GÉNESIS

El amor, una y otra vez

Revisando los textos que otros compañeros críticos han escrito sobre Génesis, la segunda película del canadiense Philippe Lesage, he descubierto con cierta sorpresa que mi visión del amor es, aparentemente, bastante luminosa. No confieso esto por mero exhibicionismo, sino que me parece la base sobre la que aproximarse a esta película que gira, efectivamente, alrededor de uno de los temas omnipresentes en el arte. Más concretamente, sobre los primeros pasos del amor, sobre esos momentos de experimentación sexual y afectiva que habrán de marcarnos de una forma u otra para el resto de nuestras vidas.

Génesis es la historia de dos hermanos, Guillaume y Charlotte. Él, en plena adolescencia, asiste a un colegio masculino de élite y está secretamente enamorado de su mejor amigo. Ella, mayor y más madura, rompe con su novio de siempre cuando este le dice que querría abrir la pareja y experimenta con un atractivo chico al que conoce en un bar. Ninguno de los dos es un héroe. Guillaume atrae por su ingenio verbal tanto como repelen su suficiencia y arrogancia. Su modelo de conducta parece ser un profesor cuya foto bien podría aparecer en la entrada de la Enciclopedia Británica sobre “cipotudo”. Sin embargo, la película nos hace comprender que los defectos de Guillaume son solo una de las caras de la moneda de su identidad, una identidad que se revela ante nuestros ojos, poco a poco, sin forzar nada, como algo notable, capaz de sacar lo mejor de la peor de las situaciones. Más imperfecto pero igual de humano es el proceso de Charlotte, lleno de dudas y de miedos. Ella ya no se pregunta quién es, sino que está inmersa en la siguiente etapa de la vida: esa en la que buscamos cómo ser lo que somos. Su realidad es más compleja, pero Charlotte nunca deja de moverse (literalmente, de hecho, la suya es una historia llena de viajes), de probar cosas nuevas. Muchas de sus decisiones parecen, desde la comodidad de la butaca, discutibles, pero Génesis no es una película que juzgue, no tanto por pudor como porque entiende que solo se puede acertar errando antes.

Lesage y su equipo se acercan a estos dos jóvenes con una cámara que es tan precisa como orgánica, que busca evitar los gestos innecesarios y dejar espacio a sus personajes, que respiren y que queden retratados en el entorno. Es una cámara que parece imitar la mirada humana, con una mayoría de planos amplios y abundante juego de paneos y reencuadres rápidos en detrimento del corte. Una sencilla panorámica de Guillaume en una fiesta reproduce a la perfección esas horas en las que todo el ritual nocturno ha llegado al momento en que estás solo o emparejado (aunque sea fugazmente). La escena más terrorífica de la historia de Charlotte no necesita más que un plano amplio bajo la lluvia para golpearnos con toda la brutalidad y banalidad de la que puede ser capaz el ser humano. Es esa forma de mirar la que hace que Génesis sea capaz de contar la misma historia de siempre (el día antes de la desaparición de la raza humana seguiremos escribiendo relatos de amor) y sin embargo se sienta tan relevante como la primera vez que se hizo. Eso y que, obviamente, Lesage sabe que hay muchas cosas en la experimentación, el deseo, la confusión y el descubrimiento que no son hoy como lo fueron ayer. Algunos momentos de Génesis solo tienen sentido en 2019; otros se pueden encontrar aquí, en la novela del XIX y mucho más allá. Que sea capaz de retratar lo contemporáneo y lo atemporal en una misma obra ya es un buen argumento a favor de la película de Lesage.

Y tras muchas dudas y no poco sufrimiento, el relato de estos dos jóvenes llega a su final, pero no así la historia del amor, que empieza y acaba una y otra vez. Empieza y acaba. En ese momento Génesis, rompiendo con toda convención sobre la manera en que se estructura la narrativa, vuelve a empezar para mostrarnos el comienzo. Un campamento a orillas de un lago, jóvenes que cantan y bailan y dos niños que se miran tímidamente. Con una sencillez que hace que esta coda alcance un vuelo casi mítico, como si estuviéramos contemplando la primera historia de amor sobre la faz de la Tierra, bañando todo lo anteriormente visto en su inocencia. Es esta emoción la que Lesage quiere que permanezca en nuestro cuerpo al salir del cine, la que espera que module nuestra mirada hacia el amor. Pero, por encima de todo, la forma en que afrontamos esta película notable depende de nuestra propia experiencia. Eso es, de hecho, lo que la convierte en algo notable. Al enfrentar el proceso de aprendizaje que es el amor con la inocencia de los primeros pasos, Génesis nos obliga a preguntarnos cómo queremos vivir ese amor y, por tanto, cómo queremos afrontar la vida. ¿No es posible que ese sufrimiento, por doloroso que resulte, merezca la pena ser vivido, que nos pueda hacer mejores y abrirnos puertas a lugares que de otra forma serían inaccesibles? ¿No es eso lo que nos dice la mirada de esa niña en el plano final de la película? ¿No es esa pregunta, al fin y al cabo, la razón por la que contamos historias?


Génesis (Genèse, Canadá, 2018)

Dirección: Philippe Lesage / Guion: Philippe Lesage / Producción: Galilé Marion-Gauvin para Productions l’Unite Centrale / Fotografía: Nicolas Canniccioni / Montaje: Mathieu Bouchard-Malo / Diseño de producción: Marjorie Rhéaume / Reparto: Noée Abita, Théodore Pellerin, Jules Roy Sicotte, Paul Ahmarani, Pier-Luc Funk, Étienne Galloy, Rose-Marie Perreault, Vassili Schneider, Marc Beaupré

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