REINA DE CORAZONES

El pecado de la sensualidad tras la apariencia del puritanismo

Reina de corazones- Revista Mutaciones

“Tienes que aprender a controlarte”, le reprochan en dos ocasiones distintas a la protagonista del film, una en el ámbito laboral y otra en la esfera privada familiar. La pérdida de control y sus consecuencias se sitúan, de este modo, en el centro de este drama de tintes ibseanos, donde la directora danesa May El-Toukhy parece recoger el gusto del dramaturgo nórdico por los personajes que se dividen entre el sensualismo y la austeridad, entre el goce ilimitado de los placeres de la vida y la integridad moral.

La cinta arranca mostrando la aparentemente idílica vida familiar de Anne (extraordinaria Trine Dyrholm), una exitosa abogada especializada en niños y adolescentes, si bien hay aquí ya una suerte de presagio que anticipa la estructura de tragedia que encierra el film –la entrevista con la joven que presenta cargos por abuso sexual-, y que recobra pleno sentido en el tramo final de la película, cuando desde su posición de abogada se sitúa en el lugar del verdugo.

La repentina llegada del hijo adolescente de un anterior matrimonio del marido marca el inicio de un segundo tercio donde se dan cita el sensualismo y el erotismo: sentimientos panteístas parecen adueñarse de Anne, en una suerte de unión de su alma con la naturaleza circundante que conforman el lago y el bosque que rodean la casa familiar. Aquí se produce la pérdida total de control que sufre aquella; se vuelve imprudente y confiada, dominada por una especie de exaltación dionisíaca, donde no hay espacio para la razón –la escena del baile y el vino delante de los invitados es la que mejor resume ese estado de arrebatamiento que sufre Anne, en oposición a su faceta inicial como madre, esposa y profesional comprometida socialmente–. Esa ausencia de todo raciocinio tendrá como consecuencia siniestra la falta de sitio para el hijo en la casa finalmente.

 

Reina de corazones -revista mutaciones

El drama se desencadena en el último tercio, cuando la protagonista ha de asumir la responsabilidad de sus actos. Sin apenas transición, aparecen en escena de modo abrupto la mezquindad de la condición humana, la negación del relato verdadero, la hipocresía y las falsas apariencias. La postura pública de Anne como defensora de las víctimas muta en privado hacia la posición del victimario, dejando al descubierto la fragilidad de los propios principios –resulta escalofriante el instinto de supervivencia que aflora tras la frialdad de Anne–. La idea inicial de austeridad, del cumplimiento rígido de las normas, emerge nuevamente como recordatorio de la necesidad de controlar los propios impulsos en el marco de la sociedad civilizada. Pero es en su desenlace final donde el film da un paso más allá, mostrando las consecuencias traumáticas que la ruindad de la conducta lleva aparejadas para la víctima, y que encuentran su traducción más gráfica en el oscuro retrato familiar que recoge la escena final durante su fúnebre recorrido. En la era del #Me Too, Reina de corazones se perfila como un film a contracorriente, donde el abuso de poder es patrimonio indistinto tanto de hombres como de mujeres.


Reina de corazones (Dronningen, Dinamarca, 2019)

Dirección: May el-Toukhy/ Guion: Maren Louise Käehne, May el-Toukhy/ Producción: Coproducción Dinamarca-Suecia; Nordisk Film / Det Danske Filminstitut / Radio (DR) / SVT / Svenska Filminstitutet / Música: Jon Ekstrand / Montaje:  Rasmus Stensgaard Madsen/ Fotografía: Jasper Spanning / Reparto: Trine Dyrholm, Gustav Lindh, Magnus Kreppe, Liv Esmår Dannemann, Silja Esmår Dannemann.

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