THE WOMAN WHO LEFT

Tiempo y espera

Si hay un elemento dramático capaz de armonizar a todos los que componen esta película dirigida, producida, guionizada, fotografiada y montada por el cineasta Lav Diaz este sería, muy probablemente, el del tiempo. Y no solo porqué la duración de The Woman who Left (2016) alcance las casi cuatro horas pese a desarrollar una trama argumental que en no pocas ocasiones hemos visto explicada en menos de la mitad del minutaje empleado por Diaz. O porque gran parte de esos 226 minutos se vean fragmentados, siempre por corte, en una escasa cantidad de planos secuencia que acentúa desde su plasmación formal el valor que la espera tiene para el desarrollo moral tanto de algunos de los personajes del filme como para la mirada ofrecida por Diaz sobre lo que ocurre en The Woman who Left.

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Según parece, The Woman who Left está inspirada (hasta lo irreconocible) en el relato Dios ve la verdad pero no la dice cuando quiere, escrito por Lev Tolstói en 1872, pero a buen seguro se enclava en unas coordenadas temporales, tanto geográficas como políticas y socioculturales, muy concretas y completamente ajenas a las de la obra del escritor ruso. Y eso que el filme de Diaz, situado en las Filipinas, parte de una trama puramente folletinesca y mil veces vista: Tras 30 años de condena, la estoica Horacia Somorostro (Miss Charo Santos-Concio) sale del centro penitenciario en el que fue encarcelada por un crimen que no cometió con el objetivo de vengarse del hombre que la traicionó y encerró: Rodrigo Trinidad (Michael de Mesa), su opulento y turbio ex amante. Liberada de la prisión en la que ejercía como mentora y maestra de muchas de las mujeres allí encerradas, la otrora acaudalada Horacia regala sus propiedades y recala en una de las muchas zonas humildes de la ciudad, callejeando cada noche por las calles de los bajos fondos, confundiéndose con los olvidados de la sociedad filipina mientras espera una oportunidad para satisfacer sus ansias de venganza.

Efectivamente, The Woman who Left tiene entre muy poco y nada nuevo que ofrecer respecto a otras aproximaciones al tema de la venganza tanto dentro como fuera del cine, desde la novela El Conde de Montecristo (1844) de Alexandre Dumas hasta, en una comparación hecha de viva voz por uno de los personajes del filme de Diaz, las adaptaciones del Batman nacido de la mente de Bob Kane en 1939. Pero pese a echar raíces en una situación que es ya puro arquetipo, el instante (o tiempo) histórico elegido por Diaz para situar el periplo vital y moral de Horacia, y el mecanismo narrativo escogido para hacerlo, dota a este punto de partida argumental de un sentido político y humano muy determinado. Y es que tal y como nos informa una locutora radiofónica cuya voz se desparrama sobre un grupo de mujeres trabajando en el campo bajo la atenta mirada de algunos hombres uniformados y armados, este filme de Diaz comienza el 30 de junio 1997, día en el que el gobierno colonial de la Gran Bretaña abandonaba Hong Kong para regresar a manos de la soberanía china, en medio de una oleada de secuestros en Filipinas que se están cebando en los miembros de los sectores más poderosos de la población.

Pero contradiciendo las continuas peroratas radiofónicas que filtran esporádicamente sobre las imágenes de The Woman who Left, Diaz no victimiza a los miembros más poderosos de la población filipina, si no que los convierte en cómplices de un aparato social y económico que oprime a los más humildes condenándolos a la pobreza más absoluta, haciendo del secuestro y el asesinato herramientas en la lucha contra el poder opresor. Siguiendo esta lógica, tan cuestionable como coherentemente respaldada por Diaz, y tomando a Horacia como presencia indispensable en casi todos los planos que componen la película, The Woman who Left se olvida de los poderosos para centrarse, de forma prácticamente exclusiva, en los desposeídos. Los primeros, con el malvado Trinidad como máximo representante de la alianza perpetrada por el estado, la iglesia y el poder económico neoliberal más desatado, son a duras penas representados. Y cuando es así, lo hacen como una masa sin entidad ninguna más allá de su adscripción a la clase socioeconómica a la que pertenecen, viviendo fortificados y de espaldas al mundo en sus caserones. Por el contrario, los desposeídos como la joven travestida Hollanda (John Lloyd Cruz), el vendedor ambulante de balut Magbabalot (Nonie Buencamino) o la perturbada sintecho Petra (Shamaine Buencamino), condenados moral y económicamente por el conservadurismo atroz del sistema que los rechaza, tienen en The Woman who Left identidad, presencia, y capacidad de convivencia y protección mutua.

