MI VECINO TOTORO

Guardianes de la infancia

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El año 1988 fue uno de capital importancia para Studio Ghibli. Fundado tres años antes por el director de cine de animación y mangaka Hayao Miyazaki y el también director Isao Takahata, Studio Ghibli fue planteada como un rompeolas tras el que protegerse de los embates del éxito de taquilla alcanzado por Nausicaä del valle del viento (1984), dirigida a dos manos por Takahata y Miyazaki, en su segundo largometraje tras El castillo de Cagliostro (1979). Nausicaä del valle del viento situó a ambos hombres en una posición privilegiada dentro de la industria animada japonesa para la que llevaban años trabajando como asalariados, alcanzando la oportunidad de impulsar y desarrollar sus propios proyectos y así evitar que se corrompiese la integridad de sus películas por motivos mercantiles, tal y como ocurrió con la distribución internacional, con media hora menos de metraje, de Nausicaä del valle del viento. En esos términos, y ya bajo el paraguas de Studio Ghibli, Miyazaki dirigió El castillo en el cielo (1986), cuyo relativo éxito en taquilla implicó que sólo dos años después tuviese lugar el doble estreno de la impecable (e implacable) La tumba de las luciérnagas (1988) y de la mucho más afable Mi vecino Totoro (1988), dirigidas por Takahata y Miyazaki, respectivamente. Un estreno, concretamente el de Mi vecino Totoro, que implicó la conversión de su orondo protagonista, diseñado por Kazuo Oga, en el emblema de la compañía, y una campaña de merchandising propulsada por el nada despreciable éxito de los dos filmes de 1988 en la taquilla nipona. Factores que convirtieron Mi vecino Totoro en estandarte de lo que, película tras película, se ha ido cimentando como universo Ghibli.

Mi vecino Totoro tiene dos protagonistas o, al menos, dos protagonistas humanas: las hermanas Mei (Chika Sakamoto), de cinco años, y Satsuki Kusakabe (Naroki Hidaka), de once. Dos niñas, la una tan infantil como corresponde a su edad y la otra algo más madura, que se trasladan junto a su padre Tatsuo (Shigesato Itoi) a su nuevo hogar cerca de un frondoso bosque, que algunos vecinos aseguran está embrujado. Una vieja, pero acogedora casa de dos plantas situada unos cuantos kilómetros de distancia de la clínica en la que Yasuko (Sumi Shimamoto), la madre de las pequeñas y esposa de Tatsuo, se repone de una enfermedad cuyo nombre y gravedad nunca se menciona a las niñas. Una sombra de angustia que no logra oscurecer los días que pasan bajo la alegre batuta familiar de Tatsuo, un encantador profesor universitario, que escucha divertido a la pequeña Mei, y más tarde también a Satsuki, sobre la existencia de unos espíritus peludos de forma animalesca que vagan por los alrededores de la casa. Grupos de fantasmas que suponen la avanzadilla de una histriónica criatura de perezosos movimientos, dotada de un particular sentido del humor e invisible a ojos de los adultos pese a su tamaño descomunal. Un ser bautizado por Mei como Totoro tras pronunciar equivocadamente troll (torōru en japonés) y del que las niñas se hacen amigas ante la paternalista incomprensión de los adultos del lugar, que lo consideran fruto de su imaginación infantil.

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Un extremo que Miyazaki no confirma ni desmiente gracias, en parte, a que ningún exabrupto formal o cambio de tono delimita en Mi vecino Totoro las fronteras entre lo real, la vida diaria de las dos niñas, y lo imaginario, representado por Totoro y su fantasmagórica tropa. Unidad que toma fuerzas del ritmo contemplativo que Miyazaki imprime a su película, con una planificación distante que retrata la cotidianeidad de la familia Kusakabe y sus encuentros con Totoro y el resto de criaturas mágicas sin subrayados, pese al fondo dramático que late bajo la ausencia materna y con una naturalidad que evita que un exceso de almíbar reblandezca su sólido guion. Una sobriedad que en esta película tiene lugar íntegramente en un entorno rural cercado por una naturaleza presente en planos detalles de briznas de hierba doblegándose al paso del viento, gotas de lluvia embarrando la tierra, o riachuelos abriéndose paso entre las rocas. Estampas que, gracias al mentado temple del director y a su perfecta inclusión en la historia, cobran el valor de una muda apología ecologista que a su vez supone una avanzadilla de la relación que mantienen los seres mágicos que habitan en el bosque con la naturaleza, extensible a las dos niñas. Pero este vínculo, que entronca con el animismo y el ligero panteísmo diseminado por toda la filmografía de Miyazaki, concentrándose especialmente en La princesa Mononoke (1997) o en la pletórica Ponyo en el acantilado (2008), es también fuente de una atmosférica banda sonora dotada de una efectividad apabullante. El ulular del viento, el repiqueteo del agua, o simples hojas agitándose temblorosas en sus ramas componen una quietud sonora tan agradable como hipnótica, sólo rota por la banda sonora firmada por el habitual colaborador de Miyazaki en estas lides, Jô Hisaishi, en su segundo y pese a algunos instantes, bastante minimalista trabajo para el director y co-fundador de Studio Ghibli.

