‘PULP FICTION’ REVISITADA

El camino del hombre recto

Pulp Fiction, el pósterEn la habitación que ocupé en mi adolescencia en casa de mi madre aún sigue colgado el poster de Pulp Fiction, ahora polvoriento, lleno de roturas y reparaciones con celo y chinchetas. Muchas veces he pensado en quitarlo, tirarlo y ventilar mi presencia definitivamente pero nunca me decidí a hacerlo. Veía el poster y me avergonzaba por mi ingenuidad condescendientemente. Ahora lo cambiaría por un poster de Ozu, de Kaurismaki, de alguien que no sea tan terriblemente popular que se haya convertido en cliché de juventud tener un poster suyo sobre la cama. Durante años estuve obsesionado por Tarantino y, dentro de la burbuja del instituto me consideraba su fan número uno en el mundo. Durante años me obligaba sin esfuerzo a ver Pulp Fiction mínimo una vez al mes, me sabía los diálogos de Reservoir Dogs de carrerilla, me vi las sesiones dobles de Kill Bill varias veces, superé mi timidez para colarme en el pase de prensa de Death Proof y conté los días para el estreno de Malditos Bastardos que me decepcionó tanto que rompió mi corazón de fan y me volví en contra de mi ídolo. Me sentía traicionado en lo más personal. Los siguientes años conocí cineastas y películas que cambiaron mi vida y Tarantino y Pulp Fiction abandonaron mi lista de intocables. Cuando alguien mostraba pasión por Tarantino, yo chistaba afectadamente. Cuando alguien aprobaba el giro en su carrera que supuso Malditos Bastardos, mi sangre hervía.

Con el tiempo comprendo que en algún momento todos rompemos con nuestros ídolos de adolescencia, quizás de forma dolorosa. Entonces creía que nunca superaría el dolor, y cada vez que oía el nombre de Tarantino sentía vergüenza u odio. Más tarde lo asimilé, conseguí continuar mi vida diaria y abrirme a las virtudes de la tolerancia y el relativismo de las cosas.

Durante los últimos meses un poco de mi tiempo libre frente al ordenador ha sido conquistado por la web de Charlie Rose, un presentador estadounidense respetado, célebre, cinéfilo y mitómano, que desde principios de los noventa -cuando Tarantino se abrió paso en la historia del cine- ha entrevistado nada menos que a David Foster Wallace, Paul McCartney, los hermanos Coen o Quentin Tarantino. Suele hacer dos entrevistas distintas por cada programa de una hora, pero a Tarantino siempre le ha cedido el programa completo: desde el estreno americano de Pulp Fiction hasta la entrevista por Django desencadenado. Ambos muestran respeto mutuo, se tratan como amigos y el Tarantino entrevistado por Charlie Rose es uno de los Tarantinos más humildes y agradecidos que he conocido. Son unas entrevistas divertidísimas y reveladoras. Aprendí, por ejemplo, lo clara que tiene Tarantino su Obra, y que pronuncia “Obra” con mayúscula. ¿Qué hará después de Pulp fiction? No lo sabe, pero necesita salir de su mundo y lo más terapéutico que se imagina es adaptar una novela de Elmore Leonard, uno de sus escritores fetiches. Tres años después volvió a presentar Jackie Brown, basada en Rum Punch (1992), de Elmore Leonard. Tarantino siempre supo que su carrera derivaba hacia condensar sus pasiones en Kill Bill mientras trabajaba lentamente en la que sería su obra maestra, la película bélica que acabó siendo Malditos Bastardos. En la entrevista sobre Kill Bill confiesa que, aunque detesta el biopic, ronda por su cabeza hacer uno sobre John Brown, un abolicionista que, según Tarantino, consiguió más que ningún político masacrando a los esclavistas, armando a su familia y lanzándose a carnicerías. Más tarde rodaría Django desencadenado.

Tarantino con Charlie Rose

En estas entrevistas descubrí algo sorprendente sobre Tarantino. Algo que no me podía imaginar, quizás por mis años de negarme a analizar sus películas para simplemente disfrutarlas, y es que Tarantino menciona varias veces su fe religiosa. En estas entrevistas explica con detalle sus películas hasta un límite, traspasado ese punto su única respuesta sobre su cine es: “God given talent” (es el talento que me ha dado Dios). Tarantino se siente en deuda por su arte y cree que tiene una obra, una Obra de Dios tal vez, que acometer. Antes de hacerse famoso por Reservoir Dogs y de que sus guiones True Romance y Pulp Fiction fueran “los guiones más calientes de Hollywood” y toda la industria le hiciese la corte, antes aun, digo, de todo esto, él se sentía físicamente indestructible. Se subía a los aviones sin ningún miedo, seguramente cruzaba la calle sin mirar e ingería toda la grasa saturada a su alcance y caminaba por la vida con la seguridad de que hasta que no hiciera lo que Dios le había pedido que hiciera él sería inmortal. Cuando siendo jovencísimo alcanzó el éxito con Pulp Fiction, Tarantino se preguntó si era posible haber cumplido con su Obra y si entonces podría devolver su alma y morir en cualquier esquina. Quizás por el contraste con la imagen que yo tenía de él, quizás por la sorpresa que cualquiera nos puede dar hoy en día declarando alguna creencia, quizás por mis propios debates sobre la fe, esto me pareció lo suficientemente curioso como para dedicar unos momentos a repasar su cine.

