ROTTERDAM 2020 (II). LABYRINTH OF CINEMA, THE TYGER BURNS

Laberintos y descubrimientos

Segunda parte

 

Laberintos

La presencia española en Rotterdam no se limitó a la excelente película de López Carrasco, de la que hemos hablado en la primera parte de esta crónica, sino que abarcó, en diferentes secciones, a las igualmente grandes incursiones de Oliver Laxe, O que arde (2019), de Eloy Enciso, Longa noite (2019), y de Oskar Alegría, Zumiriki (2019); a la más que meritoria película de archivo Diarios del exilio (Irene Gutiérrez, 2019), y a la hermosa, divertida y a la vez muy cartesiana Una película en color (Bruno Delgado Ramo, 2019).Esta última compartió gloriosa sesión, bien titulada Colour Spaces, con las últimas obras de Simon Liu, Manuela de Laborde, Philipp Fleischmann y Erica Sheu, todos jóvenes artistas que aún optan por los pequeños formatos analógicos para crear imágenes fascinantes, repletas de inventiva y profundidad. A ellas podríamos sumar la producción hispano-alemana Tal día hizo un año (2020) de la joven y muy prometedora realizadora Salka Tiziana, ambientado en Sierra Morena, que hace gala de un notable control tonal reminiscente a la escuela de Schanelec y Helena Wittmann. Todas ellas dibujan un panorama muy diferente no ya al de la “gran” industria, sino al imaginario paisajístico y humano que se asocia tradicionalmente al cine español: habrá futuras ocasión de ahondar en estos particulares.

Tal día hizo un año
Tal día hizo un año (Salka Tiziana, 2020)

Porque, más que ocupar espacio escribiendo sobre las nuevas oleadas de cineastas que se dieron cita en el IFFR, quiero centrarme en la que, sin duda, fue la joya de la corona de la programación de este año. Me refiero al ciclo The Tyger Burns, comisariado por los habituales Gerwin Tamsma y Olaf Möller. Desde su mismo planteamiento, esta antología de cine de estreno, que hallaba su lugar dentro de la macrosección Perspectives, se postulaba como un desafío a la norma no escrita que privilegia el talento joven por encima del ya consolidado en el universo festivalero. Y, como ya sabemos, uno de los fuertes de Rotterdam es su visión fresca y rompedora de la Historia del Cine, del patrimonio fílmico mundial. La visión a la vez enciclopédica y provocadora del inefable Olaf Möller sin duda ha ayudado a crear un ciclo por donde han desfilado las auténticas sorpresas del certamen, al menos a ojos de este espectador. Cineastas con una reputación ya establecida, en Rotterdam u otros lugares, se dieron cita con sus últimas películas, todas rodadas entre 2018 y 2020. Casi todas ellas pruebas de una creatividad incansable y de un amor por el cine fuera de toda medida.

