SITGES 2020 (DÍA 2). LAST WORDS, LA VAMPIRA DE BARCELONA, THE DARK AND THE WICKED, UN EFECTO ÓPTICO

Mucho Dark y mucho Wicked

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The Dark and The Wicked, de Bryan Bertino

Last Words, de Jonathan Nossiter

Nick Nolte encarna con enorme presencia a un viejo guardián de la memoria del mundo que vive oculto en las ruinas de la Cineteca de Bolonia y acabará acompañando al protagonista (Kalipha Touray) en la busca de una comunidad de supervivientes.

Fábula apocalíptica con una idea central más que interesante -la del cine como memoria del mundo y único capaz de reconstruir su sentido-, a medio camino entre Cinema Paradiso y Planeta Libre (La belle verte).

Sin embargo, a pesar de su atractiva premisa, la narración se vuelve rápidamente repetitiva y errática, lastrada quizá por su referente literario (la novela de Santiago Amigorena), y o no tiene mucho más que contar, o no confía en hacerlo con imágenes, estancándose en encuadres distantes y una falta de énfasis en la mayoría de los planos, en pos del naturalismo. Es una pena que no se haya confiado más en la radicalidad de las tomas casuales, que parecen fruto de la improvisación e imitan un celuloide dañado. Hay algo de Michel Gondry (Rebobine, por favor, 2008) en el juego de reconstrucción casera de una cámara para volver a filmar el mundo o la congregación de una comunidad ante la pantalla de cine. Y una hermosa nostalgia de lo analógico, la fisicidad de la película, la mecánica, la maquinaria, el viejo oficio. Con Charlotte Rampling, Stellan Skarsgård y Alba Rohrwacher.

Manuel M. López

 

La vampira de Barcelona, de Lluís Danés

Bregado en documentales musicales como Llach: la revolta permanent (2006), el director Lluís Danés encara con La vampira de Barcelona su primer largometraje de ficción. Y lo hace, sin embargo, inspirándose en una de las figuras más célebres de la crónica negra catalana: la de Enriqueta Martí Ripollés. Más conocida como la Vampira del Raval, Martí (interpretada aquí por Nora Navas) fue condenada y ejecutada tras ser dudosamente hallada culpable del secuestro y asesinato de varios niños y niñas en, precisamente, el barrio barcelonés del Raval a principios del siglo XX.

Turbio episodio que es utilizado por Danés prácticamente como un macguffin para vehicular argumentalmente una denuncia a los poderes establecidos, componiendo un retrato social tan desolador como obvio envuelto, eso sí, en un aparato formal harto vistoso, que cuenta en su haber desde abruptos cambios de blanco y negro a color hasta una dirección artística tan recargada como conscientemente artificiosa. Y todo para elaborar una narrativa que arranca bajo los parámetros de la crónica periodística para convertirse en reflejo de la desencajada psique del atormentado protagonista, Sebastià Comas (Roger Casamajor), periodista morfinómano que deambula por las zonas social y moralmente más depauperadas de una sociedad catalana que se jacta de su opulencia en el Liceo mientras solaza sus impulsos más brutales en los burdeles cercanos.

El resultado es una fábula macabra -con ecos visuales de Drácula, de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992) y argumentales de Desde el infierno (2001), la adaptación que los hermanos Hugues hicieron de From Hell (1991-1996), de Allan Moore y Eddie Campbell– quizás demasiado calculada (especialmente en el desarrollo de su guion y personajes) como para resultar arrebatadora y cuyo interés se debate entre la frialdad de su curioso dispositivo formal e interpretaciones y la fuerza expresiva que éste le permite alcanzar en sus mejores momentos.

Eduardo Martínez Gómez

 

Un efecto óptico, de Juan Cavestany

Un matrimonio, interpretado por Pepón Nieto y Carmen Machi, se da cuenta al viajar a Nueva York que, en realidad, la “capital del mundo” se parece bastante a Burgos. Así comienza Un efecto óptico, la nueva película de un Juan Cavestany que nunca deja indiferente a nadie. El director de Vergüenza es experto en la incomodidad jugando con el absurdo, la repetición y la confusión. Básicamente, los elementos que definen el poshumor, del que Cavestany se ha convertido (voluntariamente o no) en un referente. La cuestión es que este tipo de cine (y otros, como por ejemplo la Concha de Oro del pasado Festival de San Sebastián requiere de una implicación extra del espectador. El público tiene que ser paciente, comprensivo, receptivo y abierto. Un efecto óptico, al igual que ocurre con las películas de David Lynch (receptor del Premio Honorífico de Sitges 2020), se salta la narrativa convencional y nos descoloca a cada minuto.

