ENTREVISTA CON OLIVER LAXE – ‘O QUE ARDE’

“Es una película sobre el amor”

Con motivo del estreno de O Que Arde entrevistamos a Óliver Laxe en el marco del Festival Curtocircuito, celebrado en Santiago de Compostela del 28 de septiembre al 6 de octubre. Lo primero que me sorprende al ver a Óliver entrar al ambigú donde tuvo lugar la entrevista es su altura. Su presencia emana calma y paz. Deja un libro a un lado. En su portada se ven unos helicópteros y el título de Apocalypse Now. Me pregunta por mi acento y por el lugar de nacimiento de mis padres. El cazador cazado, el entrevistador entrevistado. Siento la entrevista como un susurro constante entre ambos.

 

Antes de O Que Arde, ya trabajaste en Mimosas (Oliver Laxe, 2016) con Santiago Fillol en la redacción del guion. ¿Cómo es este proceso de escritura compartida?

Cada proyecto es diferente. En esta ocasión quería hacer una película sencilla por lo que no había mucha densidad dramatúrgica en el proyecto. Es un guion de cuarenta páginas. Nuestra manera de trabajar es la siguiente: yo escribo una primera versión del guion o un primer tratamiento en donde están todas las intenciones, las imágenes, los valores, el universo. Santi es un compañero de viaje con el que hablo, él aporta sus ideas y comparte su saber. Es alguien que se pone en mi universo y en mi mirada. Tiene la generosidad de trabajar desde ahí. Ser un autor tiene que ser una consecuencia, no es un a priori, pienso que no es un efecto colateral. Lo que tenemos es que intentar hacer siempre las mejores películas independientemente de dónde surjan las ideas. Me rodeo de muchos cineastas durante el proceso creativo, desde el guion con Santi hasta el montaje con Cristóbal Fernández. Por el medio hay muchos más.

 ¿Cómo cambió O Que Arde desde el guion hasta su materialización?

 Hay algunas secuencias que no precisaba la película que terminaron volando. A veces también por falta de presupuesto. Había una suerte de prólogo/epílogo que se iba a filmar entre Marruecos, en el teatro Cervantes de Tánger, con Shakib y con otro amigo marroquí, y en Turkmenistán. No nos dieron visados para ir a Turkmenistán y tampoco le hizo falta finalmente a la película. Cuando escribes tienes muchas imágenes y al final siempre sobran a la hora de concluir. Pero toda la película se hizo con bastante precisión. Es de las cosas con las de las que estoy más contento porque cuando haces lo que querías hacer tienes mucha tranquilidad. Ya independientemente de que le guste o no a la gente. Es un trabajo de aceptarte. Es la película que queríamos hacer. Una película más sencilla y más clara pero que guarde la oscuridad y la complejidad que tiene el cine y que tiene mi trabajo. 

O que arde - Revista Mutaciones 2

Mientras veía la película sentí que estaba asistiendo al visionado de una obra única e irrepetible. Cada día hay más escepticismo en torno a la creatividad y originalidad, se oye mucho eso de “todo está inventado ya”. ¿Qué opinión te merece? ¿De dónde proviene tu compromiso personal?

 Soy cinéfilo y de alguna forma dialogo con ciertos maestros. Cuando hago una película intento trabajar con películas que han tratado sobre temáticas, historias o universos similares pero en esta ocasión la mirada fue dirigida al interior. En varios niveles. A esa memoria que tengo del campo, de mis abuelos, de los gestos, de cómo se corta el pan, de cómo se les habla a las vacas… De esos valores que tenía mi familia, valores que tiene el campo. Siempre me ha interesado la tradición, es algo que ya se ve en mis anteriores películas. Esa mirada al interior también va dirigida a mi sensibilidad Es una peli que refleja muy bien mi sensibilidad por un lado animal, bestia, iracunda, dionisiaca. Hay un gemido de orfandad, hay una rabia en mi proceso creativo. Y al mismo tiempo en paralelo hay momentos de candor, de harmonía, de dulzura, de amor. Creo que la película independientemente de las imágenes en sí, de lo que filme, tiene algo sinfónico, un ritmo innato, unos cambios de ritmo que son muy míos. Es mi ritmo innato, mi verbo, mi imagen y voz.

 Resultan fascinantes los contrastes de la película. Como Amador que, siendo un pirómano, decide caminar bajo la lluvia sin abrir su paraguas para apagar su propio fuego interior. ¿Cómo te aproximas al contraste?

