Rotterdam 2019

FESTIVAL DE ROTTERDAM – BRIGHT FUTURE (I)

Futuros inciertos

Escribía en una crónica anterior sobre el IFFR que las infinitas posibilidades y caminos que ofrece la programación del gran festival neerlandés suponen todo un reto para el cinéfilo, un acicate para que fuerce su “creatividad espectatorial” a la hora de elegir rutas, de trazarse itinerarios que si bien no pueden ser completos, sí posean interés y capacidad evocativa. Sin embargo, para el propio festival esto quizás conlleve una cierta confusión en su oferta, que vista en su conjunto puede dar la impresión de situarse en una tierra de nadie cinematográfica, de ser un cajón de sastre en que cabe todo, en cuanto a sensibilidades (bien) y, ay, en cuanto a calidades.

El ariete del IFFR, la macro-sección que le da su identidad, es Bright Future. Lejos de concebirse como un pequeño receptáculo para unos cuantos platos fuertes, alberga nada menos que seis sub-secciones de desigual ambición e interés, incluida una, “sound // vision”, concebida como espacio para performances en vivo en las que la relación, siempre asincrónica y a contracorriente, entre lo visual y lo sonoro ocupasen un lugar de excepción (allí se dieron cita artistas como el español Luis Macías, Rutger Zuydervelt y Joost Rekveld).

Present.Perfect.
Present.Perfect.

La primera y probablemente más “mediatizable” es, claro, la Tiger Competition, que por supuesto otorga el máximo galardón del certamen a sus ocho películas competidoras. Sorprende, sin embargo, el escaso vuelo que mostró la selección de este año, máxime si se la ponía en comparación con otras actividades o sesiones de supuestamente menor fuste (y, por supuesto, menor cobertura mediática). La película ganadora, Present.Perfect (Shu Shengze, 2019), es una apreciable muestra de inventiva por parte de su joven realizadora, que aquí ensambla diferentes muestras de vlogs y canales de YouTube con que algunos ciudadanos chinos anónimos pueblan la red. El seguimiento a unas pocas vidas, siempre misérrimas, marginales y extravagantes (un enano, un niño pobre, una empleada textil, un peculiar bailarín), levanta un nuevo testimonio sobre las escaras que el salvaje turbo-capitalismo chino marca en el cuerpo social del país. La interacción con las nuevas tecnologías es el plato fuerte de esta apuesta que, en el fondo, no ofrece en su relato nada diferente a otras muestras sobre la contemporaneidad del gigante asiático: la insistencia en la miseria y en la falta de horizontes de los individuos protagonistas (que aquí retransmiten sobre sí mismos sin más mediación externa que sus cámaras y su conexión Wi-Fi) solo refuerza el mensaje ya consabido sobre la otra cara del milagro económico chino, que otros cineastas como Lou Ye o Jia Zhang-ke ya han explorado y a los que la audiencia festivalera occidental está de sobra acostumbrada. El único rasgo que podía elevar un poco más la película, el toque esporádico de humor bizarro y grotesco que apunta hacia un catálogo “torrentiano” para el extremo oriente, no está suficientemente explotado, con lo que se favorece la usual denuncia socio-política, siempre necesaria, pero ya muy machacada.

A pesar de todo, como digo, la película mantiene el interés y era la única que merecía optar al felino galardón, ya que el resto de competidoras de la sección no ofrecieron mayores motivos para el alborozo. La nueva entrega de Carlos Marques-Marcet, Els dies que vindran (2019) no cumplía con las expectativas, y nos deja con la incógnita de cómo un festival de programación tan exigente en algunas de sus vertientes no duda en encajar en su parrilla las sucesivas muestras de un cineasta que no parece volver al buen nivel de su ópera prima. Tampoco resultó muy halagüeño el nuevo largometraje de Camila José Donoso, que con Casa Roshell (2017) había entregado un potente y sensible estudio sobre el travestismo y el orgullo de la diferencia. La mezcla de ficción y realidad de Nona. Si se mojan yo los quemo (2019) no termina de fraguar, lo que provoca el distanciamiento (no previsto) del espectador, o al menos de este espectador y supuesto cronista.

Black Bus Stop
Black Bus Stop

Más atrayente resultó una de las dos competiciones de cortometrajes, Ammodo Tiger Short Competition. A lo largo de sus seis variopintas sesiones, pudimos asistir a algunas (pequeñas) joyas del festival. Black Bus Stop (2019) fue la primera de ellas, el nuevo trabajo de Kevin Jerome Everson, filmado al alimón con Claudrena N. Harold. Everson (una de las figuras insoslayables en el actual panorama del “black cinema” en EE.UU.), entrega un potentísimo manifiesto de orgullo social y racial a partir de la sugestión de un solo escenario: una parada de autobús en los aledaños de la Universidad de Virginia (Charlottesville), donde los estudiantes negros se reunían en los años ochenta y noventa para relacionarse, manifestarse o reivindicarse. Una serie de performances, desde rap hasta baile grupal, se suceden ante la cámara, mostrando la pujanza y picardía, libertad y valentía con que una nueva generación de hermanas y hermanos negros se enfrenta a las cortapisas del actual contexto de los USA (recordemos los recientes y polémicos hechos de Charlottesville). Fue una pena que esta cima se proyectase junto a otras muestras que, si bien cumplían con un cierto ideal de “corto de festival”, no se hallaban a la misma altura, ni de planteamiento ni en cuanto a resultados estético-formales. Fue el caso de The Sasha (María Molina Peiró, 2019), pieza de producción holandesa que arma una interesante premisa donde metraje encontrado y elucubración histórica se dan de la mano, pero que no alcanza las cotas de ambición estética de sus compañeras de programa (también compartía lugar con la reivindicable Anteu [João Vladimiro, 2018]).

