MAI MAI MIRACLE

La más pura infancia

Mai Mai Miracle. Revista Mutaciones

El cineasta japonés Sunao Katabuchi relata en Mai Mai Miracle el nacimiento de una gran amistad entre dos niñas y las aventuras que viven juntas. Sin embargo, son varios los temas que subyacen en su historia. Siendo una idea base la naturaleza, su pureza, su valor indiscutible frente al materialismo y la industrialización, y las consecuencias de su corrupción, están presentes también temas como la infancia, el paso del tiempo, la edad y la sabiduría, la pérdida o el legado.

Shinko es una niña que vive con su familia en un ambiente rural el cual le fascina y le sirve como escenario perfecto para dar rienda suelta a imaginación y recrear en su cabeza cómo sería su pueblo hace miles de años y la gente que lo habitaba. Alentada por las enseñanzas de su abuelo y los poderes de su Mai Mai (un remolino del pelo), explora su entorno en todas las formas posibles. Junto con su nueva amiga Kiiko, se inician nuevas aventuras entre las que destaca la investigación sobre una niña que fue la princesa del lugar hace miles de años.

En este sentido, Mai Mai Miracle cuenta con una estructura narrativa paralela en la que se intercalan las escenas del presente protagonizadas por Shinko, y las escenas del pasado en las que se cuenta la historia de la Princesa. La conexión entre ambas historias y personajes es a través del medio puesto que la aldea de Shinko está construida sobre lo que hace tiempo fue el templo Katsuma, donde vivía la Princesa. En concreto, la tierra como elemento físico tiene un especial valor. Desde el principio se menciona el curioso curso del río que recorre la aldea, el cual dibuja perfectos ángulos rectos. Como le explica su abuelo a Shinko, el motivo es la acción humana que construyó sus viviendas en estas tierras, y el río se adaptó a ellas. Surge el concepto de la memoria de la tierra y el carácter permanente de los elementos del medio ambiente. El río que recuerda la antigua villa, el arqueólogo que excavando reconstruye la historia de sus antiguos habitantes, o el árbol que crece en una roca y que recordará un momento del pasado cuando ya nada de ello esté. Así, de manera más fantástica y visual, el río se utiliza para unir las vidas de las tres niñas: es la Princesa quien río arriba tira unos pedazos de papel rojo, y son Kiiko y Shinko quienes más abajo reciben la visita de un precioso pez rojo que terminan bautizando como Hizuru.

Mai Mai Miracle. Revista Mutaciones

En este río es donde se forja la gran amistad entre varios niños de la aldea, unidos en la misión de construir un estanque y después cuidándolo y disfrutándolo con Hizuru como mascota conjunta. Un estanque a modo de oasis al que todos acuden con sus problemas para olvidarlos por unos instantes y volver al más genuino espíritu de su niñez. Katabuchi retrata la jovialidad y la naturaleza como dos elementos puros, cuya conjunción crea una especia de limbo utópico y al mismo tiempo, lo más orgánico que puede existir en la tierra. La inocencia y ausencia de corrupción de la niñez es el aliado digno de los elementos naturales y así lo expresa mediante las escenas en las que los niños se funden con el barro y el agua para crear su estanque y jugar en él. Esta relación entre ser humano y entorno cobra especial importancia en Kiiko, a quien el rio y el aire puro reavivan.

Kiiko llega de la gran ciudad de Tokio con su padre, y juntos inician una nueva vida en la que ella pasa mucho tiempo sola en casa cuidando de sí misma por la imposibilidad de conciliación laboral de su padre. El ambiente cálido, lleno de vitalidad y caótico de la casa de Shinko contrasta con la frialdad de la casa casi vacía y fría de Kiiko. La distinción de los hogares tiene una importancia vital para remarcar la visión de Katabuchi. Shinko se sorprende al visitar a su amiga por primera vez: escaleras, numerosos juguetes, exquisitos productos, un frigorífico que funciona sin hielo… para ella, la casa de Kiiko es casi un objeto de museo. Sin embargo, este asombro inicial se desvanece con el tiempo. Incluso Kiiko parece no valorar sus posesiones pues ha vivido con ellas toda su vida y no le han aportado nada más allá que materialidad. Sin embargo, en cuanto Shinko le muestra su mundo, el asombro es diferente. Si bien Kiiko se acerca a todo ello con una inicial desconfianza y reticencia, poco a poco encuentra el verdadero placer y felicidad en la sencillez y pureza de la naturaleza, la amistad, los juegos y la imaginación. Lo material queda ya representado como algo inservible, efectista y temporal, poniendo en valor la austeridad frente la ostentosidad, y desprendiendo a la primera de sus connotaciones negativas para demostrar que es una forma de vida que en el fondo no precisa de más porque posee todo lo realmente importante.

Mai mai miracle. Revista Mutaciones

Este tema es recurrente a lo largo de Mai Mai Miracle, los objetos que trae la vida de la ciudad no hacen más que corromper la naturaleza. Al principio, el perfume de Kiiko es recibido en la escuela como un olor desconocido y desagradable, más tarde, los dulces que lleva la niña a casa de Shinko de forma hospitalaria resultan ser botellitas de chocolate con licor en el interior y termina por emborrachar a las niñas. Y finalmente, de manera más trágica, el perfume que se vierte en el estanque y lo contamina matando al pez Hizuru, y el juego y el dinero de la ciudad que llevan al padre de Tatsuyoshi al suicidio.

Todo esto, Katabuchi lo lleva a la pantalla con un dibujo sencillo, paisajista, y ante todo, lleno de viveza. Los ocasionales colores de mayor intensidad y contadas sombras se utilizan en las escenas localizadas en la ciudad. La mayoría del metraje tiene lugar en el ambiente rural de la aldea de Shinko, en el que los colores primarios y más puros son los predominantes y la luz y la claridad son las imperantes.


Mai Mai Miracle (Mai Mai Shinko to Sennen no Maho. Japón, 2009)

Dirección: Sunao Katabuchi / Guion: Sunao Katabuchi, Clark Cheng (Historia: Nobuko Takagi) / Producción: Madhouse, Avex Entertainment, Shôchiku / Música: Shusei Murai, Minako ‘Mooki’ Obata / Fotografía: Yukihiro Masumoto / Dirección de arte: Shinichi Uehara / Montaje: Kashiko Kimura

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