SEMINCI 2021: SECCIÓN OFICIAL

La anti-línea editorial: Miscelánea de títulos

Seminci 2021. Revista Mutaciones

La 66 edición de la SEMINCI (Semana Internacional de Cine de Valladolid) volvió a presentar, tras una edición de 2020 que consiguió celebrarse rodeada de miedo e incertidumbre, una cierta normalidad. Esta sensación de ligera recuperación, de mayor número de espectadores y de necesarias discusiones post-proyección a la salida de los cines, es algo que hemos ido palpando en los distintos festivales celebrados dentro y fuera de nuestras fronteras. Así pues, Cannes, San Sebastián o Venecia han mostrado un ambiente casi pre pandémico, donde la proyección de grandes y esperados títulos retrasados por la aparición de la COVID-19 han sido la principal punta de lanza de sus programaciones. Si de todo este fatídico suceso podemos sacar un principal síntoma, observando los largos y anchos listados de programación que han presentado los nombrados festivales, es una acumulación casi malsana y desbordante de títulos a toda vista inabarcables para cualquier profesional del medio cinematográfico; mucho menos, que duda cabe, para el espectador cinéfilo que se acerca a ellos con ganas de degustar los títulos autorales, supuestamente, más importantes del año en curso.

De este modo, Venecia presentaba a Sección Oficial -dentro y fuera de concurso- un total de 40 títulos, a los que Cannes seguía de cerca con el estreno de 32 cintas enmarcadas dentro de la más importante selección festivalera. Con tal desmesurado número de películas, sin contar, obviamente, todas aquellas que recaían en las secciones paralelas, en ocasiones mucho más estimulantes que la principal, como se puede leer en la crónica de Álvaro de Luna sobre Punto de Encuentro, la segunda sección más importante de la SEMINCI, uno termina preguntándose cuál es el sentido último de estos festivales. ¿Hay verdaderamente una labor de descubrimiento y curación en los comités de programación? ¿Hasta qué punto es necesaria la acumulación de nombres conocidos cuyas cintas no superan el aprobado más ordinario? Está claro que cada año el número de producciones aumenta, y con ello la dificultad de realizar una selección concentrada de títulos destacables, pero las 226 películas que se proyectarán este año en el Festival de Sevilla son, por ejemplo, una clara secuela de esta enfermedad acumulativa que habría que empezar a poner sobre la mesa.

Last Film Show. Revista Mutaciones

¿Y donde queda la SEMINCI en todo este conglomerado de películas y festivales? Pues la Semana Internacional de Cine de Valladolid, dentro de un más plausible recuento de proyecciones, queda aun así tocada por el virus del hacinamiento que recorre los grandes encuentros cinematográficos, con 23 películas en la Sección Oficial (el año con mayor número de títulos en la categoría principal). Este hecho deja casi imposible la labor de introducirse en otras secciones a descubrir títulos más pequeños o incipientes, así como dificulta el trabajo de un jurado que tiene que devorar hasta cuatro películas al día sin tiempo para deliberar sobre ellas. De este modo, la SEMINCI ha vuelto a hacer gala de un palmarés absolutamente desnortado, donde los premios se han repartido entre algunas de las cintas menos estimulantes de la competición, dejando fuera las obras más arriesgadas de una selección que, nuevamente, muestra una falta de coherencia y línea editorial preocupante.

Cierto es que la SEMINCI, festival de clase B cuyos estrenos no tienen porque ser internacionales, siempre ha contado con una programación que hace de escaparate nacional para algunas de las películas más destacadas en los grandes festivales internacionales. De este modo, actuando casi como un Perlas de San Sebastián, o como un EFA de Sevilla, la Sección Oficial de Valladolid asume la labor de listar títulos atractivos y accesibles para el público general, casi siempre con un galardón debajo del brazo: así hemos podido ver este año el León de Oro de Venecia (El acontecimiento), los Grandes Premios del Jurado de Cannes (Un héroe y Compartimento Nº6), la mejor interpretación principal de Berlín (El hombre perfecto), la mejor interpretación femenina de Cannes (La peor persona del mundo), el Premio del Jurado de Sundance (Colmena) o el Leopardo de Oro de Locarno (La venganza es mía, todos los demás pagan en efectivo).

