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SKINAMARINK


Encuentros en la oscuridad

En el 2015 el hoy cineasta Kyle Edward Ball inauguró un canal de Youtube bajo el epígrafe de Betsized Nightmares. En base a una lógica más próxima a la experimentación que a la causalidad narrativa, los videos del canal fueron y son impulsados por una metodología de trabajo aparentemente simple: sus seguidores en redes le hacían llegar (como hacen todavía) una corta descripción de sus más terroríficas pesadillas infantiles, capaces de traspasar las barreras de la edad hasta quedar incrustadas en el recuerdo debido a su impacto emocional y psíquico y Ball las traducía a imágenes y sonidos. Con el paso del tiempo, Betsized Nightmares se ha convertido en un nutrido catálogo de piezas audiovisuales de muy corta duración que recrean todas estas pesadillas desde una perspectiva puramente subjetiva, carente de otra banda sonora extradiegética que no sea la monocorde voz del realizador y con una textura visual y sonora desprovista de artificios pero endiabladamente efectiva.

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Estos recursos hacen posible la sensación de estar viendo algo ya soñado (y sufrido); una siniestra certeza que es también mayor y más fascinante fortaleza de aquel proyecto aún en curso y tiene su desarrollo fílmico en Skinamarink (Kyle Edward Ball, 2022): indisimulada versión extendida de las aportaciones hechas por Betsized Nightmares -y del mediometraje Heck (Kyle Edward Ball, 2020) que hizo las veces de borrador promocional de esta película- de las que recoge gran parte de su lógica narrativa y estilística trasladándola a una duración propia de un largometraje al uso con resultados muy desiguales aunque también interesantes a varios niveles, algunos extracinematográficos.

Esta vez Ball recoge un miedo infantil fundacional como es el de verse perdido y vulnerable en ausencia de sus mayores, amplificándolo en base a una lógica no por pesadillesca menos reconocible que la invocada por Betsized Nightmares al situar ese desamparo absoluto en un entorno familiar que ha devenido irreconocible: Kevin (Lucas Paul) y Kaylee (Dali Rose Tetreault) son dos hermanos de 4 y 6 años de edad que se despiertan una noche para darse cuenta de que su padre (Ross Paul) y su madre (Jaime Hill) se han esfumado junto a las puertas y ventanas que desaparecen y cambian de lugar sin saberse el cómo ni el porqué. La casa unifamiliar de dos pisos que todos compartían como una familia cualquiera se ha convertido en una trampa de la que es imposible salir, pero en la que parece que hay alguien o algo más que les llama, intentando atraerles desde la planta superior del edificio con progresivas malas intenciones.

Y eso es, a grandes rasgos, todo lo que la sugerente Skinamarink tiene que ofrecer en términos argumentales. Pese a que la agresividad de los encuentros entre los niños y las presencias que les rodean es cada vez mayor, no existe un desarrollo digno de tal nombre que vaya más allá de este por otro lado muy arquetípico (por no decir estereotipado) punto de partida. En su plausible alergia a una narrativa más o menos convencional, Skinamarink opta más bien por dejar caer frases sueltas dichas por sus dos jovencísimos protagonistas que, como migas de pan, van construyendo retrospectivamente una base argumental más o menos comprensible aunque también muy endeble.

Pero lo que bajo unos parámetros cinematográficos más convencionales habría sido un escollo importante en Skinamarink deviene un elemento más en la construcción de una atmósfera hecha con recursos rayanos en lo casero, y que apuesta claramente por lo sensorial minimizando toda posible racionalización narrativa de lo que la película tiene que ofrecer. En un suma y sigue de saltos al vacío, Ball construye su película a base de oscurísimos planos mayoritariamente vacíos de toda presencia humana y en los que cuesta concretar otra figura que no sea la de los dos protagonistas (a quienes nunca llegamos a ver frontalmente aunque sí veamos sus espaldas o o sus pies cuando pasean arriba y abajo por lo que un día fue su hogar), más interesado en registrar los espacios vacíos que separan objetos o referencias visuales que en facilitar un mínimo de orientación a su público, tan perdido como los niños de Skinamarink.

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La textura granítica de la imagen, lo casero de sus recursos de producción o lo vetusto (y estilizado) de sus títulos de créditos no ejercen como resortes propios del llamado metraje encontrado pese a sus concomitancias formales. Donde el formato que dio alas a filmes como El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) u Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980) pretende dar carta de credibilidad o realismo a los hechos explicados en estas y otras películas fingiendo que ocurrieron realmente, Ball opta por el naturalismo como mecanismo destinado a hacer de Skinamarink una experiencia de carácter inmersivo. Ni siquiera los dibujos animados que ambos niños aprovechan para consumir con fruición aprovechando la ausencia de sus mayores a duras penas funcionan como resortes nostálgicos, siendo más bien una ilustración animada de la enloquecida lógica física que parece haberse adueñado de lo que un día fue un hogar y hoy, en el 1995 en el que transcurre el filme, parece una pesadilla siniestra a medio camino entre lo familiar y lo ininteligible.

Este desnorte se contagia con maliciosa voluntad al público, incapaz de orientarse en un filme que sería un galimatías de no ser por la voluntad de Ball de justificar Skinamarink como una pesadilla filmada y obligatoriamente regida por una lógica igualmente pesadillesca. Y en lo que transmitir desazón, angustia y desamparo se refiere, a fe que consigue igualar la textura y tensión de un mal sueño en algunos de sus mejores momentos. La suma resultante de una producción que se diría muy limitada a nivel presupuestario y lo nocturno de su planteamiento argumental, con una iluminación que de puro naturalista parece casi inexistente y una banda sonora comprendida por lamentos y ecos, sumerge al público en un inquietante duermevela -equiparable al de sus dos protagonistas, uno de ellos significativamente sonámbulo- que habría funcionado muy bien bajo una duración más reducida pero que resulta insuficiente para no devenir en sopor en parte de los 100 minutos que dura el filme.

Quizás por eso lo más meritorio e interesante de la propuesta de Ball no acaba siendo sus aciertos parciales como película en sí, que los tiene, o el que su popularidad se haya debido en parte a que fue inicialmente filtrada en Redes Sociales generando un progresivo culto a su alrededor, si no el convertirse en una ventana a un terror personal y privado que puesto en pantalla se desvela colectivo, por reconocible en su fondo y forma para cada uno de sus espectadores. Ahí es nada.

Skinamarink (Canadá, 2022)

Dirección y guion: Kyle Edward Ball / Producción: Dylan Pearce para ERO Picture Company, Shudder y IFC Midnight / Dirección de fotografía: Jamie McRae / Montaje: Kyle Edward Ball / Reparto: Lucas Paul, Dali Rose Tetreault, Ross Paul y Jaime Hill.

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