HOST

Maldita pantalla

En tiempos convulsos, pocos géneros cinematográficos se ven tan fortalecidos en sus principios y demostrada supervivencia como el del terror. Sea por su capacidad sociocultural para recoger y retroalimentar los miedos más o menos latentes de su público, o por la pasión de sus más fieles seguidores hacia todo lo que pueda encajar en una nomenclatura genérica capaz de celebrar un grado de pesimismo inaudito en otras latitudes cinéfilas más luminosas, existe un subterráneo vínculo entre inesperados éxitos de taquilla cualitativamente tan dispares como puedan ser, entre otras posibles películas, La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968), La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), La noche de Halloween (John Carpenter, 1978) o, más próximas en el tiempo, El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) y Paranormal Activity (Oren Peli, 2007) al que ahora se sumaría, como temporal último escalón, Host (Rob Savage, 2020). Película que, al igual que todas las anteriores, brota de las corrientes más independientes y ajenas al cine de gran aparato del género, abrazando, como El proyecto de la bruja de Blair y Paranormal Activity, una estética y sustancia dramática propias del mockumentary (o falso documental) de horror, tan asequible en términos de producción como demostradamente rentable, por capaz de generar un grado de complicidad refleja con sus potenciales espectadores que, en Host, deviene eje fundamental.

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Y es que, tal y como se ha publicitado por activa y por pasiva, el filme de Savage es, básicamente, una videoconferencia grupal llevada a cabo a través de Zoom, uno de los softwares de comunicación en línea más utilizados por la ciudadanía durante el confinamiento motivado por la lucha sanitaria global contra la expansión el covid-19. Pero, lejos de tratarse de una amistosa reunión cualquiera, o de estar destinada a resolver cuestiones laborales que en tiempos predigitales habrían entrado en obligada hibernación, esta sesión de Zoom emprendida por Haley (Haley Bishop), Jemma (Jemma Moore), Emma (Emma Louise Webb), Radina (Radina Drandova) y Caroline (Caroline Ward) -a la sazón, las protagonistas de Host- tiene como objetivo último el celebrar, en pleno confinamiento, una sesión de espiritismo que tal y como mandan los más férreos cánones del género pasará del cinismo inicial al terror y, por último, a la lucha por la supervivencia. Un punto de partida poco o nada novedoso, que en ningún caso evita que el filme de Savage se erija como uno especialmente consciente y por fortuna poco resabiado de su condición de tren de la bruja tecnológicamente actualizado y férreamente situado en el momento histórico del que surge. Host destaca fundamentalmente por ofrecerse no como una película sobre una sesión de espiritismo hecha a través de Zoom, si no como una videoconferencia grabada a la que el público asiste como un participante más, solo que carente de voz y voto sobre la paranormal y destructiva deriva de los acontecimientos.

Host se desarrolla en su práctica totalidad en una pantalla de ordenador segmentada, a su vez, en cinco ventanas digitales que, a modo de viñetas, nos muestran simultáneamente a las cinco protagonistas del filme y, esporádicamente, también a Teddy (Edward Linard) y a la risible guía de la sesión de espiritismo Seylan (Seylan Baxter). Pero esta integración del recurso tradicional de la pantalla partida en el formato de Zoom resulta curiosamente más interesante por lo que tiene de reconversión digital de algunos de los lugares comunes del género, de forma más o menos próxima en lo temático a lo apuntado en su día por The Ring (El círculo) (Hideo Nakata, 1998), que por construirse como una pirueta formal ya ensayada con anterioridad (y de forma más aguda) en películas más o menos recientes como Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014), y que aquí se muestra algo desaprovechada por no aportar una mayor tensión a situaciones que funcionarían de un modo muy similar bajo una plasmación formal más ortodoxa aunque probablemente también menos próxima. En su apuesta por la emoción como motor fundamental (por no decir único) de la película, Savage opta por el impacto audiovisual desde una perspectiva naturalista, con el equipo de actrices improvisando parte de sus diálogos, carente de una banda sonora o de trucos de iluminación, y con una planificación que oscila entre el estatismo y el barullo visual propios de cualquier grabación de estas características, pero la efectiva cotidianeidad obtenida por el aprovechamiento de estos recursos entra en conflicto con la excesiva deuda que Host mantiene con un género al que aborda desde una reverencia casi estereotipada, mermando la credibilidad del conjunto.

