FOLLOWING

Reflejos de una filmografía

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Following, el primer largometraje dirigido por Christopher Nolan, podría haber pasado por una (buena) ópera prima más de las estrenadas en 1998. Rodada en blanco y negro y 16mm, con 6.000 dólares de presupuesto pagados del bolsillo de Emma Thomas, la pareja del realizador, el actor protagonista del filme, Jeremy Theobald, y el propio Nolan, aquí en funciones de director, guionista, director de fotografía y co-montador junto a Gareth Heal, filmada en exteriores naturales por las calles de Londres y en las casas del realizador y su familia… Y un aún más largo etcétera de soluciones al límite de la precariedad más absoluta que, pese a las obvias limitaciones presupuestarias que luce el resultado final, no invalidan Following como una primera película interesante y ambiciosa, aunque también algo desequilibrada en algunos de sus aspectos. Pero vista en perspectiva, a más de dos décadas de su estreno y unas pocas semanas antes del estreno de Tenet (Christopher Nolan, 2020), Following es además, y simultáneamente, una jugosa muestra de la consistencia de algunos de los temas de fondo que uno de los directores más célebres, populares y polémicos, del panorama cinematográfico actual, ha ido desarrollando a lo largo de su ya considerable filmografía.

Ya en ésta su primera película, Nolan plantea una trama sencilla que cobra un nuevo sentido, sumando capas de complejidad, gracias a un planteamiento narrativo, y una estructura, que rehúye la linealidad y la causalidad cronológica en aras de un tratamiento más interesado en como se construyen los relatos que en el contenido de los mismos. Convirtiendo casi todas sus películas, muchas veces narraciones en primera persona, retratos de hombres cuyas identidades se encuentran tan fragmentadas como los mundos audiovisuales por los que deambulan como almas en pena. Torturados protagonistas como el anónimo Narrador de Following (el mentado Jeremy Theobald, que ya había protagonizado el cortometraje de Nolan, Doodlebug1997, y reaparecería en Batman Begins -2005), quien resalta la construcción narrativa eminentemente subjetiva en la que consiste la película, al comenzarla aseverando, ante un agente policial (John Nolan) que lo interroga, que “Lo que sigue es mi historia”.

Afirmación que parece igualmente dirigida al espectador, aunque argumentalmente y a grandes rasgos, se convierte en una declaración exculpatoria con la que a través de su profesión (más deseada que real) de escritor busca justificar su peculiar afición de seguir a desconocidos por las calles de Londres, buscando la inspiración imaginando quiénes son, qué hacen y, en definitiva, cómo viven. Una práctica aleatoria, aunque no desprovista de normas, que un día se ve impulsado hacia un nuevo estadio al ser descubierto por uno de los hombres a los que sigue, y que se presenta como Cobb (Alex Hawk, en la piel de un personaje que comparte nombre con el protagonista de Origen (2010), el primer guion escrito en solitario por Nolan desde Following), y que representa la Némesis perfecta del Narrador. Si éste último se nos muestra como un hombre pasivo, de aspecto desastrado, anónimo y apocado hasta lo pusilánime, Cobb es decidido, elegante y, sobre todo, muy elocuente.

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Pero este antagonismo se torna en dependencia cuando Cobb le confiesa su afición por introducirse en casas ajenas, en ausencia de sus legítimos huéspedes, para conjeturar sobre sus vidas, llevarse o cambiar de sitio algunos objetos de valor económico o personal o incluso introducir nuevos elementos que nunca estuvieron allí, siempre con la intención de perturbar la tediosa cotidianeidad de sus habitantes para hacerles conscientes de ella. Una versión mucho más activa (y criminal e inmoral) de los seguimientos del Narrador, que pese a sus reticencias iniciales cae rendido ante el vitalista estilo de vida de Cobb, hasta ser prácticamente vampirizado por su influencia. Un proceso de dependencia identitaria muy habitual en el cine de Nolan, por afín a los seguidos por el detective Dormer (Al Pacino) respecto al asesino Walter Finch (Robin Williams) en Insomnio (2002), los magos Borden (Christian Bale) y Angier (Hugh Jackman) protagonistas de El truco final (2006) o, más consabidamente, entre Batman (Christian Bale) y el Joker (Heath Ledger) en El caballero oscuro (2008).