El acontecimiento. Revista Mutaciones
El acontecimiento

A pesar de resultar harto atractivo para el cinéfilo que no puede acudir a todos estos festivales, la programación no adquiere ninguna valentía ni riesgo, proponiendo títulos siempre correctos que aterrizan con distribuidoras y estrenos programados bajo el brazo, sin espacio para ese descubrimiento ni trabajo de industria que un festival de esta categoría debería acometer. Una sensación que se palpa desde hace tiempo en el trabajo del comité, que ni siquiera parece querer trazar una línea de diálogo entre las diferentes cintas seleccionadas -¿qué hacen compartiendo categoría una película tan madura y contundente como El contador de cartas (The Card Counter, Paul Schrader, 2021), con una cinta tan leve y lacrimógena como Last Film Show (Pan Nalin, 2021), inexplicable Espiga de Oro de esta edición?-. Esto solo puede entenderse como una labor no del todo concentrada de la organización, donde no solo la miscelánea de títulos resulta chirriante, si no también el increíble poder otorgado a la presidenta del jurado Deepa Mehta, que ha acabado premiando la muy floja película de su compatriota y amigo Pan Nalin.

Comodidad y corrección

Llegamos así al repaso de títulos que han conformado esta Sección Oficial de la 66 SEMINCI. Con un listado de premios muy repartidos, la gran vencedora de la edición sorprendía a todos los presentes. Last Film Show no se situaba en ninguna de las quinielas de los profesionales críticos. La película de Pan Nalin, cineasta de las reconocidas Samsara (2001) o 7 diosas (Angry Indian Goddesses, 2015), presenta la historia de Samay, un niño de 9 años que se enamora perdidamente del cine a pesar de las prohibiciones de su tradicional padre. Escapándose de clase para ir al Galaxy, el cine de su ciudad, acaba tejiendo una tierna amistad con el proyeccionista de la sala. Con claros ecos a Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso, Giuseppe Tornatore, 1988) la película procedente de la india pretende mostrar una conmovedora historia de pasión cinéfila, que se antoja excesivamente obvia en sus intenciones buenistas y manipuladoras. Toda la cinta está sujeta a la idea de cinefilia que no ha conseguido desenamorarse del formato físico, sin embargo, la imagen digital de Last Film Show queda lejos de este elemento táctil. No solo la historia suena a vista y oída, si no que los almibarados elementos de la puesta en escena también se acogen a una rudimentaria y simple feel good movie donde la sutileza brilla por su ausencia.

Last Film Show. Revista Mutaciones
Last Film Show

Del mismo modo, sorprendía la Espiga de Plata a Seis días Corrientes (Sis dies corrents, 2021), la nueva película de la directora catalana Neus Ballús, ganadora del Premio a Mejor Interpretación Masculina en el Festival Internacional de Cine de Locarno -ex-aequo para sus dos protagonistas, Mohamed Mellali y Valero Escolar, actores no profesionales que se interpretan a ellos mismos-. No sorprendía tanto, sin embargo, que recibiese el Premio del Público. Seis días corrientes es una desternillante ficción, con tintes documentales (todos los actores se interpretan a sí mismos en una suerte de recreación de su rutina laboral diaria), que funciona de maravilla como buddy film obrera. Sus personajes y actores rezuman una gracia natural que recuerda al de otros éxitos nacionales como Carmina o Revienta (Paco León, 2012) o Muchos hijos, un mono y un castillo (Gustavo Salmerón, 2017), dejando también la sensación de que a pesar de ser un ácido retrato antropológico de ciertos comportamientos humanos, la película quedaría algo huérfana de virtudes sin el consecuente descubrimiento de una fuerza carismática como la de Valero Escolar. Su crítica social es demasiado ligera, pero no puede negársele una calidez humana sorprendentemente divertida.