Si excluimos la risible representación española, con la diminuta El sueño de Malinche (2019), del otrora hiperactivo Gonzalo Suárez, y la vergonzante El crack cero (José Luis Garci, 2019) –por cierto: es de traca que la cinefilia patria reivindique ahora, con la excusa de una supuesta recuperación de los modos clásicos, a un señor con escasísima habilidad fílmica y con los lazos por todos conocidos que ha ostentado con el poder político más nauseabundo que ha gobernado Madrid, poder que para más inri le permitió rodar uno de sus más altos cagarros– la muestra constituyó un apasionante recorrido por los talentos más viejos pero menos envejecidos del planeta. Ahí estaba Werner Herzog, que a sus 77 años ha entregado una obra mayor, Family Romance LLC (2019), rodada en Japón. La contundencia de su narración contrasta con una despreocupación por el acabado final que en absoluto perjudica al conjunto, sino que lo potencia aún más –¿y de dónde surge la fuerza películas como Aguirre, la cólera de Dios (1972) sin entender que, en parte, están “mal realizadas”?–. También contrastaba con la cuidadísima carpintería literaria y fílmica desplegada por Arturo Ripstein y Paz Alicia Garciadiego, que con El diablo entre las piernas (2020) entregaban otro de sus barrocos y apasionados relatos de obsesión carnal y descenso a los infiernos. Con esta película queda certificada su capacidad para moverse como peces en el agua en lo así llamado “políticamente incorrecto” con, a más, un apabullante sentido del espectáculo visual –es digna de elogio su facilidad para dominar el arte del plano secuencia. Ahí estaban también francotiradores míticos del cine de autor europeo como el polaco Janusz Majewski, con una límpida reconstrucción de época, Black Mercedes (2018), o el checo Karel Vachek, con su reflexión sociopolítica Communism and the Net or the End of Representative Democracy (2019), con una “liviana” duración de 335 minutos, o el austriaco Michael Pilz con un hermoso film recopilatorio: With Love – Volume One 1987-1996 (2019). Estaban nombres consagrados y bien conocidos por el público, como Costa Gavras, o el japonés Yôji Yamada, que volvía con una nueva entrega de su saga Tora-san (¡la número 50!), la que le dio fama en Japón. Y es precisamente de este país de donde han venido las grandes joyas del ciclo, que es a la vez historia del cine y cartografía del presente: lo último de Kazuo Hara, de Sadao Nakajima y de Nobuhiko Ôbayashi. Reiwa Uprising (2019), un documental de más de cuatro horas, certifica la potencia de Hara, que ya demostró en títulos legendarios como Extreme Private Eros: Love Song 1974 (1974) o The Emperor’s Naked Army Marches On (1987). Aquí sigue la campaña política de un profesor trans por el partido izquierdista nipón Reiwa, poniendo de paso el dedo en la llaga de las contradicciones sociales de su país. Mejor aún es lo último de Sadao Nakajima, amado por los fans del yakuza-eiga gracias a films como Aesthetics of a Bullet (1973) u Okinawa Yakuza War (1976). Con Love’s Twisting Path (2019) dirige un chambara clásico hasta la médula, en el que maravilla el oficio con que está contada una historia que adquiere nuevo aliento gracias a un trabajo de realización por el que cada encuadre se antoja perfecto, incontestable. Aunque en el conjunto no sobre ni falte nada, de hecho no se percibe que la película sea un artefacto vacío: se trata de una arrebatada historia de rebelión y amor de fuerte impacto emocional. En fin, puro género, pura esencia clásica, puro disfrute (¡chúpate esa, Garci!).

Love’s Twisting Path, de Sadao Nakajima (2019)
Love’s Twisting Path (Sadao Nakajima, 2019)

Y hablando de amor, he dejado para el final la película que, desde mi punto de vista, justifica todo el IFFR: Labyrinth of Cinema (2019), magna obra maestra de Nobuhiko Ôbayashi. El legendario creador de Hausu (1977), de The Little Girl Who Conquered Time (1983) o de Hanagatami (2017) prosigue y profundiza en la senda de su seminal trabajo de finales de los setenta: la amalgama perfecta entre cultura popular, pasión por la experimentación y un gusto irrefrenable por el kitsch. La frontera entre lo sublime y lo ridículo, entre lo trascendente y lo patético, queda abolida en el cine de Ôbayashi. Un cine que es, por encima de todo, una declaración de amor: a la Humanidad y al Cine como la más alta manifestación del espíritu humano. El humanismo de Ôbayashi no es, empero, el de directores más clásicos y refrenados como John Ford o Yasujiro Ozu –puntualmente citados en su última película–: es un flujo desaforado de referencias, de efusión, de mezcla no jerárquica de estilos, tonos, géneros. Es el puro exceso, el goce desprejuiciado por la imagen, fija o en movimiento. En esta ocasión, en el que probablemente sea su testamento cinematográfico –según las informaciones que manejo, Ôbayashi, de 82 años, padece un avanzado cáncer de garganta–, el cineasta nos regala una de sus piezas más auto-reflexivas. Tras un prólogo completamente descerebrado ambientado en una suerte de ovni-pecera donde un astronauta nipón en bermudas nos cuenta su propósito de volver a la Tierra –aquí la querencia del director por el uso enloquecido del croma-key y de las sobreimpresiones llega a límites abrumadores–, entramos en la trama (o tramas) principal(es). Un cine de pueblo a punto de cerrar ofrece su última proyección a sus clientes habituales: una sesión especial sobre filmes japoneses de guerra. La ocasión, ideal para rememorar críticamente el violento pasado japonés y para celebrar el cine de género, del chambara al melodrama pasando por el musical, permite a alguno de los espectadores del pequeño cine –una niña, un joven cinéfilo, un yakuza… todos dibujados con descarada estereotipia– interactuar con la pantalla e inmiscuirse en los hechos que se narran. La disolución entre Cine y Vida que pretende Ôbayashi sirve para reforzar su creencia en el poder del primero como sanador de conflictos, como procurador de felicidad y como ungüento contra las heridas de la Historia. Tras las tres horas de duración de este espectáculo, servidor solo pudo rendirse ante la emoción que, tras la excesiva apariencia del filme, se traslucía de este “laberinto de cine”: la emoción de un cineasta que, en sus últimos esfuerzos creativos, se vuelca en un insistente y apasionado mensaje de amor incondicional, a sus antepasados y a las imágenes que los evocan. Imágenes que trascienden su naturaleza de surrealismo kitsch para alcanzar un extraordinario poderío, como atestigua todo el tramo final, que gira en torno a la bomba atómica de Hiroshima y al cierre del cine –y de la entera película. A Ôbayashi no le importa perderse en su laberinto, ni tiene miedo a resultar ingenuo o ridículo: he ahí su grandeza. Su película es una invitación al espectador a perderse con él, a emocionarse con sus imágenes manifiestamente artificiales y a creer en el poder del Cine. Quizás sea inocuo entrar en su juego, pero como espectador, no conozco un disfrute y una bendición mayores. Solo por Labyrinth of Cinema, repito, un festival como Rotterdam merece figurar entre las citas cinéfilas más importantes del año.