Como espectadores hay dos maneras de afrontar este cine: una sería pensar posibles significados, metáforas o claves ocultas en su caótico montaje y en su aparente falta de sentido. La otra, disfrutar del viaje como si fuera una ensoñación, dejándose llevar sin pensar en la lógica de la obra. Normalmente, el espíritu crítico se decanta por la primera, y seguramente veamos muchas interpretaciones (tantas como críticas se publiquen) de “lo que ha querido decir Cavestany”. Por mi parte, aportaré mi granito de arena exponiendo la más evidente, y quizá por eso la más engañosa, porque nunca se sabe. Teresa y Alfredo (Machi y Nieto) observan con extrañeza el cuadro de Las meninas de Velázquez en lo que se supone que es el Met de Nueva York. Una de las pinturas más conocidas y ensalzadas por consenso. Alfredo le pregunta a Tere que qué le parece, y ella contesta algo así como “me gusta, claro”, con un gesto de buscar aprobación. El montaje corta a un plano de otro cuadro, en este caso un borrego maniatado. ¿Es esto una denuncia contra el gusto inducido como sociedad hacia lo comercial en todos los ámbitos, o es una chorrada sin más? Pues la misma duda, más o menos, la tengo con Un efecto óptico. Y no creo que tenga una respuesta clara.

Fran Chico

 

The Dark and the Wicked, de Bryan Bertino

En el cine de terror, la familia siempre ha sido una fuente de conflicto y locura. En Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), el amor represivo y asfixiante de una madre convertía a su hijo en un inadaptado emocional incapaz de gestionar su rabia. En Halloween (John Carpenter, 1978), un niño podía ocultar en su interior la encarnación del mal absoluto, capaz incluso de asesinar a sangre fría a su propia hermana. En Pesadilla en Elm Street (1984) y la saga de Scream (1996), ambas de Wes Craven, los errores de los padres regresaban en forma de salvaje violencia y locura indiscriminada para perseguir a sus hijos. En los últimos años,  películas como La visita (M. Night Shyamalan, 2015), La bruja (Robert Eggers, 2015) o Hereditary (Ari Aster, 2018) han mantenido esta tradición del género, tan efectiva por lo que tiene de universal. Todos podemos comprender lo que es la angustia en el seno familiar, o al menos el miedo a no saber quiénes son realmente aquellos que tenemos más cerca, aquellos que se nos ha dicho por activa y por pasiva que deberían querernos más que nadie.

Este mismo miedo parece ser la base de The Dark and the Wicked, la nueva película de Bryan Bertino, el firmante de la eficaz Los extraños (2008). Un par de hermanos regresan a la granja familiar para acompañar a su madre y a su padre enfermo en los que podrían ser los últimos días de este. Como es de imaginar, los sucesos extraños, cuando no directamente trágicos, se suceden durante la semana que ambos permanecen allí. Bertino vuelve a demostrar aquí que es un director con abundantes recursos visuales, capaz de construir una atmosfera opresiva y angustiosas secuencias de terror, pero fracasa a la hora de aprovechar esos recursos visuales para construir algo que vaya más allá de ese básico enunciado, “El mal está dentro de casa”. Sus personajes, apenas dibujados, no funcionan siquiera como estereotipos, y el intento de discurso que se intuye acaba resultando demasiado opaco como para cristalizar en nada, por mucho que Bertino intente llenar la película de referencias a la religión, al suicidio o a la incomunicación familiar. Al final, pese a alguna secuencia ciertamente inquietante, el conjunto The Dark and the Wicked termina siendo algo amorfo y cenizo, carente de la emoción que, ya sea de forma soterrada o explosiva, debería recorrer cualquier historia familiar.

Pablo López

 

 

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