Y, como en todos estos casos, esta adaptación del Narrador de Following hacia la figura de Cobb acaba siendo revelada como parte de un maquiavélico plan impulsado por este antagonista, que alcanza la naturaleza de demiurgo no ya de la existencia del protagonista, si no del desarrollo de la película, que no en vano está construida a modo de relato, narrado en primera persona, sobre la identidad e inocencia de su protagonista. Una nueva constante del cine de Nolan, claramente rastreable en las bases argumentales de Memento (2000), El truco final o, sobre todo, Origen, que giraba alrededor de la necesidad de manipular a una persona a través de sus sueños… y del relato que se genera a través de ellos. Pero esta construcción narrativa, muchas veces ilusoria, no está precisamente libre de consecuencias, como muestran las tétricas repercusiones de las acciones de los respectivos protagonistas de MementoEl truco final, esta última elaborada de forma casi frontal sobre la noción del engaño/ilusión a través de la fe que en, en última instancia, es el relato cinematográfico. Aunque no faltan ejemplos casi apologéticos de estas construcciones, como demuestran las épicas Interstellar (2014) y Dunkerque (2017), o las que abrazan directamente lo mítico, especialmente en el abordaje que Nolan hace del personaje del hombre murciélago (Christian Bale) en Batman Begins, El caballero oscuro: La leyenda renace (2012) y, sobre todo, El caballero oscuro, cuyo antagonista principal, el Joker se convierte en el demiurgo de una trama que funciona en base a una moralidad caníbal, y que acaba siendo derrotado gracias a un relato falso, pero lo suficientemente tranquilizador como para ser muy probablemente asumido como verdadero por una sociedad necesitada de reafirmarse en la esperanzadora visión que tiene de sí misma.

Esta capacidad demiúrgica, inaugurada por Cobb pero presente en muchos de los personajes de la filmografía de Nolan, se sostiene en Following, al igual que en el resto de su cine, en el uso de la palabra como acto a veces exhaustivamente descriptivo (ocasionalmente hasta el agotamiento) pero también capaz de generar un relato o realidad sostenido por la fe del que escucha, por un lado, y la capacidad de convicción, y manipulación, del que habla, por el otro. Dos polos que, representados en el hablante y el oyente que, como ocurre en Following, Memento o, de forma más tangencial, Batman Begins, coinciden en una misma persona. Pero en esta ocasión, y quizás debido a limitaciones presupuestarias, esta acepción de la palabra hablada resulta mucho más ligera, por bien integrada en la trama, que en gran parte de su filmografía.

La apuesta, quizás obligada, de Following por hacer de la palabra un método de contextualización echa raíces, como exhiben el Narrador y Cobb en cada una de sus incursiones, en su uso del fuera de campo y del montaje. Sobre el primero, Nolan se vale de la imposibilidad de comprobar la veracidad o falsedad de los enunciados de Cobb, o de la declaración del Narrador, dado que sus conversaciones se muestran, directamente, como deducciones cuyas conclusiones dicen más de los intereses personales de quienes las validan que de la realidad, ausente por completo, a la que se refieren desde el absoluto desconocimiento. Pero simultáneamente, y al igual que en Memento, El truco final u Origen, Nolan también utiliza hábilmente el montaje como elemento de contextualización que revela, de paso, la condición de artificio de la película, del relato que la sustenta, y de la identidad que busca explicar. Bajo esta perspectiva, Nolan monta secuencias sin seguir un orden cronológico claro que sin embargo cobran un determinado sentido narrativo bajo la voz en off del protagonista anónimo, que las (re)contextualiza, subrayando hábilmente la condición de falsa, por prefabricada, realidad de la propia película. Cuestión que se convierte, ostensiblemente, en el conflicto principal de la película, muy por encima de una trama criminal que, al no concretarse hasta prácticamente pasados cincuenta de los setenta minutos de duración de la película, acaba convertido en un excesivamente funcional y rutinario (e insuficiente) macguffin.