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Gracias a esta contención, Mi vecino Totoro ofrece una ajustada narración que condensa sus austeros pero perfectamente engrasados recursos en la escena más icónica de la película: el primer encuentro entre Satsuki y Totoro bajo la lluvia en plena noche, en una parada de autobús. Esta secuencia, exenta de otra banda sonora que no sea el sonido de la lluvia, y que anula las diferencias entre lo cotidiano y lo mágico gracias a la mentada sobriedad de la planificación, supone una maravillosa muestra del talento de Miyazaki como director y creador de atmósferas que oscilan entre la ligereza tonal y un halo de misterio que en esta ocasión se dispara ante la presencia de una criatura llamada Gatobús. Un imposible cruce entre, como su nombre indica, autobús y gato, con potentísima tracción a seis patas que le permite convertirse en el viento a ojos de los adultos, y una perenne sonrisa que rememora la de otro felino, el Gato de Chesire, que aparecía en el clásico literario Alicia en el país de las maravillas, escrito por Lewis Carroll. Esta referencia culterana a la obra de Carroll, de la que se diría que Miyazaki adaptó a su propia imaginería en la genial El viaje de Chihiro (2001) emparienta Mi vecino Totoro con narraciones que, como Alicia en el país de las maravillas, ofrecen un retrato sobre el paso de la niñez a la vida adulta, siendo en este caso Totoro un guardián de la ilusión infantil durante la convalecencia de Yasuko. Un rol que muy bien podría adjudicarse el propio Miyazaki gracias a su capacidad para devolver a los espectadores adultos la ilusión, perdida con el paso de los años, al situar el punto de vista narrativo del lado de las niñas. Ya que todo lo que ocurre en el filme pasa a través de Mei y Satsuki, desactivando la diferencia, más adulta que infantil, entre realidad e imaginación.

Es por eso que tanto para las dos hermanas como para el público de Mi vecino Totoro, el etéreo mundo de los espíritus y el físico existen en un mismo plano indisoluble, en el que todo es posible. Y en el que todo es digno de entusiasmo. Ya se trate de su primera visita al que será su nuevo hogar, de elucubrar sobre las intenciones de los espíritus del polvo que viven en ella, o de sus paseos por el bosque de la mano de Totoro o en solitario, todas las acciones de las niñas parecen guiadas por un arrebatado placer de explorar que se contagia a este lado de la pantalla. Algo que, si bien es más plausible en Mei, que reacciona ante la primera aparición de Totoro como ante el descubrimiento de unos renacuajos en una charca como si ambas fuesen posibles en la misma medida, se da de forma más matizada en Satsuki. Obligada a llevar algunas de las labores del hogar por la incapacidad de su patoso padre y a ejercer de modelo para su hermana menor en ausencia de su madre, la mayor de las dos niñas tiene una actitud a medio camino entre la prudencia y la resignación del adulto y el añorado entusiasmo propio de la infancia, que se desata en momentos como el vuelo nocturno de las dos hermanas a lomos de Totoro. Una sensación, en definitiva, de descubrimiento de lo extraordinario que se oculta en lo cotidiano a través de una mirada infantil que Miyazaki recuperó, con Mi vecino Totoro, para generaciones de espectadores de todas las edades. Una auténtica delicia.

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Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, Japón, 1988)

Dirección y guion: Hayao Miyazaki/ Producción: Toru Hara/ Fotografía: Hisao Shirai/ Montaje: Takeshi Seyama/ Música: Jô Hisaishi/ Reparto: Noriko Hidaka, Hitoshi Takagi, Chika Sakamoto, Sumi Shimamoto, Naoki Tatsuta, Tanie Kitabayashi, Shigesato Itoi, Shigeru Chiba, Ikue Ōtani.

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