(Oliver Laxe sonríe) No trabajo de manera tan simbólica. El cine es polisémico, sobre todo cuando trabajas con una apertura, cuando no quieres que los ángulos de las secuencias sean muy rectos sino que sean curvos, que haya ambigüedad, que haya fisuras. Que haya lirismo. Obviamente la peli crece, la gente la interpreta. Hay conexiones secretas, inconscientes, que están en la película, de las que no eras consciente. Pero de alguna manera soy alguien que está cada vez anulando más sus voces interiores y que se da más a aquello que le atrae. A mí me gusta caminar por el campo cuando llueve precisamente porque pienso en cómo me voy a recalentar al lado del fuego, con un bol de latón, tomarme un café… Me he dejado llevar por aquello que me gusta. Hacer una peli allí, en el valle donde nació mi madre es fruto de ese abandono que hago.

O Que Arde, Oliver Laxe. Galicia

¿Qué te ha aportado tu formación académica como cineasta?

 Pues lo que más me ha aportado fue el conocer un firmamento de autores y de maestros. Rápidamente conocí el cine de Bresson y de Tarkovski, puntualmente también me interesó Kiarostami. Ahí ya dije “bueno, ya tengo un poco todo, tengo una constelación, espejos que me van a ayudar a saber quién soy yo mismo”. No para vestirme igual sino para encontrar mi propio estilo. Siempre lo digo: En el lugar de la cabeza Bresson, en el corazón Kiarostami y en el espíritu santo Tarkovski. Amén.

 Ahora que lo mencionas, mientras veía ayer O Que Arde me venía por momentos Tarkovski a la cabeza en su trato con la naturaleza. No sé si es cosa mía por ser gallego, pero la naturaleza a la que apunta tu ojo me parece ante todo protectora.

 Yo creo que Galicia es femenina. Es esotérica, es lírica, es ambigua, es polisémica, es libre en la sumisión y precisamente me da la impresión de que los ángulos no son rectos. Hay una permeabilidad entre el ser humano y la naturaleza. El ser humano se disuelve en la naturaleza, hay una harmonía. No hay una dialéctica dentro del ser humano, hay una aceptación, un sí a todo. Mi proceso creativo no consiste en “ah, quiero hacer una película sobre la naturaleza” o en “quiero escaparme de los problemas del ser humano y me refugio en una suerte de formalismo o de un onanismo paisajístico”, no, es muy natural, es el sitio donde yo quiero vivir, donde quiero construir mi vida. Estoy con otros proyectos de desarrollo rural, de agricultura ecológica y entonces voy allí de forma muy pragmática e intuitiva, voy allí donde estoy bien. Conozco los árboles, conozco los nombres de los prados. Desde pequeño iba allí a trabajar con mi abuelo, todo está habitado, soy un poco una herramienta de ese sitio. Obviamente, desde un primer momento me dio la impresión de que al tener a un posible incendiario pirómano, porque tampoco sabemos si es culpable o no, sí que de alguna manera sabía que se iba a personalizar más la naturaleza. Un bosque atravesado por alguien que se sabe que lo puede destruir todo genera una tensión, un suspense que hace que se habite más esa naturaleza. Una de las primeras cosas que hace Amador cuando está en el campo, es acariciar a Luna, su perra. De repente ese gesto nos desajusta, nos desubica. Ese momento fue un hallazgo, no estaba en el guion. Este plano nos estaba diciendo mucho sobre el personaje y nos dispara la peli a muchos niveles.

O que arde - Revista Mutaciones 3

¿Cómo se gestó la relación entre Amador y Benedicta?

 Fue muy natural, es gente sencilla y bella. A mí me gusta la gente, con un poco de distancia también porque desgraciadamente es mucho el trabajo que tienes que hacer y siempre que estás con ellos estás trabajando. Pero intentas tranquilizar y estabilizar. Fui a Fonsagrada a ver a Amador, estuve en su casa y vino a algunos de los talleres que yo hago como cineasta. Hemos compartido algún festival juntos.

Me parecen unos profesionales increíbles. Amador tenía el guion chapadísimo. Me acuerdo de que en el rodaje si teníamos una duda en el guion le preguntábamos a Amador qué pasaba en la secuencia y él empezaba a decirnos los diálogos. Hemos hecho muchas tomas con ellos, cuando le pegan, cuando está en el agua… Yo creo que no podría haber llegado tan lejos con un actor. Me da esa impresión. Amador y Benedicta tienen una estructura psicológica muy sólida, tienen el sacrificio y el servicio bastante integrados. Lo de Benedicta es un regalo. Una mujer de ochenta y pico años que te aguanta horas y horas bajo la lluvia haciendo ensayos.

 ¿Les has permitido un espacio para la improvisación?

 Sí, se lo doy cuando los conozco, y ya desde el principio al coger sus propios nombres. Digamos que el guion estaba muy escrito pero después con cada secuencia dejo que las palabras les habiten. Es ahí cuando yo transcribo cosas e ideas de esos ensayos. Hay muchas frases que dicen en la película que salen de ensayos o del día a día con ellos. Me han parecido genuinas. Tienen una manera de hablar que es muy del campo. Como cuando Amador hace un símil entre la maraña de raíces del eucalipto con un saco viejo de patatas.