Pero pese a sus insuficiencias, esta área de la película bebe de una serie de modelos, los propios del cine negro y de suspense que tiñen casi toda la filmografía de Nolan a excepción de El truco final, Interstellar o Dunkerque, pero que en esta ocasión resultan cuestionados por la distancia desde la que se contemplan, convirtiéndolos, como en el caso de la prototípica y desangelada femme fatale (Lucy Russell) en sombras de sí mismos. Este objeto de deseo es una de las muchas mujeres que, a lo largo del cine de Nolan, han ejercido tanto de detonante argumental después de su fallecimiento, como de apoyo fundamental para el avance de la trama, en vida. El Leonard (Guy Pearce) de Memento, el mago Robert Angier (Hugh Jackman) en El truco final, el Bruce Wayne que decide ser definitivamente Batman en El caballero oscuro y se reafirma como tal en El caballero oscuro: la leyenda renace, o el Cobb de Origen son hombres cuyas identidades, tema y motor principal de muchas de las películas del director, se construyen a partir de la pérdida de sus compañeras sentimentales. Sin embargo, las mujeres que acompañan en vida a los torturados antihéroes de Nolan hacen avanzar la narración, modulando crucialmente la percepción de sus protagonistas sobre sí mismos y su entorno. Natalie (Carrie Ann Moss) en Memento, Ariadne (Ellen Paige) en Origen, Olivia (Scarlett Johannson) en El truco final, o Mal (Marion Cotillard) en El caballero oscuro: la leyenda renace o la Murph (Jessica Chastain, cuyo personaje impulsa también la trama… por hallarse a punto de fallecer) de Interstellar (2014), perfilan y hasta crean una realidad por la que transitan los personajes masculinos, divididos entre una asfixiante obsesión por una mujer fallecida y la liberadora, y creativa, presencia de otra, esta viva. Vista así, la mujer fatal de Following, antagonista narrativa de la anciana asesinada que detona tarde y desganadamente la acción, pertenecería a este último grupo, siendo su presencia uno más de todos los elementos de esta película que la delatan como un relato, o como una realidad reconstruida.

Bajo esta perspectiva, Following pertenecería a una parcela en la filmografía del director en la que la razón, impulsada por la voluntad y bajo la forma de la palabra hablada, no garantiza la posibilidad de definir una realidad en crisis, generando, a cambio, neurosis (Insomnio) y una peligrosa capacidad para justificar las acciones propias (Memento) rayana en la megalomanía (El truco final), y no tanto en el voluntarioso mesianismo del que harían gala casi todas las películas dirigidas por Nolan a partir de Batman Begins a excepción hecha, quizás, de Origen. Una crisis absoluta del relato, entendido en el sentido amplio y sociocultural del término, como lectura del mundo que nos rodea y que contextualiza el alcance de nuestras acciones, que en este caso adopta los graníticos ropajes de una película más adscribible al cine independiente al uso, que al mainstream en el que ingresaría su director, solo dos años después, con la aún relativamente marginal Memento.

Aunque ese cambio de tercio, que poco a poco ha dado paso a una visión del blockbuster tan coherente en la prolongación de sus ideas de fondo como operística en sus proporciones, no desmerece en absoluto ni las virtudes de Following ni su condición de contenedor de muchas de las constantes de un cine que, ya sea dentro o fuera de la pantalla, y a favor o en contra, sigue dando muchísimo que hablar.


Following (Reino Unido, 1998)

Dirección y guion: Christopher Nolan / Producción: Christopher Nolan, Emma Thomas y Jeremy Theobald / Fotografía: Christopher Nolan / Montaje: Gareth Heal y Christopher Nolan / Música: David Julyan / Reparto: Jeremy Theobald, Alex Hawk, Lucy Russell, John Nolan.

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