LA CONJURA CONTRA AMÉRICA

El fascismo avanza

Las prodigiosas habilidades narrativas de Philip Roth (1933-2018) a la hora de integrar dentro de la historia política, laboral y sentimental de Estados Unidos la vivencia de una familia concreta ─a menudo la suya─, hicieron de él uno de los mayores cronistas de la América del siglo XX. Para él, el protagonista de la historia estadounidense era el ciudadano medio, cuyos posicionamientos políticos estaban prosaicamente determinados por sus intrincados deseos y culpas secretas. El ciudadano medio de Philip Roth podía estar orgulloso de ser norteamericano porque estaba orgulloso de ser trabajador. Era parte de un contrato social entre trabajadores, mercados, razas y religiones, generaciones de inmigrantes, estrellas de Hollywood e ídolos deportivos, populares radiofonistas, élites políticas y líderes locales y mafiosos (no siempre distinguibles). Hablo en pasado porque Roth también, y muy especialmente, relató su desintegración en la denominada “Trilogía Americana”. Ese pacto social se había gestado durante la administración de Franklin D. Roosevelt cuando Roth aún era un niño y al otro lado del océano y de la radio sucedía el Holocausto. Las tensiones inherentes a este pacto, el reconocimiento de la identidad judía y trabajadora dentro de un sentido de pertenencia mayor, el nosotros y el ellos, fue uno de los grandes temas del escritor y piedra angular de La conjura contra América.

Llegada la ocasión de hablar de uno de los momentos más importantes de la administración Roosevelt, en uno de esos desplazamientos narrativos que tanto gustaban al escritor, Roth decidió invertir la historia: narrar la derrota de Roosevelt en la candidatura para su tercer mandato a manos de los republicanos aislacionistas, cuando no filonazis. El desencadenante de esta pesadilla-ficción es perfecto en su sencillez: en lugar del exaltado Wendell L. Willkie el partido republicano habría presentado al radiante piloto y germanófilo héroe americano Charles A. Lindbergh, apoyado por fascista Henry Ford (sí, el de los coches). A partir de personajes históricos y elementos realistas basta este pequeño cambio para parir la ucronía, un avance de la historia en la dirección equivocada. Así de frágil es la democracia. Lo que sigue y que es el cuerpo de La conjura contra América, novela y serie, es una historia absolutamente verosímil donde la xenofobia, el autoritarismo y la violencia se extienden por los Estados Unidos.

  La conjura contra América, de David Simon y Ed Burns. John Turturro,

Los creadores de esta miniserie de seis episodios, David Simon y Ed Burns, no necesitan presentación. Son el tándem tras The Wire y Generation Kill. En La conjura contra América su mayor virtud es haber sabido reconocer las virtudes y los mejores pasajes (el viaje a Washington) de la novela, extraer el arco dramático de los personajes y del mundo alternativo y cómo la esfera doméstica de unos se inscribe en la dimensión política del otro, y haber sabido adaptarlo a la estructura serial. No es poca cosa, sobre todo si atendemos al material de partida y a lo tentador que podría haber sido en otras manos mostrar los acontecimientos más truculentos de la distopia (El cuento de la criada) o el violento “juego de tronos” de la política en su avance hacia el nazismo. En lugar de ello cada capítulo es un leve pero indeleble camino hacia el odio. Donde el episodio tres es angustiante, el cuarto aterra más todavía por cuanto no lo es: por la normalización del racismo legitimado desde las instituciones. El progresivo desmoronamiento de los derechos civiles nunca es espectacular. Pasa fácilmente desapercibido. Del programa de intercambio nacional para que los niños judíos conozcan la “vida verdadera” de América, se pasa en el siguiente capítulo a la aprobación de un programa de reubicación familiar y diseminación de las minorías: “Sólo tendrá mi aprobación si la inscripción es voluntaria”, dice un político biempensante. “¿Podía ser de otra manera?”, sonríe el rabino colaboracionista Bengelsdorf. El próximo episodio comenzará con un personaje inscrito contra su voluntad en el programa. “Por su bien”. Las camisas pardas del Bund acechan, pero el descenso a la xenofobia ha sido gradual, sin necesidad de destacarlo. Marca de la casa Simon.

En su lugar Simon y Burns han sido fieles a la premisa central de la novela y han limitado el relato a la esfera de conocimiento de una familia judeoamericana de Newark ─los Levin, una realidad alternativa de los Roth que incluye al pequeño Philip─. Lamentablemente en el proceso de adaptación (hablamos de más de 400pp.) y en un diseño de producción que, comprensiblemente, prefiere los escenarios interiores, se pierde la recreación del cosmos de Newark en torno a la calle Prince, centro de la comunidad judía de Nueva Jersey y corazón de la novela de Philip Roth (amante de la historia de su país y de su barrio, del imaginario popular y de los detalles, Roth hizo de Newark el territorio de sus ficciones, recreándola con los nombres de sus calles, de sus fábricas, de los jugadores de Baseball, los mafiosos, los iconos populares y políticos locales como el italoamericano alcalde de Nueva York Fiorello la Guardia, que aquí sufren una evolución alternativa).