Como tampoco puede negársele a Paul Schrader su esplendorosa segunda juventud. Tras la excelente El reverendo (First Reformed, 2017), el cineasta sigue investigando a su manera seca y atormentada los vestigios de un cine trascendental que él mismo expuso de manera categórica en su brillante tesis El estilo trascendental en el cine. Ozu, Bresson y Dreyer. Sección Oficial del Festival de Venecia, la película recaía en Valladolid sin mucha concordancia con el resto de producciones, pero alzándose no solo como una de las mejores cintas vistas en la semana, si no también en el año presente (al menos para quien esto escribe). Premiada en la SEMINCI con la estatuilla a mejor guion, seguramente también motivada por su reconocida carrera, El contador de cartas es la nueva incursión de Schrader en la redención de un alma malograda, capaz de dialogar con Pickpocket (Robert Bresson, 1959) y con sus más trágicos libretos sobre masculinidades atormentadas. Schrader filma con auténtica sequedad, de manera tensa e hipnótica, con meticulosidad clínica y cortante, la historia de un exmilitar y jugador profesional de póker (brillante Oscar Isaac), cuya vida se trastoca al conocer a Cirk, un joven que busca ayuda en Tell para ejecutar su plan de venganza.

El contador de cartas. Revista Mutaciones
El contador de cartas

Venganza que también encontramos, tanto en el título como en la trama, en la nueva película del cineasta indonesio Edwin: La venganza es mía, todos los demás pagan en efectivo (Seperti Dendam Rindu Harus Dibayar Tuntas, 2021). Leopardo de Oro en Locarno, la película se introducía en el palmarés de la SEMINCI con el premio a mejor fotografía para Akiko Ashizawa, un premio que puede parecer de consolación (había películas con una fotografía más destacable, como la hermética frialdad de El contador de cartas o la calidez sensual de Una historia de amor y deseo) para una de las películas más arriesgadas y estimulantes de la Sección Oficial. Homenajeando al cine ochentero de artes marciales y serie b del Sudeste asiático, la película afianza un humor y crítica patriarcal de lo más personal, dándose la mano con la habitual y folletinesca historia de venganzas, amores y traiciones que copaban estas producciones directas a VHS. Con unas formas fílmicas conseguidas, y con el riesgo de no llevar hasta el límite sus particulares homenajes, la cinta desprende una simpatía ligera y con inspirados momentos de introspectiva narración fantástica que también acabamos observando de manera más inquietante en otra cinta de la sección como Clara Sola (2021).

La ópera prima de la costarricense Nathalie Álvarez Mesén, sobre una mujer introvertida llena de convenciones sociales y religiosas, conforma, con su atmosférica recreación del espacio y lo onírico, un digno universo íntimo de liberación sexual femenina y misticismo -aunque quizá demasiado reconocible dentro del panorama lírico-sensitivo del cine latinoamericano, con una utilización del sonido como ambiente naturalista y opresivo muy cercano al de Lucrecia Martel-. En la línea de este fuerte discurso femenino y feminista hallamos otras películas como el drama social Colmena (Hive, Blerta Basholli, 2021) o El acontecimiento (Audrey Diwan, 2021). La primera cuenta la historia real de un grupo de mujeres que, a la espera de noticias sobre sus maridos reclutados en la guerra de Kosovo, y para sobrevivir en un pueblo conservador lleno de nociones patriarcales y tradicionales, deben unir fuerzas para fabricar y vender ajvar casero en una tienda de comestibles local, superando los insultos y ataques físicos que tratan de impedir su valía individual. La segunda, adaptando la novela autobiográfica de Annie Ernaux, narra la historia de Anne, una joven y brillante estudiante con un futuro prometedor, que se ve asfixiada y señalada por la sociedad y el entorno al descubrir que está embarazada. Pudiendo acabar muerta o en la cárcel, Anne decide, aun así, abortar ilegalmente para poder continuar con su trayecto vital.

