FREAKS

El infierno son los otros

Una cancioncilla de lo más tétrica comienza a sonar. Una niña mira con dificultad a través de una ventana. Fuera, en el mundo exterior, todo está distorsionado, congelado en el tiempo; los pájaros han quedado inmovilizados en el aire y lo único que se alcanza a ver es una pintoresca furgoneta que reza «Sr. Cono de nieve». Tras estas primeras pinceladas de trama, sumadas a la aparición del padre de la criatura —un paranoico que la mantiene encerrada sin que pueda establecer contacto con el exterior para así evitar que “los malos” la encuentren—, todo apunta a pensar que Freaks (2018) es una película al más puro estilo Calle Cloverfield 10 (Dan Trachtenberg, 2016), que va a embarcar al espectador en una historia más dentro del género de futuros distópicos. Pero, como bien dice el refrán, las apariencias engañan. Y es precisamente el recurso de falsear su apariencia la gran baza a la que juega la película: el espectador cree firmemente conocer el curso de la trama y, de repente, esta se vuelve caprichosa y toma otra dirección opuesta, desembocando acertadamente en algo totalmente diferente a lo que se dejaba entrever en un principio.

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La totalidad del filme es mostrada desde la perspectiva de la inocente mirada de Chloe (interpretada por la jovencísima Lexy Kolker), quien a su corta edad no comprende la situación de aislamiento a la que le somete su padre (Emile Hirsch), la única persona con la que mantiene contacto, y solo ansía poder ser alguien “normal” a ojos del resto del mundo y cumplir caprichos tan banales como el de tomar un helado. Pese a sus intentos, inevitablemente, Chloe acabará por sucumbir a la curiosidad y romperá las reglas con la ayuda del misterioso «Sr. Cono de nieve» (Bruce Dern). El mundo exterior, para su sorpresa, no parece amenazante. Una gama de luminosos colores pastel colman esas nuevas imágenes que se clavan en su retina, tan distantes de las frías tonalidades artificiales que inundaban el interior sombrío al que estaba acostumbrada. El mundo exterior no parece ser tan horrible y peligroso como se lo habían pintado. No hasta que se topa con cierto cartel publicitario y, entonces, la pequeña descubre que sangrar por los ojos —algo que ella misma ha presenciado en su padre— es un síntoma poco común que sentencia a cualquiera que lo padezca a formar parte de esa comunidad anómala que denominan “monstruos”.

Sin necesidad de abusar del CGI, Freaks consigue que el espectador entre de lleno a formar parte de una desafiante propuesta sobre la alteridad.    Permite conocer la historia desde el punto de vista del oprimido, de ese ‘otro’ que es discriminado y obligado a vivir en la marginalidad moral y ética. No es más que la cruda realidad vista desde los ojos de una niña que debe enfrentarse a la idea de que nunca podrá cumplir su deseo de ser normal. Que, para la sociedad, ella es y será un temible monstruo de ojos sangrantes.

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Si bien la película acaba por ser una amalgama de géneros —predominando el más puro sci-fi, toma ciertos elementos propios del terror (lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que uno de sus directores ya venía de hacer Leprechaun: El origen (2014)) y del cine de superhéroes—, su ambiciosa combinación realmente funciona.

Pese a ser una película independiente consciente de los límites de su bajo presupuesto, el primer largometraje de los directores canadienses Adam B. Stein y Zach Lipovsky es una grata sorpresa que logra rehuir de los convencionalismos del cine de superhéroes al que nos tiene acostumbrados los grandes estudios como DC o Marvel y se encuentra más próxima de títulos como Midnight Special (Jeff Nichols, 2016) o El hijo (David Yarovesky, 2019).


Freaks (Canadá, 2018)

Dirección: Zach Lipovsky, Adam B. Stein/ Producción: Amazing, Bloomgarden Films, My Way Entertainment, Confluence Films/ Guion: Zach Lipovsky, Adam B. Stein/ Música: Tim Wynn/ Fotografía: Stirling Bancroft/ Reparto: Emile Hirsch, Bruce Dern, Grace Park, Amanda Crew, Lexy Kolker, Ava Telek, Michelle Harrison, Matty Finochio, Aleks Paunovic

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