cierto que el contenido del film tiene la capacidad de alterar, eso sí, seduciendo mientras saca de la zona de confort. 

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Thelma (Noruega, 2017)

Dirección: Joachim Trier / Guion: Eskil Vogt y Joachim Trier / Producción: Thomas Robsahm / Música: Ola Fløttum / Fotografía: Jakob Ihre / Montaje: Olivier Bugge Coutté / Diseño de producción: Roger Rosenberg / Reparto: Eili Harboe, Kaya Wilkins, Henrik Rafaelsen y Ellen Dorrit Petersen

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