Colmena. Revista Mutaciones
Colmena

Tanto Colmena como El acontecimiento parten de unas formas parecidas: el seguimiento íntimo y directo de sus protagonistas a través de una cámara en mano que las prioriza, pero sin dejar fuera de campo al importante entorno que las rodea y marca sus vidas. Sin embargo, la cinta de Basholi juega con una narrativa más testimonial, aparentemente sólida, pero que no llega nunca a subvertir e ir más allá en su crudo diálogo con la realidad. Es clásica, pero algo convencional en el discurso, elemento que El acontecimiento consigue romper ligeramente con un tramo final que se atreve a bordear la crudeza con mayor riesgo. Su retrato acaba siendo más emocional y político, con una dureza que se contagia, y que sorprendió quedando fuera de los galardones de esta edición. Ni siquiera la fantástica interpretación de Anamaria Vartolomei, una fuerza natural que se come la pantalla, consiguió hacerse con el premio a mejor interpretación femenina, que acabó recayendo en la también contundente Yllka Gashi, protagonista de la cinta aquí dialogante: Colmena.

Tampoco consiguieron premio otros dos interesantes, aunque no especialmente celebrables, acercamientos al mundo femenino como son Libertad (Clara Roquet, 2021) y Las siamesas (Paula Hernández, 2020). La primera es una coming of age sólida sobre la lucha de clases. Una especie de Roma (Alfonso Cuarón, 2018) pasada por el filtro de Verano 1993 (Carla Simón, 2017). Roquet sabe filmar con luminosidad y percepción. Empapa su imagen de calor y secretos. También consigue unas interpretaciones emocionantes y creíbles. Sin embargo, se observa en ella la previsibilidad de una estructura de conflictos demasiado rígida, así como una mecánica de indie español demasiado reconocible. Las siamesas, por su parte, camina por lo teatral, encajonando a sus personajes en espacios pequeños para hacer explotar la tensión y el conflicto maternofilial claramente tóxico que se respira entre ambas protagonistas. Es muy interesante en el uso del espacio, pero no mantiene una cordura cinematográfica, construyendo una película en base a distintos estilos y propuestas visuales que nunca llegan a crear un todo con sentido dentro de la narración. En las antípodas de estos proyectos, pero también de vacío, se fueron Un héroe (A Hero, 2021), la nueva obra del prestigioso Asghar Farhadi, otro solvente thriller cotidiano sin ningún interés por una apuesta de cámara nutritiva, y la comedia romántica futurista de Maria Schrader El hombre perfecto (Ich bin dein Mensch, 2021), una simpática pero demasiado verbalizante y descafeinada distopía.

Un héroe. Revista Mutaciones
Un héroe

Todo hacía presagiar que La Mif (The Fam) (2021) no destacaría dentro del conjunto de películas presentadas, o al menos que no acapararía tantos premios como finalmente hizo. La ópera prima en el terreno de la ficción del cineasta suizo Frédéric Baillif narra, con un tono muy social, la historia de un grupo de chicas adolescentes que ingresan en una casa de acogida junto a los trabajadores sociales. El premio a la mejor dirección y al mejor montaje, así como una mención especial de jurado a sus jóvenes protagonistas, fueron finalmente los galardones obtenidos por una obra que funciona mejor cuando se acerca al retrato individual sobre el comportamiento de sus personajes que cuando intenta abarcar todo el drama que les acompaña. Un cine social adolescente que parece arrancar con honestidad, pero acaba tendiendo a ciertas imposturas. Algo que también le ocurre, más ligeramente y desde otra perspectiva, a El perdón (Ghasideyeh gave sefid, Maryam Moghadam, Behtash Sanaeeha, 2020), premio a la mejor dirección novel. Esta interesantísima cinta iraní sobre la pena de muerte se sumerge en la culpa de manera palpablemente turbia y oscura. Aún así, el film se apoya en unas formas demasiado solemnes, provocando una artificiosidad en exceso calculada dentro de una historia sin hueco para el optimismo. Por suerte, una serie de decisiones en fuera de campo y de carácter simbólico reconducen una puesta en escena supeditada en exceso al dolor.