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Si bien el primer tramo del filme, antes de que las presencias fantasmales que rondan a las chicas desvelen lo poco amigable de sus intenciones, resulta considerablemente próximo, los ruidos, fenómenos poltergeist y, por último, las agresiones sin cuartel contra ellas pecan de una relativa sensación de rutina salpimentada, eso sí, de una considerable falta de clemencia e imágenes en las que el buscado impacto y los recursos más cotidianos de las plataformas de comunicación se aúnan en un todo conseguidamente siniestros. Pero más allá de estos pocos momentos, como el que muestra la cara de una aterrada Emma llena de filtros de Instagram o, muy especialmente, la que consiste en el de por sí inquietante bucle de la imagen (muerta, por grabada, diferida y almacenada) de Caroline, deambulando por su dormitorio distraídamente a modo de salvapantalla, siendo interrumpido por su agonía en directo al ser golpeada una y otra vez contra la pantalla de su ordenador, la tensión en Host se sostiene de un modo inesperada y ostentosamente más logrado gracias a algunas ideas que, consciente o inconscientemente, se encuentran desperdigadas durante su afortunadamente corto (por conciso) metraje.

Es el caso de lo que vendría a ser el recurso argumental fundamental de la película, consistente en que los entes demoníacos que rondan y dan caza al grupo de chicas después de que éstas les hayan dado paso a nuestro mundo, en un giro de guion tan descaradamente poco elaborado como divertido en su falta de prejuicios, se conduzcan a través de los canales de video y audio de Zoom para acceder al espacio físico de sus futuras víctimas. El aséptico y seguro espacio virtual, reconvertido en refugio sanitario para la socialización, se ve así pervertido de forma harto interesante hasta convertirse en su reverso: un lugar abisal, opaco en su funcionamiento y ramificaciones últimas en el que la tecnológicamente anacrónica presencia de espíritus malignos encuentra una forma de propagación próxima a lo vírico, con una capacidad de infección tanto o más agresiva que las del patógeno del que debería mantenernos a salvo. De esta forma, la claustrofobia de Host no derivaría tanto de sus algo rutinarios impactos visuales y sonoros, capaces de mantener tenso y/o entretenido a su público desde su principio hasta su final, si no en su habilidad para establecer un (posible) comentario social: Savage y sus co-guionistas Gemma Hurley y Jed Shepherd logran mantener al grupo de chicas aisladas las unas de las otras y sin salir de un espacio hogareño poseído, debido a un confinamiento convertido por obra y gracia del espiritismo en todo un infierno aún peor que la amenaza del covid-19 y cuya única y aparente solución pasa, teóricamente, por que las jóvenes lo abandonen para unirse, contra toda lógica sanitaria, en un mismo espacio no ya virtual si no tangible, por físico… pero insuficiente ante la amenaza por permanentemente filtrado a través de las tecnologías que sirven de umbral para las amenazantes presencias que las persiguen.

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Aunque, quizás, lo único que pretendía la película de Savage era soslayar la posibilidad de que una huida (lógica) de las chicas de sus casas pudiera dar al traste con el desarrollo de su filme, esquivando así uno de los puntos ciegos narrativamente más recurrentes en el subgénero de las casas encantadas con el que Host guarda una relación tangencial, y su apuesta por la emoción traducida al lenguaje de las Redes Sociales digitales no sea más fruto de la necesidad económica que de un planteamiento narrativo lo suficientemente fuerte como para sobrepasar los confines de lo coyuntural. Porque, más allá de lo relativamente entretenido de su visionado, de los hallazgos narrativos que puedan encontrarse aquí y allá durante su metraje, y del aprovechamiento que hace de muchas de las cuitas sociales y sanitarias que nos han tocado vivir ¿nos plantearíamos situar Host junto a algunos de los hitos creativos del cine de horror mencionados en las primeras líneas, de no ser por su viralizada condición de preclara hija de su tiempo?


Host (Reino Unido, 2020)

Dirección: Rob Savage/ Producción: Douglas Cox/ Guion: Rob Savage, Gemma Hurley y Jed Shepherd/ Montaje: Breanna Rangot/ Reparto: Haley Bishop, Radina Drandova, Jemma Moore, Carolina Ward, Emma Louise Webb, Edward Kinard, Seylan Baxter.

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