QUIEN A HIERRO MATA

El efectismo como manual de estilo

En una secuencia del primer acto del filme, Mario -el personaje interpretado por Luis Tosar- le dice a su esposa en la ficción “creemos que lo controlamos todo, pero al final solo somos líquidos y fluidos”. Una máxima y resumen verbal de aquello que nos encontraremos en los 107 minutos de duración de Quien a hierro mata, el nuevo trabajo del director Paco Plaza. Un primer acercamiento al thriller con toques noir, tras convertirse en maestro y experto del cine de terror, tanto junto a Jaume Balagueró en las dos primeras entregas de la saga REC como en sus trabajos en solitario: Romasanta (2004), REC 3: Génesis (2012) o su trabajo más reciente y más conseguido, Verónica (2017). No es casual por tanto que Paco Plaza se recree, en este thriller de venganza, en las vísceras y purulencias fruto de la violencia, las adicciones, o la decadencia de la vejez. Todas ellas representadas en primerísimo primer plano, al igual que los rostros que los observan desde el contraplano, representación de la decadencia interior, de las consecuencias que la venganza tiene en la conciencia. Y es en ese conflicto donde se encuentra el tema principal y más interesante de la cinta: una relación simbiótica y especular entre Mario, un enfermero de pasado desconocido, y Antonio Padín, narcotraficante en decadencia que va a pasar sus últimos días en la residencia en la que trabaja Mario y que presumiblemente definió la vida de este último en el pasado.

Un ejercicio en apariencia interesante acerca del legado de la venganza, la violencia y la muerte, intrínsecamente relacionado con su opuesto directo, la vida, el amor y el perdón -y que tan bien queda representado en ese plano final con el que se cierra la cinta- pero al que su bipolaridad en las formas y, sobre todo, en sus salidas de tono y su sobreestilización, acaban perjudicando al resultado final de la obra. Algo que no sucedía en el anterior trabajo de Plaza, Verónica, donde conseguía equilibrar los códigos estilísticos y formales del terror paranormal (en su vertiente de posesiones demoníacas), con el relato acerca del tormento mental de una adolescente en proceso de crecimiento, aportándole a la obra unas connotaciones que iban mucho más allá de la típica película de género.

En cambio, el ejercicio que propone Plaza en esta ocasión deriva hacia el otro extremo. Arranca como un relato cercano al realismo, a la aproximación observacional de los orígenes del rencor y la venganza, partiendo de una puesta en escena parca y tradicional, para ir convirtiéndose lentamente en un ejercicio de estilo efectista, perjudicado por un exceso de subtramas que acaban derivando un relato en apariencia contenido, en una caída a los peores estereotipos provenientes de los géneros, a partir de un guion donde los golpes de efecto son la norma y la credibilidad se resiente constantemente, llegando casi a los excesos del torture porn. Algo que por otra parte no sería un defecto, si esa fuera la intencionalidad última del director. Pero a lo largo del filme, la puesta en escena de Plaza se contradice constantemente: podemos encontrar desde la atmósfera de Carretera perdida (1997) de David Lynch -el plano de Tosar rodeado de rojo carmesí- con situaciones salidas de la peor versión de un serial como Narcos o Breaking Bad -todas y cada una de las secuencias en la prisión- o secuencias que buscan la irreverencia autoconsciente y desmitificadora de Alex de la Iglesia o Quentin Tarantino, pero que aquí chocan frontalmente con las supuestas intenciones de la obra en sus primeros compases. Algo a lo que no ayuda un libreto tan funcional como estereotipado y tramposo -los hijos del narcotraficante no pueden estar más over the top y peor definidos- o unas decisiones de puesta en escena repletas de piruetas visuales y formales -los flashbacks del personaje de Luis Tosar acercan el relato a ese terror de diseño propio de los años 90- que subrayan en exceso el discurso de un trabajo que destaca en momentos puntuales por las habilidades estilísticas y atmosféricas de Plaza, pero que debido a su indefinición tonal, a los lugares comunes de un discurso que pretende ofrecer una obra repleta de zonas grises pero acaba cayendo en los lugares comunes y a una narración basada en los golpes de efecto sin nada que lo sustente en el fondo, acaba dando como resultado una obra tan pretenciosa como finalmente fallida.


Quien a hierro mata (España, 2019)

Dirección: Paco Plaza / Guion: Juan Galiñanes, Jorge Guerricaechevarría / Producción: Mercedes Gamero, Mikel Lejarza, Emma Lustres, Borja Pena / Montaje: David Gallart / Fotografía: Pablo Rosso / Dirección artística: Javier Alvariño / Reparto: Luis Tosar, María Vázquez, Ismael Martínez, Xan Cejudo, Enric Auquer.

2 comentarios en «QUIEN A HIERRO MATA»

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