altiplano
Altiplano

Otra obra reseñable fue el nuevo trabajo de la artista estadounidense Sara Cwynar, anterior ganadora del Tiger Short Award por Rose Gold (2017): Red Film (2018). A través de su peculiar y colorido estilo, que como reza el título del corto, esta vez gira alrededor de los tonos rojos, Cwynar enarbola una diatriba contra el mundo de la moda y los cosméticos, así como contra las dependencias y sumisiones de las que nos hacen partícipes. Las subyugantes imágenes, que en cierta manera remarcan la ambigüedad con que recibimos los incitantes reclamos de la cosmética y la alta costura (con desconfianza y a la vez fascinación), se ven contrapunteadas por un flujo constante de discursos y teorizaciones provenientes de reputados pensadores y filósofos, desde Susan Sontag a Derrida o Baudrillard. En esta línea experimental pudo verse una de las piedras de toque de la sub-sección: ALTIPLANO (Malena Szlam, 2018), cortometraje de apasionante rigor plástico que juega con constantes superposiciones para ensayar un psicodélico acercamiento paisajístico a las planicies andinas. El imponente resultado estético de esta pieza, entre lo más logrado del actual panorama del cine experimental, certifica la trayectoria de su autora, la chilena Malena Szlam, como una de las más sobresalientes de esta última década. Junto a esta muestra maestra, brilló también Nehemías (Daniel Jacoby, 2019), una desconcertante y también muy pictórica producción llevada a cabo entre Holanda y Perú.

The Glamorous Boys of Tang
The Glamorous Boys of Tang

Aunque sus trabajos se esperaban con ansia entre las camadas críticas, las recientes entregas de Mike Hoolboom y Su Hui-yu no terminaron de cumplir las expectativas (al menos las mías). Aunque, para ser sinceros, el caso de Hoolboom siempre ha supuesto, para el que esto escribe, un claro hype festivalero: su cine, muchas veces sustentado en propuestas teóricas bien sólidas (lo cual se refleja en los apasionantes textos over que las verbalizan) no halla una correspondencia fluida entre estas y las imágenes que las “ilustran”. We Make Couples (2016), uno de sus filmes más encumbrados, me resulta el perfecto ejemplo de un cine que agradecería más verlo impreso negro sobre blanco que proyectado en una pantalla (blanca). La película que estrenó en la sección Ammodo, 27 Thoughts About my Father (2018), alberga un fuerte poso de emoción achacable al tema tratado, la figura del padre recientemente fallecido, y de nuevo ofrece un texto over de prístina escritura, pero otra vez la apuesta visual naufraga en una mezcla caprichosa e hiperactiva entre imágenes en vídeo, retocadas digitalmente y fragmentos analógicos. Desde una perspectiva bien distinta, el videoartista de origen taiwanés Su Hui-yu presentaba con The Glamorous Boys of Tang (2018) otra inmersión en sus habituales obsesiones, véanse la sexualidad y la lubricidad de los cuerpos, la mezcla entre realidad y fantasía y la fascinación por la violencia. Sin embargo, su peculiar “reconstrucción” de unas secuencias no filmadas del filme de culto taiwanés Tang Chao qi li nan (Kang Chien Chiu, 1985), a pesar de su muy llamativo, hasta sexy, envoltorio formal, no acaba por configurar una obra mayor, debido justamente a la insistencia en los mismos mecanismos formales: cámara lenta, alternancia entre planos fijos y travellings que parecen captar un tableaux vivant profílmico, acompañamiento musical minimalista y de texturas tradicionales, todo enfatizado una y otra vez. De manera parecida al «caso Mike Hoolboom», prefería, frente al propio tejido visual y sonoro del film, la premisa y el pretexto que lo hacían posible (aquí los restos no filmados de un guion, seguramente bloqueado por las restricciones que la Ley Marcial taiwanesa impuso hasta los años ochenta).

A pesar de estas relativas decepciones, la Tiger Short Competition aún tenía otros triunfos por mostrar. Porque solo de rotundo triunfo se puede etiquetar E-Ticket (2019) de Simon Liu, demostración del barroco manejo del artista de origen hong-konés sobre materiales fotográficos y fílmicos. La frenética exploración en la memoria, las nuevas tecnologías del transporte y en las idiosincrasias de las grandes urbes (Hong-Kong, Londres…) alcanza en E-Ticket cotas de virtuosismo admirables incluso para los que estamos (un poco) acostumbrados al cine de Simon Liu.

E-Ticket
E-Ticket

Por otra parte, las piezas ganadoras de la sección tampoco desmerecían el buen nivel. Wong Ping’s Fables 1 (Wong Ping, 2018), Ultramarine (Vincent Meessen, 2019) y Freedom of Movement (Nina Fischer y Maroan el Sani, 2018), sobre todo esta última, ofrecían un expresivo testimonio del interés del jurado en premiar filmes que favorezcan una mirada políticamente comprometida con el mundo contemporáneo a la vez que privilegien nuevas aproximaciones estéticas. Sin embargo, y como ya colegirán las sagaces mentes lectoras, no es en la lista de premios donde se encuentra lo más granado del festival de cine de Rotterdam…

Un comentario en «FESTIVAL DE ROTTERDAM – BRIGHT FUTURE (I)»

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