RIFKIN’S FESTIVAL

Carta al rey mago de Nueva York

Para cualquier niño, escribir la carta a los Reyes Magos es uno de los momentos más felices del año. Un teaser trailer del esperado día 6 de enero. Un momento de hacer repaso y una oportunidad de soñar con esos regalos que uno ansía tanto. Cuando yo tenía unos 7 u 8 años, recuerdo que cambié por completo mi estrategia para realizar esta carta. ¿Qué sentido tenía pedir cosas que se podían comprar en El Corte Inglés de al lado de casa? Si de verdad eran magos, ¿no se podía aspirar a algo más? En un afán menos materialista y más fantasioso, e imbuido completamente de una fascinación por el cine que ya empezaba a hacer mella, decidí pedir tres regalos; El mando que usaba Adam Sandler en Click (Frank Coraci, 2006), las zapatillas Nike ―en su versión futbolística, por supuesto― de Una pandilla de altura (Like Mike, John Schultz, 2002)  y, por si acaso mis sospechas en torno a la magia se confirmaban, algo más corriente pero no menos importante para mí, la heladera de Famoplay

Rifkins Festival

Pasados unos años descubrí que mi razonamiento, aunque quizá algo ingenuo, no tenía por qué ser del todo irracional. Al final era buscar la lógica dentro del disparate, un vacío legal en una celebración que invitaba a la imaginación. Y a esta conclusión llegué, como había llegado a la idea inicial, a través del cine. Comencé a ver películas fantasiosas en las que se podía viajar cada noche a través del tiempo hasta la París de los años veinte o en las que los personajes de ficción saltaban de la pantalla para interactuar con el mundo “real”. También había películas absurdas en las que un pacifista convencido se podía convertir en héroe de guerra o una familia podía amasar una fortuna con galletas que formaban parte de una tapadera para robar un banco. Todas ellas ingeniosas, originales, nostálgicas, lo suficientemente profundas para no quedarse en un chiste y lo suficientemente irónicas para no caer en un exceso de dramatismo. 

La última película del hombre que estaba detrás de aquellos filmes, Woody Allen, trata precisamente sobre esos sueños en vano, que viven únicamente en la mente y no son más que fantasías irrealizables. En Rifkin’s Festival, Mort (Wallace Shawn) es un hombre de avanzada edad al que la vida ya no le puede dar nada de lo que desea. Ni siquiera él, antiguo maestro y apasionado del cine, encuentra en la visita a uno de los festivales de cine más importantes del mundo ―el de San Sebastián― un gran aliciente a su monótona existencia. Al contrario, hace todo lo posible por evitar cualquier proyección mientras su mujer Sue (Gina Gershon) pasa los días en el festival acompañando a un joven y pretencioso cineasta (Louis Garrel). Resulta toda una paradoja que el excéntrico y neurótico Mort, otra versión más del propio Woody Allen que tanto hemos visto en otras películas, quiera usar la vida ―sus paseos por la tierra donostiarra y sus encuentros con el personaje de Elena Anaya― como una forma de evadirse del cine, el monstruo que realmente lo atormentará. Lo irónico de todo esto es que hay un lugar intermedio entre el cine y la vida donde uno no puede evadirse, los sueños.

Rifkin's Festival

Allen recurre a los sueños, y a las películas que le hicieron soñar, para articular Rifkin’s Festival en torno a los deseos y temores de Mort (y los suyos propios): los traumas de la infancia (Ciudadano Kane), el amor libre e idealizado (Al final de la escapada, Jules y Jim) o la muerte (El séptimo sello), entre otros. Los homenajes y demás guiños cinéfilos siempre han sido un sello en el cine de Allen, a veces demasiado encerrado en su propia nostalgia, pero aquí pasan de complemento a sujeto con un resultado algo desigual. En primera instancia es regocijador, porque el medio es familiar a cualquier cinéfilo, pero en su forma se convierte en desazón por lo forzado, repetitivo y peligrosamente condescendiente con el espectador. Como su protagonista, Allen se refugia en los filmes de siempre pero con mayor torpeza de lo habitual, con más ingenuidad nostálgica que lúcida ironía. No solo demuestra su triste indiferencia ante el cine contemporáneo ―remarcado en cada una de las escenas del personaje de Garrel―, sino una pérdida de la elegancia que lo caracterizaba para traer del pasado esos mitos a los que tanto se aferra. 

Uno es consciente de que el cineasta neoyorkino acumula más edad (y problemas extracinematográficos) cada año que pasa. Pero pocos “reyes” pueden permitirse ya regalar una película cada temporada. En la última década, todavía ha dejado muestras de su magia (Midnight in Paris, Blue Jasmine, Café Society) aunque poco a poco esta parece irse apagando. No sé si Rifkin’s Festival será un “Allen menor”, pero desde luego tampoco será de sus obras más recordadas. Sería ingenuo pensar que aún le queda una Annie Hall o La Rosa púrpura del Cairo en el saco a sus casi 85 años. Pero, a decir verdad, también es ingenuo seguir soñando con la heladera Famoplay a mi edad y no hay 6 de enero que pase en el que no piense en ella.


Rifkin’s Festival (Estados Unidos, 2020)

Dirección: Woody Allen / Guion: Woody Allen / Producción: Mediapro, Gravier Productions / Fotografía: Vittorio Storaro / Música: Stephane Wrembel / Diseño de producción: Alain Bainée / Montaje: Alisa Lepselter / Reparto: Wallace Shawn, Elena Anaya, Gina Gershon, Louis Garrel.

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