LA VIDA DE ADÈLE

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La expresividad del primer plano

En 1928, Carl Theodor Dreyer plasmó el juicio de Juana de Arco y el sufrimiento físico y psicológico de su protagonista a partir de unos primeros planos que representaban el vía crucis de una mujer temida y odiada por no acatar las sofocantes normas del siglo XV, promulgadas por el oscurantismo y totalitarismo de la iglesia. Los primeros planos de la protagonista -interpretada por Renée Falconetti- servían de elemento formal para introducir al espectador en el convulso interior de una mujer entre el tormento y el éxtasis. En 2013, Abdellatif Kechiche hace uso del mismo recurso formal para introducirnos en las convulsiones emocionales y sentimentales de Adéle, la protagonista de La vida de Adéle, adaptación libre de la novela gráfica de Julie March titulada El azul es un color cálido.

Primera parte de un relato incompleto (hasta el momento) en su versión cinematográfica, La vida de Adéle juega con un aparente naturalismo que oculta un fascinante uso del primer plano como no se veía desde la magistral obra de Dreyer. Si este último hacía uso de dicho recurso no solo para representar el sufrimiento y la evolución emocional de la mártir, sino también para potenciar los contraplanos opresores y sometedores del inquisitivo cónclave eclesiástico, Kechiche hace uso de dicho recurso estilístico no solo para magnificar la homofobia latente en nuestra sociedad contemporánea -especialmente el lesbianismo- (excelentemente representada en la secuencia en el exterior del instituto donde los primeros planos de Adéle son confrontados por el inquisitorial interrogatorio de sus compañeros y compañeras de escuela) sino para desarrollar el arco de emociones y sentimientos que el personaje sufre en la evolución de las tres horas de duración del filme. En ellas, el rostro de Adéle -reflejo sus convulsiones emocionales internas- recorre todo el espectro de emociones. Abdellatif Kechiche se recrea en ese rostro que duda, sufre, goza y llora, representado con un nivel de detalle que se convierte en espejo contemporáneo del rostro sufridor de La pasión de Juana de Arco de Dreyer. Ambas heroínas son plasmadas por sus respectivos realizadores con un nivel de detalle donde los fluidos corporales -sudor, lágrimas, etc…- se convierten en manifestación física de su desequilibrio y evolución sentimental y emocional.

La diferencia entre ambas, que la protagonista del filme de Dreyer nunca duda de sus emociones, creencias y sentimientos, aún a costa de las torturas infligidas. En cambio, Adéle se enfrenta no solo a la homofobia externa de sus familiares y amigos, sino también a su propio rechazo. Una homofobia interna, representada en la puesta en escena a partir de la distancia física en el encuadre -en los planos medios y generales- o con el desenfoque del entorno en aquellos planos donde el rostro de Adéle ocupa la mayor parte del encuadre, disociada de su entorno.

En cambio, en las explícitas y polémicas escenas de los encuentros sexuales entre Adéle y Emma -el personaje interpretado por Léa Seydoux- la distancia entre los cuerpos desaparece, no existe ningún elemento dentro del plano fuera de foco y el rostro de Adéle pasa de la contricción constante de su cuerpo y su rostro, a la distensión y relajación del mismo, representación externa de un interior en paz y en calma. Un interior convulso que tiene su contrapartida también en el uso de una paleta de color en constante evolución y posterior involución que representa el auge y caída de la relación sentimental.

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Porque si Dreyer representaba el destino fatal y aciago de su heroína a partir de un montaje en progresiva crispación, Kechiche hace uso de las diferencias tonales de su paleta de colores para partir de una atmósfera de monótonas tonalidades grises que dan paso a una evolución en positivo, representada a partir de unos tonos pastel de colores cálidos que, tras la ruptura sentimental motivada por las dudas y miedos internos de Adéle, devuelven a la obra a las tonalidades grises de una realidad marcada por la tragedia sentimental inevitable. Elemento magnificado en la que quizá podría ser la mejor escena del filme, la reunión de Adéle y Emma en la cafetería. Un entorno de sofocante atmósfera y perfiles afilados, de tonalidades metalizadas e inhóspitas. Lugar donde Adéle busca desesperadamente una redención imposible, magnificada a partir de unos primeros planos de su rostro que traen de vuelta el recuerdo de esa Juana de Arco desesperada y sabedora de su inevitable martirio. Una muerte en vida, tras dar la espalda a su verdadera identidad, que es representada de manera harto sutil en ese epílogo situado en la galería de arte. Una secuencia donde Adéle es consciente de la inevitabilidad de lo ocurrido y que sirve para cerrar un tan bello como demoledor relato acerca del placer y sufrimiento implícito en cualquier relación sentimental. Un retrato melancólico y crudo acerca de las pulsiones de la pasión, del amor, y de la aceptación de la identidad. En definitiva, una de las más bellas y desgarradoras historias de desamor de la historia del cine.


 

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