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GLORIA BELL


Los problemas del contraplano

Hace ya seis años, el director chileno Sebastián Lelio sorprendió tanto a crítica como a cinefilia con Gloria (2013). Una tragicomedia sobre la vejez, la soledad y la sexualidad en la edad madura, sustentada en una puesta en escena donde los largos travellings -tanto horizontales como verticales- y la querencia del director por unos primerísimos primeros planos del rostro de su protagonista -una inmensa Paulina García- servían como reflejo de la alienación, la fragilidad, la inseguridad, y en algunos momentos, el patetismo de una mujer pasados los cincuenta en una sociedad tan reprimida emocionalmente y conservadora en sus usos y costumbres, como es la de la clase media-alta chilena contemporánea. Un retrato femenino donde el primer plano de su rostro y una cámara que nunca se despegaba de la protagonista total y dejaba fuera, tanto de campo como de foco, al resto de los integrantes del relato. Un retrato sobre la mujer que tuvo su continuidad en las siguientes obras del cineasta, tanto la galardonada Una mujer fantástica (2017) -donde el director entregaba de nuevo un poderoso retrato femenino, en esta ocasión con la particularidad de que su protagonista era una mujer transexual- y posteriormente su salto al cine estadounidense con Disobedience (2018), que se adentraba en una relación lésbica dentro de la rigidez y el conservadurismo de una comunidad de judíos ortodoxos.

De los tres trabajos, el más interesante de ellos era Gloria por motivos múltiples y variados. Porque, más allá de la interpretación repleta de matices de Paulina García, la cinta sobresalía por su concepto y la puesta en escena asociada al mismo, que servía tanto para reforzarlo como para sublimarlo. El concepto de la película, la tristeza y desesperanza de la edad madura, acrecentada por una demoledora representación del amor paterno-filial, la soledad motivada por las falsas apariencias y la rigidez de las convenciones sociales de la high class chilena era representada a través de una serie de recursos cinematográficos que servían como espejo antagónico y realista de las películas de autoayuda estadounidenses.

Si estas últimas suavizan su discurso a partir de elementos, situaciones y personajes que alivian la tensión y la pesadumbre emocional del tema tratado y son interpretadas por lo más selecto del star system de Hollywood -de Julia Roberts a Sandra Bullock, demostrando lo que en la sociedad estadounidense se considera la pérdida de la juventud- terminando siempre con un discurso motivador y optimista, la cinta de Sebastián Lelio jugaba en otra liga. En primer lugar, vaciando el relato de una dramatización formal espectacularizada, donde la ambigüedad de los diálogos y las secuencias no subrayaban la idea central bajo la que se sustentaba el relato y prescindiendo en consecuencia de todos aquellos recursos que servían para dicho propósito.

Así, en la Gloria original, la cámara no se despegaba de la actriz principal, dejando a sus contrapartidas interpretativas en un segundo plano, ya fueran desenfocados o en fuera de campo, entregando conversaciones que en un largometraje convencional se resolvería con la fórmula del plano-contraplano, evitando y limando la espectacularización del drama. De idéntica manera, el libreto no ponía en boca de los personajes sus sentimientos y el tema de la obra total, sino que a través de silencios, miradas y gestos, el espectador avezado era capaz de interpretar el tumulto emocional interior de la protagonista.

Todo eso se rompe en mil pedazos en la reconversión de Gloria en su remake hollywoodiense. Lo trágico, que su guionista y director sean el mismo Sebastián Lelio. Un Sebastián Lelio que se rodea de algunos de los mejores actores y actrices del panorama actual estadounidense para entregar un trabajo que en la superficie aparenta ser un calco -plano a plano y secuencia a secuencia- de su más que estimable primer trabajo tras las cámaras. Pero más allá de que tanto Julianne Moore, la Gloria del remake que aquí tiene nombre y apellidos -nos vamos de la generalidad del original al egocentrismo y yoísmo propio del cine made in USA- o John Turturro o Michael Cera, intentan reproducir en gestualidad y fisicidad a los actores originales, algo se pervierte en el proceso.

Ese algo es el uso del contraplano y la manifestación de aquello que se quedaba elegante y ambigüamente en el fuera de campo del original. Pongamos como ejemplo secuencias tan desgarradoras emocionalmente como la del cumpleaños del hijo de Gloria o la despedida de esta última de su hija en el aeropuerto. Si en el original la sutileza y el crescendo emocional en ambas secuencias se basaba en un inteligente uso entre lo expresado y lo callado, en el remake todo se verbaliza, se subraya, no dejando lugar alguno a las dobles interpretaciones de lo expuesto por las imágenes.

O peor aún, la transformación de la tragicomedia en comedia dramática en el proceso, potenciando tanto la fuerza y el carisma de Julianne Moore, que acaba provocando que su estatus de estrella con mayúsculas, imposibilite que su personaje sea medianamente creíble en la representación de esa mujer empequeñecida por el entorno – que va creciendo sutilmente y sin aspavientos a medida que el filme se desarrolla en su homónimo original- o que el excesivo protagonismo y empatía del entorno de secundarios del filme -en especial la relación de Gloria con su progenie- acabe desvirtuando y haciendo perder su credibilidad al tema y al drama principal de la cinta. En definitiva, la cinta en su aparente traslado plano a plano desde su modelo original a la reproducción de las convenciones de la industria hollywodiense, emula aquello que previamente había cuestionado y criticado, transformándose en el proceso en una cinta más -ni peor ni mejor- dentro de las innumerables historias de superación personal -con manual de autoayuda incluido- que ofrecen habitualmente los grandes estudios de Hollywood.


Gloria Bell (Chile, EEUU, 2019)

Dirección: Sebastián Lelio GuionSebastián Lelio, Alice Johnson Boher, Gonzalo MazaProducción: Pablo Larraín, Juan de Dios Larraín, Sebastián Lelio / Música: Matthew Herbert / Fotografía: Natasha Braier / Montaje: Soledad Salfate / Diseño de producción: Shannon Walsh / Reparto: Julianne Moore, Sean Astin, Jeanne Tripplehorn, John Turturro, Alanna Ubach, Michael Cera, Holland Taylor, Brad Garret, Rita Wilson

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