La conjura contra América, de David Simon y Ed Burns. Zoe Kazan

Thomas Schlamme (The Americans, El ala oeste de la Casa Blanca) y Minkie Spiro (Better Call Saul, Barry) se reparten a partes iguales la dirección de los episodios. Es una puesta en escena televisiva, funcional, académica. Con molestos fogonazos y contraluces, autoconscientes encuadres dentro del cuadro y una paleta de tonos cálidos y luces anaranjadas con los que caracterizarla como una serie de época y una producción de calidad. Tampoco importa, porque La conjura contra América es ante todo una serie volcada en el relato y en los personajes. El reto era que un guion fundamentado en conversaciones, casi siempre a la mesa y a varias bandas, con varios personajes, relaciones y arcos dramáticos en juego, resultara claro en cada momento. Schlamme y Spiro lo logran con monótona sencillez: un montaje rápido de eficaces planos sobre el hombro que sitúan el personaje activo y pasivo de cada línea de guion.

El método encorseta mucho las posibilidades interpretativas de los actores, que reducen su trabajo a la expresión de un carácter y a comunicar con algún gesto predeterminado las pequeñas peripecias de esas líneas de guión (con muchos gestos en el caso de Winona Ryder). Aquí hay un trabajo magnífico. Destaca sobre todo Zoe Kazan, que da una fortaleza y una ternura absolutamente verosímiles a la madre de los Levin. Morgan Spector es el cabeza de familia honrado y desorientado que necesitaba la historia; Caleb Malis el niño al que todos podemos odiar sin sentirnos culpables y Azhy Robertson (Historia de un matrimonio), el pequeño de los Levin y sosias de Philip Roth, sale del apuro de cargar con el arco más complejo: un niño que mama el miedo desde casa y despierta tempranamente a las determinaciones del sexo, de la muerte, de la raza, de la clase social y de las posiciones políticas, a la vulnerabilidad del padre y, sobre todo, a la culpa. Magnífico está también John Turturro como el pomposo rabino Bengelsdorf; y Winona Ryder vuelca su enorme expresividad en un registro dramático como la neurótica tía Evelyn.

La conjura contra América, de David Simon y Ed Burns

Cuando David Simon y Ed Burns hicieron The Wire en 2002, estructuraron sus temporadas en torno a “el juego”. Cada temporada ponía en escena un intento de modificar las reglas del juego pero acababa en la línea de salida: cambiaban las caras y las vidas de los personajes, pero la estructura social seguía inalterada. Parece que las consecuencias del 11-S (y de allí Generation Kill) y la crisis de la Gran Recesión nos han hecho a todos despertar de ese letargo y la fantasía de un “fin de la historia”, de que el juego no podía ser cambiado. Por eso a partir de las transformaciones de las malas calles de Time Square y del negocio del sexo en los 70, en The Deuce Simon (esta vez junto a George Pelecanos) examinaba qué sucedía cuando se abría una ventana de oportunidad para el cambio. La sensación era que esa oportunidad no siempre era aprovechada para mejor. Lo siguiente, ahora en La conjura contra América, de nuevo en consonancia con los tiempos, ha sido examinar cómo esas ventanas pueden ser aprovechadas por el fascismo (y cómo tratar de resistirlo). ¿Qué pasa cuando el poder económico vuelve a cobrar la certeza de que su expansión es incompatible con la democracia? Veinte años después, y con las vueltas al pasado incluso distópico que sean necesarias, la carrera de David Simon sigue siendo la mejor crónica del presente. Su próximo proyecto, Dry Run, de nuevo junto a Pelecanos, se ambientará en nuestra Guerra Civil.


La conjura contra América (The Plot Against America, EEUU, 2020)

Creadores: David Simon y Edward Burns / Dirección: Thomas Schlamme y Minkie Spiro / Guion: David Simon, Edward Burns y  Reena Rexrode (Novela: Philip Roth) / Producción: Claire Shanley y Will Ralston (para HBO) / Fotografía: Martin Ahlgren / Montaje: Joe Hobeck y Brian A. Kates / Diseño de producción: Dina Goldman y Richard Hoover / Reparto: Winona Ryder, John Turturro, Zoe Kazan, Morgan Spector, Anthony Boyle, Ben Cole, Jacob Laval, Azhy Robertson, Michael Kostroff, David Krumholtz, Joahanna R. Griesé, Caleb Malis…

 

 

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