De aquellas películas en las que decidí poner mi lupa de exégeta, Kill Bill, Malditos Bastardos y Django desencadenado tratan el castigo, la redención, la justicia y la moral de una forma tan explícita que me hacía sospechar que mi objetivo podía estar escondido en un simple artefacto creativo. Me centré entonces en aquella película que me sabía de memoria y cuyo poster se biodegradaba en mi habitación familiar. Me pregunté por primera vez en mi vida de qué trata realmente Pulp Fiction. Lo más común es decir que es una película coral sobre criminales en Los Ángeles cuyas historias se enredan violentamente entre sí, una película que recuerda a las novelas baratas americanas de los sesenta y setenta. Pero… ¿de qué coño trata?. Hay dos protagonistas: Vincent tiene que sacar a divertirse a la esposa de su jefe, un mafioso peligroso, pero todo se complica por sus ganas de follársela y la sobredosis que casi los mata a los dos. Butch, un boxeador que acuerda perder en un combate amañado por el jefe de Vincent, apuesta por sí mismo, gana y debe huir antes de que lo maten. También está el personaje de Samuel L. Jackson, Jules, un supuesto apoyo narrativo para mostrar a Vincent en acción y decir cosas guays por el camino.Una de las primeras cosas que pensé fue que Jules tiene más diálogo que cualquier otro en la película y recordé que, en otra entrevista de Charlie Rose a Samuel L. Jackson, él se consideraba uno de los protagonistas de Pulp Fiction. ¿Era Jules un protagonista? ¿Lo era Butch realmente?

Hay videos que resumen la película de manera lineal; Tarantino, como se sabe, la montó por capítulos cronológicamente desordenados. Siempre me pareció absurdo reordenarlos. Roger Ebert incluso decía que “la película se puede ver mil veces y nunca sabrás en qué orden va cada cosa y lo mejor es que no importa, podrías verla una docena de veces y no ser capaz de recordar lo que viene después”.  Sin embargo, al reconstruirla descubrimos, por ejemplo, que la primera escena cronológicamente hablando es la de Christopher Walken entregando un reloj al niño Butch y, la última, Butch huyendo en la moto llamada “Grace” (gracia) con Fabienne. Butch empieza y acaba la historia pero el montaje lo pone en otro lugar.

Al proyectar la película cronológicamente en mi cabeza llego a otro tipo de historia, y en ella descubro las costuras de la verdadera fe de Tarantino, aquella que valida los discursos morales del resto de sus películas fundamentales. Pulp Fiction trata sobre dos personas absolutamente malignas, malas, un par de hijos de puta. Son asesinos, trabajan para un mafioso millonario que es una personificación absoluta del mal y reaccionan de forma profesional, fría y distante a las miserias de su trabajo. Tenemos a un par de hombres malos mostrándonos lo malos que son cuando vemos, de repente, cómo les descargan una pistola a un metro de distancia y se salvan. Las balas ni siquiera les rozan y prácticamente dibujan su silueta en la pared. Una intervención absurda, sobrenatural, increíble narrativamente, que es interpretada por uno de esos dos hijos de puta como un milagro y por el otro no. Y aquí está: Pulp Fiction trata sobre qué sucede cuando a dos prójimos perdidos de la mano de Dios se les concede una segunda oportunidad. A Jules, que suelta todo ese discurso de Ezequiel pensando que “es algo guay que decir antes de matar a alguien”, le parece un absoluto milagro lo que acaba de ocurrir, y decide abandonar su vida criminal para ser el pastor que lleve a egoístas y tiranos por el camino del hombre recto. A Vincent todo esto le parece una gilipollez, se ríe y horas después vuelve a tener otro momento crítico en su vida con la sobredosis de Mia Wallace y la posterior y posible venganza del diabólico señor Wallace. Desobedeciendo al menos dos señales divinas acaba muriendo a manos de Butch. Si el camino de ignorar el milagro y persistir en el mal lleva a la muerte, ¿a dónde nos dice la película que lleva el camino del bien?

Pulp Fiction, Samuel L. Jackson es Jules

De Jules no sabemos mucho más. Sabemos que no muere durante la película. Sabemos que no acompaña a Vincent en la guardia para atrapar a Butch y que posiblemente se haya largado a vivir aventuras como Kane en Kung Fu. No era necesario que Tarantino nos mostrase más. Pero lo que sí hace, tal vez de manera inconsciente, es subrayar más el camino del bien y del mal mediante el personaje de Butch. La historia de Butch sirve para dos cosas además de divertirnos: muestra la muerte de Vincent y muestra qué le sucede a otra persona que traiciona al mal aunque necesariamente no se entregue al bien. En nuestra historia del bien y del mal y de Vincent desaprovechando una segunda oportunidad, Butch funciona como el ángel vengador. Igual que Tarantino se cree un instrumento de Dios para hacer películas, la obra de Butch el boxeador es la de eliminar a Vincent Vega. Esta misión no podía hacerla otro hijo de puta, así que para que Butch pueda eliminarlo primero ha de traicionar al señor Wallace y redimirse detonando el motor de su propia historia, del trágico destino de Vincent Vega y de la mismísima Obra de Tarantino: Pulp Fiction.

En unos años en los que se consume con ansiedad productos como Black Mirror en los que la moralidad es pornográfica y el cine de Tarantino avergüenza a muchos por hedonista, pop, superficial, me parece importante y justo recordar la compleja y admirable validez de los ídolos de nuestra generación. Un autor tan poco sospechoso de ser un meapilas tiene la suficiente claridad y valentía para hablar de sus creencias en el prime time de la televisión pública americana e insistir con cada película en un discurso quizás ingenuo pero al menos sincero.  Mientras muchos seguíamos creyendo que el póster de nuestra habitación nos señalaba acusadoramente celebrando el nihilismo, en realidad, quizás, representaba sutil y fielmente el espíritu complejo de su autor.

Pulp Fiction

2 comentarios en «‘PULP FICTION’ REVISITADA»

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