Labyrinth of Cinema
Labyrinth of Cinema (Nobuhiko Ôbayashi, 2019)

Coda

Podría hablar de otras grandes películas vistas en IFFR 2020. Sería obligatorio citar cierto cine brasileño que, casi en paralelo a creadores como Nobuhiko Ôbayashi, proponen una poética del exceso y la locura. Ahí estaban el tremendo cortometraje de Ivan Cardoso Corman’s Eyedrops Got Me Too Crazy (2019), homenaje desbocado a la serie B estadounidense visto también en la retrospectiva Tyger Burns, o a lo nuevo de Felipe Bragança, Um animal amarelo (2019), programado en la competición de Voices –otra de las grandes secciones del festival–, que no obstante no me parece que tenga el mordiente de su anterior Bring Me the Head of Carmen M. (2018).

Podría hablar, asimismo, de algunos grandes nombres que se han paseado por el festival, como Pedro Costa, que mostró su laureado filme Vitalina Varela (2019) y dio una polémica masterclass. También el gran triunfador Bong Joon-ho dio una concurrida conferencia antes de presentar su versión en blanco y negro de Parasites (2019). Se echó de menos, por otra parte, la presencia de nombres fundamentales del cine asiático como Lav Diaz, cuya magnífica The Halt (2019) también figuraba en la programación. También sería de recibo hablar sobre el ciclo de cine hongkonés que, con motivo de las protestas que ahogan la ciudad desde hace varios meses, relata desde diversos puntos de vista la historia de la ciudad y la lucha de sus habitantes por mantener sus derechos ante el avance de la administración del PCCh: allí se pudieron ver grandes películas poco reivindicadas como Ordinary Heroes (Ann Hui, 1999), que daba título a la retrospectiva, o la más reciente If We Burn (James Leong, Lynn Lee, 2020).

Ordinary Heroes
Ordinary Heroes (Ann Hui, 1999)

Sin embargo, preferiría esta vez quedarme con dos grandes joyas que son las que hacen que este festival haya merecido la pena y se haya transformado en pura alegría. El año del descubrimiento y Labyrinth of Cinema quizá no figuren en las agendas de distribuidores, agentes de ventas glamurosos o cinéfilos chic, pero a fe que representan, al menos para quien esto escribe, dos formas importantes en que el cine contemporáneo demuestra su vitalidad, su energía, sus ganas de combatir, su mirada crítica al pasado y su desafiante perspectiva sobre el futuro.

Retomo algunas de las elucubraciones del inicio y recojo las palabras sabias de Jaime Pena sobre la programación de cine: “Nadie programa exactamente lo que quiere. Se programa lo que se quiere de lo que se puede. Cuantos más medios, más catálogo, más recursos, más fácil es programar; el resultado también debería ser mucho mejor.” Con esa premisa en mente, alabemos a Rotterdam, que no es ni pretende ser el escaparate berlinés, el mercado veneciano ni la locura cannois, pero que busca mantenerse fiel a una idea de cine arriesgado, siempre presto al experimento pero también al placer cinéfilo más inocente. Que así sea por muchos años.

 

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