SAN SEBASTIÁN 2018: SECCIÓN OFICIAL

La diversidad como virtud

En la gala de inauguración de la sexagésimo sexta edición del Festival de San Sebastián el propio festival bromeaba con unas dificultades que todos conocemos: “aquí vienen películas maravillosas que no han querido en Cannes ni en Venecia ni en Berlín tampoco”, decía la presentadora Belén Cuesta. Y es que el certamen donostiarra se sitúa a la cola, por lo menos, en lo que al calendario de festivales se refiere. ¿Qué le queda a nuestro festival? Tradicionalmente, poco, pero lo cierto es que sus programadores han logrado año tras año superarse a sí mismos, tornando la desventaja en virtud para dar cabida a películas demasiado divisorias para los demás festivales que, como poco, sorprenden. La 66ª edición -San Sebastián 2018- no ha sido una excepción.

Una vez más, el cine español ha convertido el Zinemaldia en su principal escaparate, al menos en lo que respecta a las grandes producciones de autor, quedando relegado el Festival de Málaga cada vez más a creaciones humildes que terminan olvidadas a la hora de entregar los Goya. De hecho, a la espera de alguna sorpresa de última hora, gran parte de las nominaciones de la Academia pueden augurarse ya. Raro sería que Yuli, de Icíar Bollaín; El reino, de Rodrigo Sorogoyen, y Quién te cantará, de Carlos Vermut, no terminen invadiéndolas, al representar los tres ejemplos del cine español “de prestigio”: respectivamente, un convencional pero redondo biopic, un thriller para todos los públicos y una rareza asequible por su factura y reparto. Curiosamente, es la receptora de la Concha de Oro, Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta, la cinta que menos papeletas tiene de conquistar a los votantes (de hecho, Pasos dobles ya dio a Lacuesta el mismo reconocimiento en 2011 y fue completamente ignorada por los Premios Goya). Sin generar unanimidad, los cuatro films mencionados se cuentan entre los mejor recibidos del certamen, quizá porque, a diferencia de otros muchos, cumplen con sus objetivos, pudiendo sólo echárseles en cara la obviedad de estos.

Concha de Oro – Mejor Película: Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta (España)

Premio Especial del Jurado: Alpha, The Right to Kill, de Brillante Mendoza (Filipinas)

Concha de Plata – Mejor dirección: Benjamín Naishtat, por Rojo (Argentina, Bélgica, Brasil, Alemania, Francia y Suiza)

Concha de Plata – Mejor actriz: Pia Tjelta, por Blind Spot (Noruega)

Concha de Plata – Mejor actor: Dario Grandinetti, por Rojo 

Premio del jurado – Mejor guion (ex aequo): Louis Garrel y Jean-Claude Carrière, por L’Homme Fidèle (Francia); y Paul Laverty, por Yuli (España, Cuba, Reino Unido y Alemania)

Mejor fotografía: Pedro Sotero, por Rojo

Y de España pasamos a Francia, único país que, tanto por cercanía como por potestad, logra igualar al nuestro en representación donostiarra. Cuatro han sido, también, las películas que ha presentado en el certamen, todas ellas de la mano de nombres de prestigio: dos comedias que muchos han infravalorado por tomarse demasiado en serio (El cuaderno negro, intrigante folletín de época de Valeria Sarmiento, y Un hombre fiel, adorable romance a tres bandas con el que Louis Garrel ha seguido los pasos de su padre, Philippe, y se ha alzado con el reconocimiento a mejor guion del certamen junto con su coguionista Jean-Claude Carrière) y dos películas reflexivas protagonizadas por la emblemática Juliette Binoche: High Life, sorprendente adentramiento en la ciencia ficción por parte de Claire Denis, y Vision, poesía visual de la japonesa Naomi Kawase.

Tal es el peso de nuestro vecino del norte en San Sebastián que el resto de Europa suma en total el mismo número de títulos, es decir, cuatro: Austria, con la abucheada historia real del sirviente Angelo, de Markus Schleinzer, que no obstante más de uno reivindica entre lo mejor del festival; Suiza, que ha tenido una suerte parecida con la  nada inocente The Innocent, de Simon Jaquemet, pero sin hallar quien la defienda; Reino Unido, que generó tantos aplausos como alzamientos de cejas con In Fabric del siempre arriesgado Peter Strickland; y, por último, Noruega, que sí ha conquistado a la mayoría con el fascinante plano secuencia en torno al intento de suicidio de una adolescente de Blind Spot, de Tuva Novotny. Curiosamente, es en estas frías naciones donde ha residido el principal riesgo de la Sección Oficial de San Sebastián 2018, como prueba el hecho de que muchos hayan citado estos films entre los mejores del festival, y otros tantos, entre los peores.

Rojo, de Benjamín Naishtat
Rojo, de Benjamín Naishtat

Más allá del viejo continente, cabe destacar la doble presencia de Argentina tanto con la película inaugural -la divertida El amor menos pensado, de Juan Vera, uno de los pocos títulos que pueden tacharse de “pura convencionalidad”, algo que se perdona por tratarse de la obra inaugural-, como con la sorpresa del palmarés (mejor dirección, fotografía y actor, todo un récord-, Rojo, atmosférico y embriagador thriller sobre la Argentina pre-golpe de estado de Videla de los 70 dirigido y guionizado por Benjamín Naishtat. Ahí termina la representación latinoamericana, no habiendo tampoco demasiada presencia del resto de América. EEUU se ha limitado a decepcionar con Beautiful Boy, dudoso planteamiento del dolor de las drogas del belga Felix Van Groeningen, y a ofrecer un rato agradable con la cinta de clausura, Malos tiempos en El Royale, entretenida comedia criminal con más estrellas que toda la Sección Oficial a concurso junta.

