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LOS ASESINOS DE LA LUNA

El sustrato violento

Uno de los temas que vertebra la filmografía de Martin Scorsese es la violencia, abordada no solamente desde el punto de vista físico. Es la violencia generada por la soledad (Taxi Driver, 1976), la que se encuentra encastrada en el deporte (Toro Salvaje, 1980) o la empleada por grupos mafiosos o seudomafiosos (Uno de los nuestros, 1990; Casino, 1995, Infiltrados 2006), la que emerge del territorio como entorno identitario (Malas calles, 1973), o como reivindicación del poder de una comunidad (Gangs of New York, 2002), la que va vinculada a cuestiones religiosas (La última tentación de Cristo, 1988; Silencio, 2016), la violencia generada por la desmesurada ambición capitalista (El lobo de Wall Street, 2013), la alimentada por el deseo de venganza (El cabo del miedo, 1991), e incluso la violencia mental (Shutter Island, 2010), o la derivada de la manipulación social (La edad de la inocencia 1993). Y sí, también existe la violencia en la última película del cineasta neoyorquino, Los asesinos de la luna (2023), aunque, en el presente caso, su tratamiento adquiere, en cierto modo, una dimensión trágica, en el más clásico sentido de la palabra.

Los asesinos de la luna. Revista Mutaciones

Scorsese toma, en esta ocasión, un hecho real, documentado en el libro del mismo título de David Grann, escrito a la manera de aquella otra crónica criminal: A sangre fría de Truman Capote. Un hecho dolorosamente real, según la propuesta del cineasta: se trata de una herida aun abierta, algo que queda magníficamente plasmado con el conjunto que forman la escena inicial y el maravilloso plano final de la película. Entre 1918 y 1931 se producen en la comunidad india de Osage, Oklahoma, una extraña serie de muertes que van a ser investigadas por un incipiente (y un tanto incompetente) Bureau of Investigation (BOI), preludio de lo que poco después será el FBI. La mayoría de estas “muertes” tienen como origen el súbito enriquecimiento producido por la aparición de petróleo en las tierras de estos nativos americanos. Scorsese maneja estas coordenadas con maestría, y lo primero que plantea en su película es que estamos ante el fin de una época para el americano vernáculo: el ritual del entierro de la pipa de la paz puede parecer hasta cierto punto ridículo, pero va a darle una dimensión dramática que alimentará ese sentido trágico de la historia. Eso, unido a los bellos planos en que los indios bailan y se bañan en un potente chorro de petróleo que revienta desde las profundidades de la tierra, alimentará el pathos de la trama y dejará el terreno abonado para que germine la violencia de esta película. Violencia muy poco explícita visualmente en el desarrollo de la historia (si tenemos en cuenta el metraje de casi tres horas y media de la cinta) pero instalada desde ese inicio en su propia médula como si fuese la esencia que la recorre, convirtiéndose de este modo en uno de los enormes logros de Los asesinos de la luna (título muy poco afortunado en su traducción castellana): la conexión que se establece con el espectador en una suerte de comunicación invisible. La historia es conocida, se podría decir que es incluso previsible en algunos de sus tramos. Lo que es más difícil de explicar es cómo Scorsese va destilando ese ambiente moral degradado, corrupto e insano sin recurrir a su ya conocida pirotecnia visual: complicados movimientos de cámara, eternos planos secuencias, planos congelados, etc. En esta ocasión, el director recurre a un clasicismo canónico: cámara a la altura de los ojos de los personajes en un plano medio o primer plano, estructura de plano-contraplano para el desarrollo de las escenas dialogadas… todo para dejar el campo libre al guion y, principalmente, a un cuidadísimo y prodigioso elenco actoral.

Los asesinos de la luna. Revista Mutaciones

El resultado es una película adusta, áspera en ocasiones, sin concesiones, con escasos alardes visuales, de un clasicismo en su planteamiento que, a la postre, es el mejor vehículo para el propósito del director: la denuncia de una de las muchas injusticias cometidas, en general, contra los indios nativos americanos, y, en particular, contra la tribu Osage, en el noroeste de Oklahoma; y ello sin levantar la voz, sin querer convertirse en el portavoz y vocero de ese grupo humano. Esa tarea se queda para el perfecto engranaje cinematográfico integrado por el guion de Eric Roth y el propio Scorsese, la impoluta interpretación de los actores, especialmente Leonardo DiCaprio, en uno de sus mejores trabajos, y la sorprendente Lily Gladstone, y la puesta en escena del director, engrasado todo ello, indudablemente, por la precisión en el montaje de su colaboradora (qué bien se entienden estos dos profesionales) Thelma Schoonmaker.

Los asesinos de la luna. Revista Mutaciones

Las lecturas (políticas, históricas, y morales si se quiere) que subyacen en la película están ahí: la prepotencia del americano sobrevenido imponiéndose ante el indio nativo, el diletantismo de las formas y procedimientos de los organismos gubernamentales, la falta de ética profesional de determinados sectores profesionales que, seducidos por los pingües beneficios del capitalismo, se convirtieron en especialistas en el oficio de hacer la vista gorda; la violencia, en definitiva, como medio para resolver conflictos… es decir, un amargo retrato de la sociedad norteamericana que, para Scorsese, parece no haber cambiado en los cien años transcurridos desde los hechos que narra la película.

Los asesinos de la luna (Killers of the Flower Moon. Estados Unidos, 2023)

Dirección: Martin Scorsese / Guion: Eric Roth, Martin Scorsese / Producción: Martin Scorsese, Emma Tillinger Koskoff / Fotografía: Rodrigo Prieto / Montaje: Thelma Schoonmaker / Música: Robbie Robertson / Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Robert de Niro, Lily Gladstone, Jesse Plemons, Tantoo Cardinal, Brendan Fraser, John Lithgow.

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