KING KONG CONTRA GODZILLA

La consolidación de un género

Godzilla contra King Kong (1962)

Si Godzilla fue la película que inauguró un género, King Kong contra Godzilla fue la que lo consagró. Cuando se habla de la seminal Godzilla de Ishiro Honda (Gojira, 1954) se suelen enumerar sus virtudes –a saber: su metáfora sobre el peligro atómico, su atmósfera tensa y opresiva, la fuerza que poseen muchas de sus imágenes incluso ahora, tantas décadas después– al tiempo que se alaba su estatus fundacional, al ser la cinta que puso la primera piedra en el hoy tan transitado camino del cine oriental daikaiju. Son, para entendernos, las películas de monstruos gigantes (traducción literal de un término formado por la palabra nipona kaiju, monstruo, y dai, gigante), a su vez un subgénero del tokusatsu (cine de efectos especiales) que fía su efectividad a la capacidad destructiva de criaturas que arrasan ciudades enteras, habitualmente mientras se enfrentan a otros monstruos de similar tamaño y fuerza.

Conviene detenerse en esta última apreciación, la del enfrentamiento: al fin y al cabo, muy pronto se demostró que el género difícilmente podría sobrevivir repitiendo el esquema del kaiju solitario que destroza Tokio (¿cuántas catástrofes monstruosas, por cierto, ha podido soportar esa ciudad en el último medio siglo?), y su capacidad de variación pronto quedaría definida por la permutación de luchas entre una amplia galería de criaturas: Ghidorah, Mothra o Rodan comenzarían a desfilar por la franquicia del lagarto atómico hasta convertirla en una suerte de espectáculo de lucha libre mexicana (piénsese en la serie de películas de ‘Santo, el enmascarado de plata’, surgida en esos mismos años), donde lo importante no es el despliegue dramático de sus historias sino el modo en que estas propician la colisión entre dos o más personajes pintorescos. Por eso El rey de los monstruos  (Godzilla Raids Again, Motoyoshi Oda, 1955), tan solo un año después del film original, pondría a su criatura protagonista a batirse el cobre con el lagarto Anguirus. Sin embargo, esta primera secuela se mostraba aún excesivamente anclada a su predecesora, buscando una gravitas y una seriedad que solo un puñado de cintas del género han sabido manejar con destreza, aunque es de justicia reconocer que aquellas que lo han conseguido se pueden considerar sin rubor como las mejores piezas de este amplio panteón. Baste decir que la película de Motoyoshi Oda no es una de ellas.

Godzilla contra King Kong (1962)

Pero entonces entra en escena King Kong. El simio gigantesco inmortalizado por Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper en 1933 se le antojó a la productora Toho como un digno rival para su monstruo estrella, así que se lo apropió y puso a los dos a partirse la cara en King Kong contra Godzilla (Kingu Kongu tai Gojira, 1962), creando así el molde y espejo en que se mirarían casi todas las películas futuras de la serie. Aunque esta tercera entrega supuso el regreso de Ishiro Honda tras la cámara, el tono del film sería radicalmente distinto al de Godzilla, apostando en su lugar por la aventura de carácter familiar, el tono ligero y un humor bufonesco para varios de sus personajes humanos, y despachando por el camino cualquier pretensión de realismo o metáfora. Tanto es así que ni siquiera es fácil ver King Kong contra Godzilla como una alegoría del choque entre Oriente y Occidente en versión serie B (algo así como el Rocky IV de los monstruos de goma), aunque el propio título del proyecto parece pedir a gritos una lectura de ese tipo. King Kong contra Godzilla es ni más ni menos que una película de aventuras y destrucción masiva, que se construye sobre la mezcla de iconos propios y ajenos. No será esto algo aislado: la criatura de Frankenstein, por ejemplo, tendrá su propia orientalización kaiju en Frankenstein vs. Baragon (Frankenstein tai Baragon, 1965), de nuevo firmada por un Ishiro Honda ya definitivamente asentado como el gran artífice del género.

Ayuda en buena medida a la solidificación de ese tono más ligero un cambio fundamental: tras las dos cintas previas en blanco y negro, esta será la primera entrega en que el público pueda contemplar en color a Godzilla y sus contrincantes, y Honda lo aprovecha al máximo. Desde las bayas de un color rojo intenso que sirven como McGuffin inicial del film hasta la isla de Kong (renombrada como Isla de Faro, en lugar de la tradicional Isla Calavera), todos los elementos del film se entregan abiertamente a la exuberancia cromática, cimentando ya para siempre en la franquicia la sensación de estar ante una especie de anime de carne y hueso, un tono que, en sucesivas entregas, permitirá la coexistencia en sus imágenes de alienígenas, robots gigantes y dragones de tres cabezas.

Godzilla contra King Kong (1962)

Lo cierto es que, vista hoy, King Kong contra Godzilla es difícilmente defendible en su conjunto. El ritmo del relato es moroso, los personajes humanos apenas son simples caricaturas y la isla de Faro es un compendio de estereotipos raciales, blackface incluido. Además, afecta a la credibilidad del film la desgana con que se mueve Shoichi Hirose enfundado en el traje del simio gigante (especialmente si se comparan sus movimientos con el aplomo y la convicción que muestra Haruo Nakajima, responsable de llevar el traje de Godzilla no solo aquí, sino en los primeros doce títulos de la franquicia). Pero hay algo seductor en la falta de rubor con la que Honda combina los planos de escala real con los de maquetas, permitiendo así a un pulpo engullir una cabaña; algo admirable en el desparpajo con el que mezcla ideas absurdas con el único objetivo de conducir al enfrentamiento final entre sus criaturas; algo inherentemente respetable en el vibrante score de otro nombre clave del género, el compositor Akira Ifukube. Otras películas posteriores refinarían y mejorarían la fórmula (sin ir más lejos, el propio Honda lo haría en King Kong se escapa (1967), más sólida pero igual de festiva que esta). Pero la desbordante y desacomplejada dimensión lúdica que es hoy seña de identidad del cine de monstruos gigantes tiene una deuda impagable con King Kong contra Godzilla, y la prueba fehaciente de ello se exhibe ahora mismo con orgullo en las carteleras de todo el mundo.


King Kong contra Godzilla (Kingu Kongu tai Gojira, Japón, EEUU, 1962)

Dirección: Ishirô Honda / Guion: Shinichi Sekizawa / Producción: Tomoyuki Tanaka (para Toho) / Montaje: Reiko Kaneko / Fotografía: Hajime Koizumi / Música: Akira Ifukube / Diseño de producción: Teruaki Abe y Takeo Kita / Reparto: Tadao Takashima, Kenji Sahara, Yu Fujiki, Ichirô Arishima, Jun Tazaki, Akihiko Hirata, Mie Hama, Akiko Wakabayashi, Akemi Negishi, Senshô Matsumoto, Shoichi Hirose, Haruo Nakajima, Katsumi Tezuka

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