M. BUTTERFLY

El cortejo de fachadas de M. Butterfly

Hay sin duda creadores de la historia del cine con un nivel de ejecución habitual tan alto y un estilo tan definido que incluso en sus trabajos más débiles encontramos múltiples elementos de interés. Títulos que se ven destinados al olvido o al menosprecio sólo por estar integrados en el corpus del realizador que las ha dirigido. Olvido del que sólo emergen a través de retrospectivas. Desde ese prisma se aproximó servidor a M. Butterfly (1993), dubitativo de la dificultad que supondría determinar el enfoque desde el cual analizarla. Y esta inquietud se confirma ya durante los primeros compases de esta anómala propuesta de David Cronenberg, mucho más reservada y críptica que otras con respecto a sus tesis y objetivos. Pero no pude evitar pensar que esta era una enunciación consecuente: hablamos, no en vano, de un filme de apariencias difusas.

M. Butterfly (David Cronenberg, 1993)

Butterfly es una instantánea del momento en el que se produjo. Una película afectada claramente por el paso del tiempo, envejecida irreversiblemente en la apariencia de su carcasa. Entendido esto no como una flaqueza, sino cómo una de los singulares rasgos de su naturaleza. Esta impresión queda plenamente legitimada tras sus títulos de crédito, en los que el uso de un CGI pretérito estaba llamado a caducar sin piedad. Y se aprecia también en el guiño que supone otorgar un papel secundario al carismático Ian Richardson, muy popular en aquel momento por su interpretación de Francis Urqhart en la serie británica original de House of Cards. Apuntes todos ellos sólo comprensibles desde el prisma de 1993.

Es M. Butterfly un melodrama elegante, sutil y contenido, mucho más callada que oJtras obras de Cronenberg. Se podría considerar, en primera instancia, un homenaje y carta de amor a la iconografía asiática, así como un tributo a la Madame Butterfly de Puccini que juega un papel fundamental en la trama tanto en fondo como, principalmente, en su tono trágico y en su afectación compungida. Es también la película una adaptación de la obra literaria de David Wright Hwang, pero sobre todo se debe entender como un juego de capas, en las que la seducción es el hilo vertebrador de todo el discurso.

Desde sus primeros minutos, M. Butterfly resulta un filme algo anquilosado, de una rigidez un tanto artificiosa. Todos sus decorados se presentan en pantalla con un acabado poco realista, e incluso los movimientos de los personajes resultan teatrales. Pero esta es la forma justa para las tesis, y una puesta en escena coherente. No en vano la ficción cinematográfica es una mascarada, una farsa. Y yace en el centro de la naturaleza del filme la farsa. Es una película de engaños, de artificios. De dos amantes que proyectan en el deseado una identidad que realmente no les corresponde.

M. Butterfly (David Cronenberg, 1993)

Es un entramado de cortejo colonial, de seducción como arma de espionaje. La conquista como liberación y medio de dominación del opresor. El europeo fascinado y deseando poseer al exótico Oriente. Una pasión prohibida doliente e impedida, cuyo desgarro se traslada tanto a la interpretación de la pareja protagonista como a los acordes de la composición de Howard Shore. Una travesía de pasión en la que incluso los géneros sexuales son inciertos, una identidad más que poseer a conveniencia. El género determinado contra el escogido, circunstancias de la realidad contra los resortes en los que nos permite ampararnos la ficción. Una odisea de soledad y nostalgia de un enamorado que tan sólo desearía convertir su vida en dicha ansiada ficción.

Dicha naturaleza mentirosa y difusa de los amantes es uno de los elementos del filme que da lugar a un debate no exento de polémica, en tanto sugiere la idea de la homosexualidad como una suerte de fachada escogida por deliberación consciente. No perdamos sin embargo de vista que formaba parte de la cultura china enajenar a la mujer de los papeles femeninos en la ópera y demás ficciones.

Pero es la falsa condición de mujer de la soprano lo que permite al filme derivar hacia su idea más apasionante: la idea de que el personaje de Jeremy Irons nunca amó al continente, sino al contenido. Su amor por la artista no era sino su manera de poder llegar a aquello que realmente deseaba: el personaje de la ficción operística, la Madame Butterfly de Puccini (no en vano, se refiere a ella de continuo como su Butterfly). Un icono que acabará por poseer y asumir en una conclusión extraordinaria, compuesta por secuencias de excelso cine que por sí solas legitiman el visionado de un filme descompensado, pero siempre interesante.


M. Butterfly (Canadá, 1993)

Dirección: David Cronenberg / Guion: David Henry Hwang (Teatro: David Henry Hwang) / Fotografía: Peter Suschitzky / Montaje:  Ronald Sanders / Música: Howard Shore / Diseño de producción: Carol Spier / Producción: Gabriella Martinelli (paraGeffen Pictures)  / Reparto: Jeremy Irons, John Lone, Barbara Sukowa, Ian Richardson, Annabel Leventon, Shizuko Hoshi, Richard McMillan, Vernon Dobtcheff, David Hemblen, Damir Andrei, Anthony Parr, Margaret Ma, Tristram Jellinek, Philip McGough, David Neal, Sean Hewitt, Peter Messaline, Michael Mehlmann, Barbara Chilcott, George Jonas

Un comentario en «M. BUTTERFLY»

  • el 22/02/2021 a las 18:36
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    Néstor disecciona con maestría un peliculón de 1993 (!). Conmueve y contagia su pasión por los cuentos chinos bien contados en que el protagonista llora más que Jeremías aunque se apellide Hierro. Y es que las mariposas como las gheisas nos encandilan con la delicadeza y la magia que sabe captar el gran cine de Montaña Coronada.

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