 Creo que desde Galicia y desde España en general miramos bastante a fuera. Hay una tendencia en maquillar espacios de aquí para que parezcan del extranjero. Se fuerzan situaciones que jamás ocurrirían en estos espacios…

 Sí, utilizando a Galicia como un mero decorado y no como un personaje más, ¿no?

 Efectivamente. ¿Qué claves darías para apostar y para confiar más en lo que tenemos sin necesidad de mirar a fuera?

(Oliver Laxe ríe) Yo creo que cada uno es como es. Amador y Benedicta son la prueba de que aquí giras un par de calles y te encuentras con belleza, con heroicidad, con dignidad. Me imagino que sucede en todo el mundo, pero aquí especialmente. ¿Las claves? Tener visión. Dejarse conmover por la gente y trabajar en un amor por el mundo. Creo que la clave está sobre todo en madurar y en observarte a ti mismo. Conocer cómo eres, cuál es tu nivel del ser y cuál es tu relación con tu ego… Y por lo tanto, yo en mi caso, que soy gallego, es como algo muy pragmático, muy orgánico al mismo tiempo por igual. Sé que si hago una película en los prados donde generaciones y generaciones de familiares, campesinos míos, han estado ahí sacrificándose, haciéndose sagrados a través del trabajo, para bien y para mal, yo sé que eso tiene unas consecuencias benéficas. No es una cuestión de exotismo, de querer explotar la belleza de Galicia, es una cuestión estructural. Es mi casa, es mi sitio, necesito honrar a mis antepasados para poder ser una persona equilibrada y poder tener relaciones afectivas sanas. Necesito ese ritual. Es una cuestión de egoísmo y supervivencia. Hay que mirarse en los buenos espejos. Mi referente no va a ser un profesor universitario atravesado por sus miedos, va a ser alguien que en condiciones de vida casi extremas es capaz de imponerse y de controlarse manteniendo el corazón caliente sin caer en el infantilismo contemporáneo. Yo quiero convertirme en Amador y en Benedicta. Hago películas sobre cosas que amo porque son regiones de mi personalidad que tengo que trabajar. Soy una persona como todos, que juzga, intolerante a veces, que se precipita, peco a veces de ser demasiado visceral y puede que por eso haya trabajado una película sobre el no juzgar, sobre aceptar la complejidad del mundo, trascender las dialécticas… Es una película sobre el amor porque es algo que tengo que trabajar.

Lo que arde, de Oliver Laxe 

 ¿Qué crees que diferencia O que arde de tus anteriores películas?

 En O Que Arde hay más equilibrio entre el relato y la forma. Aquí está todo equilibrado en el sentido de que la emoción noquea a la razón y el corazón toma la delantera. No noquea la razón del todo, pero la acalla un poco y precisamente cuando tienes el nivel del ser muy abierto, el misterio del cine, esa parte trascendental que tienen las imágenes es más penetrante, entran en el espectador de manera triunfal.

 Si estuviese en tu mano, ¿qué harías, qué salvación ves, para que el cine vacío deje espacio al cine que toca y cambia al espectador?

 Pues dos cosas en paralelo. En primer lugar las autoridades verdaderamente tienen que hacer que el dinero de la cultura vaya a películas culturales. No puede ser que de los 46 millones de euros dedicados al cine por el Ministerio de Cultura, 36 se vayan a las ayudas generalistas, que son películas de consumo, productos la mayor parte de ellas. Hay que financiar la industria, pero no es normal que la industria se financie más que la cultura con el dinero de esta.

En paralelo hay que educar, hay que invertir en educación. Tiene que haber un cambio de paradigma también. Dentro de la propia industria o de la propia cultura tiene que haber un desafío epistemológico sobre qué es el público, qué es la audiencia. Tiene que modularse y tener una consciencia de que el público es algo orgánico, vivo, no es algo pétreo, que evoluciona poco a poco. Que no haya esta idea de que “no es que el público bebe zumo Don Simón, es que bebe Fanta, entonces hay que hacer Fanta porque es lo que quiere el público”. No, lo siento, dale un zumo. A un niño no le gusta la pulpa pero tú como padre no le dices “espera que te quito la pulpa”. O cuando te dice “es que no me gusta la verdura”. Yo que tengo un poco de sentido de la responsabilidad te obligo a que comas verdura porque sé que además tu paladar está totalmente velado por sabores excitantes, de estas películas azucaradas, adulteradas con química, estas drogas, esta drogadicción que hay ahora hacia ciertas series. Yo sé que si te acostumbro desde pequeño a tomar verdura llegará un momento en que vas a encontrar en unas judías el sabor de un entrecot, y además haces buena digestión y son vitaminas para el alma. Es romper esas ideas preconcebidas de que hay que cebar al espectador. Hay que dejar de verle como un consumidor.

O Que Arde, de Oliver Laxe

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