RECUERDOS DESDE FUKUSHIMA

Memoria colectiva, recuerdos personales

Hace ya más de seis años del accidente nuclear ocurrido en la ciudad de Fukushima, el más grave de la historia tras el de Chernobyl. El 11 de marzo de 2011, un terremoto y su correspondiente maremoto, localizados en Japón oriental, desencadenaron una serie de incidentes en la central nuclear de esta ciudad que se tradujeron en la fuga de radiación al exterior. Este desastre ha sido fuente de inspiración para infinidad de creadores que con su arte buscan denunciar, reivindicar, sensibilizar, empatizar o, en el peor de los casos (y menor, pero también existente), lucrarse a costa del sufrimiento ajeno, que eso siempre vende mucho. El último de estos vástagos artísticos de la catástrofe –de los honestos–, es la película Recuerdos desde Fukushima (Grüße aus Fukushima), escrita y dirigida por la siempre reflexiva y concienciada cineasta alemana Doris Dörrie.

Recuerdos desde Fukushima

Teniendo este acontecimiento como premisa argumental, no habría sido en absoluto difícil caer en el drama fácil, en el uso descarado de la tragedia acontecida para recrearse y abusar de la sensibilidad del espectador con más efectismo morboso que destreza. En este aspecto, los primeros compases del film pueden inducir a error: algunas imágenes escalofriantes de la situación que se vive en la región japonesa impactan cual explosión nuclear en la retina del espectador, y estas son aprovechadas para lanzar el correspondiente grito de protesta por un asunto en el que se está tratando a la población como auténticos necios –adjetivo que en ciertos contextos puede actuar como sinónimo de “payaso”-, haciéndoles creer que llenando millones de sacos de tierra contaminada se irá la radiación de sus pueblos y casas. Es la inteligencia de Dörrie la que le hace virar la mirada, consciente de que el impacto ya está generado y de que subrayarlo no haría sino mitigar la fuerza de tan poderosas imágenes. La tragedia pierde entonces su evidencia, pero jamás su presencia. Ahí radica la maestría de esta pieza: tanto la articulación argumental como la formal son consecuencia de la catástrofe acaecida hace seis años, pero no funcionan como altavoz de la misma, simplemente existen gracias a ella y es en su sutil relación con la misma que cobran su sentido más profundo y desgarrador. De este modo, el acercamiento tan pormenorizado a las tradiciones niponas que se lleva a cabo en la película resulta absolutamente coherente y muy acertado al entroncar con un tema latente pero no patente: todo lo que las personas de Fukushima se ven obligadas a dejar atrás por culpa de la situación. Las normas de educación más ancestrales deben seguir intactas, las canciones de las geishas no deben caer en el olvido, al igual que las recetas de cocina típicas y las técnicas tradicionales de cuidado de la casa… Hay que hacer frente a los fantasmas del pasado en lugar de tratar de olvidarlos, ya que en ellos residen nuestras raíces. Pero claro, todo esto puede resultar más difícil que atrapar el aire con bolsas de plástico.

Recuerdos de Fukushima - Doris Dörrie

Saber que la naturaleza ahora es enemiga es un golpe muy duro: ese aire que acaricia la cara de la señora Satomi es fresco, sí, pero también asesino, aunque eso no podamos percibirlo con nuestros sentidos. El amor también se parece en esto a la radiación: a pesar de ser invisible, estar expuesto a él nos afecta irremediablemente y de forma constante, ya sea para bien o para mal. Metáforas como esta se suceden a lo largo del metraje, tanto visualmente como a través de palabras; de hecho, se llevan a cabo ciertas incursiones filosóficas literales que, realmente, no aportan demasiado al bien construido y autónomo mecanismo sentimental del film, orquestado magistralmente por la relación entre el tándem protagonista (la joven alemana Rosalie Thomas y la anciana japonesa Kaori Momoi). Apoyada en una ternura maternofilial, pero sin perder la severidad que todo maestro debe tener para hacerse respetar, esta relación pigmaliónica goza de una naturalidad y una modestia que resaltan la humanidad de toda la obra y funcionan como catalizador principal del mensaje último: a lo único que hay que temer es a dejar de temer, es decir, a dejar de sentir. Hay que llorar, extrañar, asustarse y sufrir para poder reír, reencontrar, animarse y ser feliz. Una vez más, las formas no dejan huérfano al fondo, ya que la directora deja claro en su trabajo que sin tragedia no habría comedia (aunque, a veces, tenga que ser ácida), y que sin el pesimismo al que sucumben irremediablemente algunos momentos de la cinta, sería imposible ese remanente vitalista y de superación que nos deja.


Recuerdos desde Fukushima (Grüße aus Fukushima, Alemania, 2016)

Dirección: Doris Dörrie / Guion: Doris Dörrie / Producción: Benjamin Herrmann, Harry Krueger, Harry Kuegler y Molly von Fürstenberg para Olga Films, ARTE, Constantin Film, Majestic Filmproduktion, Rolize GmbH & Co. y ZDF/ Música: Ulrike Haage / Montaje: Frank J. Müller / Fotografía: Haano Lentz / Reparto: Rosalie Thomass, Kaori Momoi, Naomi Kamata, Kurumi Aizawa, Moshe Cohen, Honsho Hasayaka

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