Este muy desigual contraste, que argumentalmente solo logra esquivar la demagogia gracias al mentado protagonismo (casi) absoluto de Horacia, es planteado por Diaz, ya como director, a través de un ritmo pausadísimo. Una ralentización que va más allá del aspecto formal del filme, afectando al propio desarrollo de su trama, que se demora en la convivencia de Horacia con los más desfavorecidos en un excesivamente largo episodio central que además de humanizarlos a todos ellos (y, por contraste, deshumanizar a los poderosos que les temen), supone la muestra más fehaciente del peso, sin estridencias ni subrayados, que los aspectos sociopolíticos tienen en The Woman who Left. No faltan en el filme instantes en los que cuestiones como la redención o incluso el sacrificio e inmolación personal como muestra de gratitud venida de los sectores más depauperados de la sociedad filipina adquieren un peso dramático considerable. Pero siendo elementos, todos ellos, igualmente adscribibles a las convenciones propias de otras historias afines al punto de partida argumental del filme o a géneros limítrofes como el western, la dimensión política que adquieren en The Woman who Left las lleva a ocupar un lugar capital primero en su retrato de los más necesitados y, en consecuencia, en su propio desarrollo. Una descompensación que se diría plenamente consciente hasta el punto en el que el filme no termina con la consumación de la venganza de Horacia, tan liberada de su objetivo como, simultáneamente, huérfana de una motivación que la justifique, tanto dentro como fuera de la ficción, como persona y personaje, diluyendo el peso argumental de la venganza en otro con el perdón y la verdadera justicia como cuestiones primordiales.

Esta nueva perspectiva se gesta no tanto, pues, desde lo argumental como desde lo formal a partir de una planificación estática casi en su totalidad en la que los personajes, muchas veces inmóviles, devienen efigies parlantes. Una opción estilística, embellecida por la deliberada (y dramáticamente gratuita) decisión creativa de fotografiar la película en blanco y negro, que se traduce a su vez en una gran habilidad para con el montaje interno de los bellos planos de The Woman who Left, repletos de escorzos, encuadres dentro de encuadres o incluso distribuciones espaciales capaces de generar puntos de fuga que redireccionan la atención del espectador hacia determinados objetos o personajes, obteniendo así un valor narrativo concreto. Gestos de generosidad o reacciones de agradecimiento o desprecio, entre muchos otros, se ven de esta forma revalorizados en un marco tan calmo como también distante, fruto de la cantidad de planos generales que los recogen. Ya que la apuesta de Diaz por esta relativa desnudez formal, reforzada por la ausencia de una banda sonora extradiegética, revela el grado de importancia que el entorno en el que transcurre la película tiene para los personajes, permanentemente condicionados por él, pero, por otro lado, genera un no menos considerable grado de desapego emocional respecto a muchas de las situaciones dramáticas (algunas terribles) que tienen lugar en The Woman who Left. De esta forma, el mismo mecanismo que permite cuestionar las bondades de Horacia respecto a los desheredados a los que ayuda económicamente siempre que puede mientras le allanan el camino hacia Trinidad, o que ponen en duda el que su venganza responda a un primitivo pero efectivo sentido de la justicia (social) y no a un revanchismo basado en la satisfacción de impulsos violentos acumulados durante tres décadas de encierro, también aleja al espectador de la ternura o el sufrimiento, dignificado en su falta de dramatismo y espectacularización, de los desposeídos, o del hecho de que Horacia logre su objetivo o fracase intentándolo.

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Una ambivalente distancia, que resulta lo más interesante y también lo más farragoso de la película, sin solución de continuidad, que cobra una curiosa dimensión fabulesca en su plano final, aproximando al filme de Diaz, en el que no falta la lectura en voz alta o en off de numerosos relatos, como un largo cuento moral en las antípodas del discurso sociopolítico oficial, capaz de visibilizar lo que se oculta bajo un manto de falso sentido de la justicia y poniendo así en duda lo que el tiempo ha convertido en Historia.


Ang babaeng humayo (Filipinas, 2016)

Dirección, producción, guión, dirección de fotografía y montaje: Lav Diaz/ Reparto: Miss Charo Santos-Concio, John Lloyd Cruz, Michael De Mesa, Nonie Buencamino, Shamaine Buencamino.

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