SITGES 2020 (DÍA 4): 30 MONEDAS, BOYS FROM COUNTY HELL, PSYCHO GOREMAN

¿30 monedas? Compramos

30 Monedas, de Álex de la Iglesia

Sitges fue uno de los primeros festivales de cine en apostar por las series. Tanto por su calidad como por su poder de convocatoria, el certamen ha convocado en los últimos años diferentes eventos con títulos como Stranger Things, Juego de Tronos y Breaking Bad. Este año, la imposibilidad de contar con invitados internacionales, el recorte de filmes exhibidos y el veto de Netflix a los festivales (sí, por si no lo sabías, ahora es Netflix el que veta a los festivales y no al revés) ha provocado que solo tengamos el estreno de una serie en el festival. Pero vaya serie. El azar ha querido que uno de los autores de cine fantástico más prolíficos e internacionales del país, Álex de la Iglesia, esté a punto de sacar a la luz 30 Monedas, su primer trabajo para HBO. Y, esta vez, parece que el resultado es muy diferente al conseguido con el anterior proyecto del director bilbaíno para televisión, el fallido serial Plutón BRB Nero (2008).

Tan solo hemos podido disfrutar del primer episodio, aunque por su duración (78min) nos ha sabido a largometraje. Etiquetada en el thriller de corte sobrenatural, 30 Monedas nos cuenta el enfrentamiento entre un extraño culto demoníaco y el Padre Vergara (Eduard Fernández), un cura exconvicto y boxeador, a causa de la posesión de las 30 monedas por las que Judas traicionó a Jesucristo. Todo ello salpicado con personajes que parecen sacados de Acción Mutante (1993) y enmarcado en la España rural, campo de cultivo de supersticiones y leyendas. Tras un prólogo en Suiza donde vemos a una especie de zombie (en el sentido haitiano) robar una de las monedas de Judas de la caja fuerte de un banco, la primera escena nos muestra a un niño naciendo de una vaca. Una historia que bien podría parecer uno de esos mitos de los pueblos de la España profunda, pero que ocurre en pleno siglo XXI, lo que trae de vuelta al Álex de la Iglesia del ocultismo y el folclore de El día de la Bestia (1995) y Las brujas de Zugarramurdi (2013). Después de tres filmes seguidos con personajes “confinados” (en 2015 Mi gran noche y en 2017 El bar y Perfectos desconocidos), el regreso a espacios abiertos nos devuelve también uno de los fetiches del cineasta: gente colgando en las alturas. Hemos visto personajes asomándose al abismo desde el cartel de Schweppes en El día de la Bestia, desde las cuádrigas tiradas por caballos del antiguo edificio del BBVA en La comunidad (2000) e, incluso, desde lo alto de la cruz del Valle de los Caídos en Balada triste de trompeta (2010). Y lo cierto es que ya lo echábamos de menos. En el resto del episodio tenemos asesinatos, posesiones, monstruos gigantes y, sobre todo, muchísimas ganas de seguir viendo más capítulos. En menos de un mes las saciaremos.

Fran Chico

Boys from County Hell, de Chris Baugh

boys from county hell revista mutaciones

En pocos lugares del mundo ha florecido con tanta pasión el fantástico, la ciencia ficción y el terror como en las islas británicas. Tras siglos de tradición literaria (sin duda, una prolongación de una tradición oral aún más ancestral), el cine se convirtió durante el siglo XX en un nuevo canal en el que británicos, galeses, irlandeses y escoceses volcaron infinidad de mitos, algunos originarios de las islas, otros importados de lejanos países en sus aventuras de exploración, comercio o conquista. Es en esta riquísima base sobre la que se asiente la abundante creación contemporánea proveniente de Reino Unido e Irlanda, películas como Boys from County Hell (Chris Baugh, 2020), capaces de jugar con el mito vampírico, una figura presente en el folklore de múltiples países europeos pero cuya popularidad e identidad moderna proviene del trabajo de tres escritores de las islas: John William Polidori, Joseph Sheridan Le Fanu y Bram Stoker.

Boys from County Hell enfrenta a un grupo de irlandeses, habitantes de una pequeña localidad rural, con un vampiro ancestral que se niega a ajustarse al perfil construido por Polidori y sus sucesores, el de ese ser cuya ansia de sangre se oculta bajo un disfraz de refinamiento y seducción. Aquí, por el contrario, el monstruo carece de ningún tipo de mascara humana, y los protagonistas se ven obligados a ignorar todo lo que creen saber sobre el vampirismo para poder defenderse de una criatura primitiva que no tiene ningún interés en seducir a sus víctimas, solo quiere devorar su sangre.

Esa es, al menos, la atractiva premisa de la película. Sin embargo, el resultado es mucho menos interesante. Lastrada por una puesta en escena cuyo único interés es plasmar en imágenes lo más superficial (o sea, el argumento) de un guion lleno de elementos dramáticos rutinarios y desconectados de la premisa principal, Boys from County Hell es una de esas propuestas tan indiscutiblemente dignas como carentes de imaginación, tan fáciles de ver como imposibles de recordar. Para una industria cinematográfica como la de las islas británicas, esta película representa un estándar, una vez más, industrial, que mostrar con orgullo; su presencia dentro de la programación de un festival resulta, por el contrario, mucho más cuestionable.

 

Pablo López

Psycho Goreman, de Steven Kostanski

El canadiense Steven Kostanski ha participado en numerosas producciones como especialista en maquillaje y efectos especiales. En 2016 dirigió junto a Jeremy Gillespie la celebrada El vacío (The Void), película con espíritu fan-made que recopilaba y actualizaba el imaginario de Lovecraft por lo carpenteriano. Otros títulos que podríamos destacar del director son Father´s Day (2011), proyecto colectivo coproducido por Troma y la TV movie Leprechaun Returns (2018). En esta ocasión, sorprende con una comedia protagonizada por niños y llena de muñecos de goma y látex.

Como si de un retorcido Jim Henson se tratara, Kostanski plantea la historia de Mimi y Luke, dos hermanos que por casualidad descubren una misteriosa gema con el poder de dominar a un poderoso demonio extraterrestre.

La pequeña Nita-Josee Hanna roba totalmente el protagonismo de la cinta dando vida a una impertinente y controladora Mimi que, como una perversa Matilda, será capaz de hacérselo pasar muy mal al terrible guerrero destructor de mundos, bautizado por ella misma como Psycho Goreman (“PG, para abreviar”); no hay nada como una niña caprichosa y maleducada para bajarle los humos a una criatura de otra dimensión, aunque todo monstruo tenga su corazoncito.

El humor ácido y consciente riega esta cinta con aires de Rick y Morty y firme aspiración B (o incluso Z), plagada de palabrería espacial y criaturas con diseños tan originales como disparatados. Kostanski, también guionista, se ríe con ironía de casi todo, aunque más que interés por burlarse de los estereotipos o hacer crítica social, prevalece un gusto por el absurdo donde hasta los personajes más patéticos pueden despertar cariño, como en el caso del padre de familia interpretado por el también director canadiense Adam Brooks. Una vez que la película arranca, se mantiene en vuelo hasta el final y no necesita más que un fino hilo argumental y la propia sucesión de sketches.

Diversión splatter, monstruos espaciales, desmembramientos, transformaciones, stop motion y hasta momentos musicales harán las delicias del espectador afín a la vertiente más gamberra del género.

Un cruce imposible entre Los teleñecos y Hellraiser, con el humor suburbial de Trailer Park Boys y el slapstick hilarante del fantástico de Stuart Gordon.

Manuel M. López

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