Llegamos así a los últimos premios. Dos de las mejores películas del festival, seguramente las más importantes junto a El contador de cartas, consiguieron ser reconocidas con premios que suenan algo lejanos a lo que realmente merecían. Por un lado, la última película de Joachim Trier consiguió el apoyo de la crítica internacional con el premio FIPRESCI. En su aparente ligereza, en su revestimiento casi adorable, La peor persona del mundo (Verdens verste menneske, 2021) consigue retratar a toda una generación perdida de la manera más dolorosa y desarmante. Y como la vida misma, ese dolor también lo convierte Trier en emoción y risas por el camino. Una película en la que el atrevimiento formal de su director -dividida por capítulos, cada uno tiene una apuesta estilística de sorprendente cordura- se junta con un atrevimiento dramático siempre medido en su precisa melancolía. Melancolía y nostalgia sobre la que también camina Compartimento Nº6, la nueva obra del director finlandés Juho Kuosmanen (El día más feliz en la vida de Olli Mäki) que tras triunfar en Cannes conseguía en la SEMINCI el premio a mejor interpretación masculina. Construida sobre la hermosa dinámica de soledad y abandono que los personajes interpretados por Yuriy Borisov y Dinara Drukarova rezuman, este cuento invernal conmueve en un ejercicio de romanticismo reflexivo y sentimental. Mejor cuanto más íntima es, la película pierde, eso sí, algo de fuerza cuando el trayecto en tren en el que se desarrolla gran parte de la trama llega a su fin.

La peor persona del mundo. Revista Mutaciones
La peor persona del mundo

Y de un romanticismo invernal pasamos al amor caluroso del rock and roll postcolonial que propone Robert Guédiguian en su nueva película. Mali Twist (2021) narra la historia de Samba, un joven socialista que se enamora de la enérgica Lara durante una de sus misiones en la selva maliense. Un culebrón que cae simpático en su particular enredo de Romeo y Julieta a ritmo de twist, pero que se pierde en una puesta en escena plana y en una lectura política subrayada con demasiado didactismo en los diálogos. Una enfatización que también presenta el gran punto flaco del festival, la palestina Huda’s Salon (Saloon Huda, 2021). El doble nominado al Oscar Hany Abu-Assad (Paradise Hill, Omar…) patina con su regreso a tierras palestinas en un thriller increíblemente débil y forzado. Utiliza el plano secuencia para imprimir inmediatez, pero su patoso guion se encarga de rebajar credibilidad a la trama. Un superficial discurso donde los clichés y las absurdas decisiones de los personajes se unen a instantes de sátira que nunca logran encajar con el tono pretendidamente tenso de la propuesta.

Quizá por esto, por obras tan débiles como estas, uno consiga encontrar una desbordante ilusión por el devenir del cine en películas tan originales y destacables como Hit the Road (Jadde Khaki, Panah Panahi, 2021) y La chica y la araña (Das Mädchen und die Spinne, Ramon Zürcher, Silvan Zürcher, 2021). A pesar de no obtener ni un mísero reconocimiento por parte del jurado, las estimulantes propuestas de los jóvenes Panahi y Zürcher son, probablemente, las producciones más valiosas de cara a conformar la verdadera labor de un festival de cine. Por un lado, el primogénito del afamado Jafar Panahi crea una peculiar fábula costumbrista de cautivadora mirada y melancólico tono narrativo. Contando la historia de una familia caótica, pero muy tierna, que viaja por los escabrosos paisajes iranís escondiendo un misterio, Panahi construye un universo propio mediante la utilización de un humor delirante y una fascinante armonización del fuera de campo que permite encontrar en lo mágico un doloroso retrato sobre la pérdida.

Hit the Road. Revista Mutaciones
Hit the Road

Sobre el adiós y la despedida versa también La chica y la araña, aunque desde una perspectiva más pequeña e íntima. Con un tono frío y de humor también surrealista (cuyas formas y personajes recuerdan, en ocasiones, a los de Julian Radlmaier), la película de los Zürcher juega a agotarse y revivir constantemente en su particular inventiva. No es redonda, pero al menos consigue un mundo de lirismo y extrañeza al que quieres volver a acercarte una y otra vez para desentrañar sus sentimientos soterrados. Algo que, finalmente, y de manera contundente, es lo que más debemos exigir en el marco de un festival cinematográfico como este: valor y riesgo para trazar los caminos de un cine futuro que no se acomode simplemente a lo correcto.

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