LA MUJER QUE SABÍA LEER

La mujer sobrevivió, sobrevive y sobrevivirá

Un director o directora debutante puede contar con el beneficio de la duda, el comodín cinematográfico por así llamarlo, si sus intenciones no se ven plasmadas como cabría esperar. Pero rara vez un debut (el de Marine Francen) puede defraudar si su prólogo ofrece un virtuosismo visual y un festival de planos detalles que rememoran las cabalgadas del Lancelot du Lac (1974) de Robert Bresson. Inspirado en un relato corto de 1919 de Violette Aihaud llamado El hombre semen (L’Homme semence) la película narra la historia de un pueblo que tras el Golpe de Estado de 1851 por parte de Luis Napoleón Bonaparte (Napoleón III) es despojado de todos sus hombres por culpa de la represión política. Por ello, las mujeres del pueblo deberán lidiar con la ausencia masculina y sus consecuencias. Hasta que un hombre aparece como figura solitaria. La directora francesa plasma todo esto, no obstante, en un filme complejo a la par que irregular.

La mujer que sabía leer 1

La irregularidad en este caso se materializa en un conjunto de contrastes colocados a lo largo del metraje.  Por ejemplo, la película está anclada de forma diáfana en un período muy concreto y convulso de la historia francesa, pero por momentos este detalle huye de la cabeza del espectador, que se olvida e incluso se desvía hacia caminos propios de otros géneros como el drama romántico. Estos aspectos contrariados le resultan a la cineasta francesa oportunas a grandes rasgos, bien sometidas a un estilo y discurso que alternan planos cerrados con un ritmo paciente, pero que no dejan exenta a la cinta de un distanciamiento momentáneo de su contexto social, histórico y político al que pertenecen. Pero Francen se agarra a lo contradictorio, y su intención es huir de esa contextualización y primar la temática amorosa y de deseo sexual contenida por encima de su etiqueta histórica, apoyado todo por un estilo arriesgado en su formato cuadrado. Los 4:3 en los que está rodada la película pueden resultar paradójicos en relación a la poesía visual de sus imágenes paisajísticas, pero clave en su puesta en escena para entender la jaula mental y física en la que viven sus protagonistas. Con ese fin, Marine Francen encuadra en primeros planos varias veces a los personajes y ofrece detalles que pueden pasar inadvertidos y aumentan in crescendo la tensión y el deseo sexual a que está sometida Violette (Pauline Burlet) con la llegada de Jean (Alban Lenoir). El choque entre inadvertencia intencionada y huida de lo histórico-social provocan constancia en la sensación de irregularidad. Por ello, la directora mantiene la prioridad amorosa y dosifica el contexto histórico. Durante una escena, la pareja protagonista comenta un libro. Voltaire. El escritor y filósofo francés es perteneciente al siglo anterior, a la Ilustración. Su lectura ofrece una pequeña pero clave información. El abrazo a la esencia de la razón humana, al sentimiento universal de justicia y el propósito moral de enseñar los principios de la convivencia. Pero todo concentrado entre los dos personajes principales, dentro de su atmósfera y de las cuatro paredes de la casa masculina. La, al parecer, escurridiza mención a Voltaire ofrece una efímera dosis de ironía al pueblo católico y casi monacal de la historia. Entra en conflicto con lo que ofrece la obra de éste, que a lo largo de su trayectoria fue firme defensor de la libertad individual o del pueblo como conjunto frente al concepto de Dios como líder espiritual y social.

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Todo esto son pequeños detalles (conocer qué y cómo está el mundo fuera del pueblo, la visión de eruditos del ser humano, etc.) que pueden iluminar el camino individual de Violette, a la vez de clamar por el optimismo de la mujer, del feminismo. La directora en esta cinta demuestra (porque lamentablemente hay que seguir demostrándolo) que la mujer sobrevivió, sobrevive y sobrevivirá sin la necesidad física o moral de la figura masculina. El hombre es rebajado a la pura urgencia biológica. En todos los sentidos. Y es en su ausencia, cuando la mujer se permite pensar en él como en una necesidad amorosa huyendo de la instrumentalización reproductiva que hasta el momento simbolizaba, es decir, en un contexto puramente sentimental. “Siempre la felicidad nos espera en algún sitio, pero a condición de que no vayamos a buscarla”. Una vez más y bajo la más pura interpretación objetiva de los últimos minutos de metraje, Voltaire.


La mujer que sabía leer (Le Semeur, Francia, 2017)

Dirección: Marine Francen / Guión: Marine Francen, Jacqueline Surchat, Jacques Fieschi / Producción: Sylvie Pialat, Benoît Quainon / Fotografía: Alain Duplantier / Montaje: Minori Akimoto / Diseño de producción: Mathie Menut / Dirección de arte: Olivier Geyer / Vestuario: Pascaline Chavanne / Reparto: Géraldine Pailhas, Pauline Burlet, Iliana Zabeth, Alban Lenoir, Françoise Lebrun.

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