MI CORAZÓN NO LATE SI NO SE LO DICES

El escondite

Mi corazón no late si no se lo dices, premiada ópera prima del director americano Jonathan Cuartas, sorprende con una mirada distinta al cine de terror. Un pavor interno que habla de conflictos familiares, desde el amor al desamor, desde la frustración al triunfo, y de la esclavitud a la libertad. ¿Acaso hay mayor miedo que el que se lleva dentro?

La película atrapa a cada paso que da, con un tono particular de thriller psicológico con tintes de terror y un trasfondo dramático. En este caso, leer la sinopsis hace daño, así profundizar en la película sin conocerla es aún más excitante. La cinta empieza con un plano general de una carretera y justo después asistimos a un secuestro. ¿Por qué secuestra el protagonista, Dwight, a un mendigo? Inmediatamente se revela la cuestión. Primer punto de giro. A partir de aquí se percibe un ritmo más pausado, pero no por ello menos inquietante. La obra juega con el tiempo circular de la narración. El filme empieza como acaba. Plano general de la carretera y poco después se muestra al protagonista, esta vez, frente al mar. La diferencia radica en la evolución del personaje. Dwight crece, madura y decide tomar las riendas de su vida. Para ello opta por tomar carretera y  manta para acabar en el mar. Ahora respira profundo. Ahora sonríe. Ahora saborea la libertad.

En la puesta en escena abundan planos fijos. Solo hay seis movimientos de cámara que corresponden a momentos decisivos del protagonista. Se podría decir que marcan el ritmo de la narración y la evolución del arco del personaje. El director plantea un juego de puertas, donde abrir una conlleva una gran responsabilidad y riesgo. Las planos son, en su mayoría, cortos o medios. En los planos más amplios la composición de la imagen está limitada con el marco de las puertas. Así consigue encoger más una fotografía que ya cuenta un formato de 4:3 asfixiante. Quizás sea rocambolesco sugerir similitudes a la puesta en escena de Deseando amar (Wong Kar-wai, 2000). Ambos se enriquecen con los marcos de las puertas para empequeñecer la imagen. Dos estilos totalmente distintos que convergen en la misma raíz.

Jonathan Cuartas previamente había trabajado en el departamento de cámara e iluminación en otros proyectos. Esta experiencia se plasma en la brillante y limpia fotografía. Predominan los colores oscuros, propios del cine de terror, combinados con tonos amarillos que provienen de las lámparas. El mobiliario forma parte de la iluminación que falsea ser natural. Además de las lámparas, hay multitud de ejemplos como las luces largas del coche o las luces de colores del árbol de Navidad. El director juega con los reflejos, con la mirada a través de cristales, con el transfoco de las ópticas. Todo esto, suma y aporta tensión. Una tensión necesaria para construir un relato con pocos diálogos y que finalmente se resuelve con miradas.

En el fondo, Mi corazón no late si no se lo dices, se reduce a un juego, a un inteligente juego de terror, no apto para todos los espectadores. Quien espere una película de sustos no encontrará satisfacción. La obra va más allá, bucea en un sin fin de sentimientos que desembocan en el mero hecho de la búsqueda de la libertad.

 


Mi corazón no late si no se lo dices (My Heart Can’t Beat Unless You Tell It To, EEUU, 2020)

Dirección: Jonathan Cuartas / Guion: Jonathan Cuartas / Reparto: Patrick Fugit, Ingrid Sophie Schram, Owen Campbell, Moises L. Tovar, Judah Bateman, Katie Preston, Anthony Pedone / Producción: Jesse R. Brown, Patrick Fugit, Anthony Pedone / Fotografía: Michaek Cuartas / Edición: Tj Nelson / Música: Andrew Rease Shaw.

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