Además de la mentada Vision (coproducción entre Japón y Francia), de Asia provinieron tres críticas sociales muy diferentes: la china Baby, sobre los esfuerzos de una joven por salvar a un bebé con la misma enfermedad con que nació ella, la surcoreana Illang: La brigada del lobo, distopía en clave de acción de Kim Jee-woon ambientada en un desesperanzador 2029 que dice mucho del presente, y la filipina ALPHA, The Right To Kill, mirada al mundo de las drogas de Brillante Mendoza que se alzó, contra todo pronóstico, con el Premio Especial del Jurado. Aunque sólo el primer título se engloba dentro del drama social per se, los tres sirven de reflejo de sociedades a las que (como a todas, a fin de cuentas) aún queda mucho por mejorar.

Como se anunciaba al inicio de este texto, la Sección Oficial ha estado plagada de innovación que, sin ser siempre bien recibida, difícilmente puede tacharse de banal. Así, con la excepción de la –para bien y para mal- académica Yuli (inexplicablemente premiada en ex aequo por su guion), sólo las cintas de inauguración y clausura pueden tacharse de convencionales, siendo también las únicas cuyo mero propósito parece ser entretener al espectador. De las demás, dejando de lado Beautiful Boy (que, por cierto, difícilmente dará a Timothée Chalamet el Oscar que muchos piden para él), algo se puede sacar, aun cuando no sea siempre necesariamente positivo.

High Life, de Claire Denis
High Life, de Claire Denis

Sorprende, eso sí, la ausencia del colectivo LGTB+ considerando la variedad de identidades raciales y sexuales presente este año en el mucho más mediático Festival de Toronto, con el que el Zinemaldia suele compartir varios títulos. Sí han proliferado, no obstante, los trabajos protagonizados por mujeres que tratan de mantener la entereza y la fuerza pese a no tenerlas todas consigo: la mentada Juliette Binoche en Vision y High Life; Najwa Nimri y Eva Llorach en Quién te cantará, Lou de Laâge en El cuaderno negro, Judith Hofmann en The Innocent y, sobre todo, Pia Tjelta en Blind Spot, justa receptora de la mejor interpretación femenina).

En relación a esto último, la maternidad ha jugado un papel importante, tal y como ya hizo el año pasado, desde el propio parto (Entre dos aguas, High Life) hasta la pérdida de la propia maternidad, bien porque los hijos ya son mayores (In Fabric, El amor menos pensado), bien porque estos se han convertido en alguien distinto a quien se esperaba (Quién te cantará), bien porque quizá sea demasiado tarde para salvarlos (Blind Spot), bien porque nunca se poseyó la capacidad de tenerlos, mas sí de protegerlos (Baby), bien porque se los está ignorando demasiado (Un hombre fiel). De hecho, la relación entre hijos y progenitores no ha salido del todo bien parada, pues tampoco puede decirse que Yuli y Beautiful Boy alberguen precisamente a los padres del año. El propio amor, sea filo-paternal o romántico, ha estado impregnado de engaño y deslealtad, como muestran El amor menos pensado, Un hombre fiel o El cuaderno negro, siendo irónico y triste que uno de los romances más sinceros y bellos de todos, el retratado en Baby, esté condenado al fracaso por culpa de la discapacidad de quienes se lo profesan.

Un hombre fiel, de Louis Garrel
Un hombre fiel, de Louis Garrel

Algunos de los films recién mencionados pueden englobarse dentro del romance, bien en su comicidad, bien en su faceta más melodramática, pero no puede hablarse de un género predominante. De hecho, en esta Sección Oficial ha habido prácticamente de todo, a destacar el cine “de género” (fantasía y terror), aunque por lo general abordado desde una perspectiva humanista, social y autoral. Véanse la ciencia ficción de High Life, la fantasía de Vision, el thriller de Rojo y El reino o incluso el terror de In Fabric, por no hablar de los monos sin cabeza de la surrealista The Innocent. Bien por el Zinemaldia por tener cabida para obras tan diversas, haya sido por poner fin a los prejuicios en torno al cine más ficticio de todos como por el deseo de hacerse con obras que, de una forma u otra, sorprendan a crítica y público.

Afirmar que se ha tratado de una Sección Oficial extraordinaria (y lo haría sin que me temblara la voz) tal vez sería una sentencia en exceso subjetiva y definitiva, pero sí se puede aseverar que estuvo dominada por la innovación y la sorpresa, donde ni siquiera los tres hándicaps tradicionales del certamen –los compromisos con televisiones (Yuli, El Reino), la imperiosa necesidad de atraer estrellas al certamen (Beautiful Boy, Malos tiempos en El Royale) y la tradición de contar con obras “menores” de realizadores de prestigio (ALPHA, The Right To Kill, Illang: La brigada del lobo)- han perjudicado en exceso a este excelente San Sebastián 2018.

Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta
Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta

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