SAN SEBASTIÁN 2020: SECCIÓN OFICIAL

Pasiones, obsesiones… y vicios contra el covid-19

Brujas vascas, daneses ebrios de enseñanza, partisanos lituanos, testigos de Jehová georgianos… y muchos jóvenes ―algunos padres primerizos― confusos. Así podría resumirse a grandes rasgos la Sección Oficial del Festival de San Sebastián 2020. Una edición, la 68º, que ha estado marcada por la pandemia del Covid-19, pero que no por ello ha prescindido de traer varios de los títulos más interesantes del año. Beneficiada o no por la colaboración con el Festival de Cannes, lo cierto es que en la Sección Oficial han convivido desde los últimos trabajos de autores consagrados como François Ozon, Naomi Kawase o Thomas Vinterberg hasta filmes de realizadores con una o ninguna película hasta la fecha. Un escenario idóneo para acabar descubriendo nombres como el de Takuma Sato, Harry Macqueen, Zhou Ziyang o, a pesar de su dificultad, el de Dea Kulumbegashvili.

Parece justo pues empezar hablando de la revelación y el auténtico nombre propio del festival. La ópera prima de Kulumbegashvili, Beginning, ha levantado tantas pasiones como polémicas y ha servido para darnos a conocer a una de las directoras más prometedoras del cine contemporáneo. Más allá de los premios obtenidos ―nada menos que la Concha de Oro, mejor actriz, guion y dirección―, la georgiana resulta ser una película con decisiones muy atrevidas, no solo en la puesta en escena, sino también en lo que hay detrás de ella. Un rompecabezas sobre la lucha de la mujer contra la misoginia y el fanatismo religioso en una tierra que en su belleza encierra algunas de las secuencias más duras de todo el festival. 

Sobre el fanatismo religioso, más cercano en lugar y lejano en tiempo, habla  también Akelarre: el de la caza de brujas por parte de la Inquisición. Lejos del dramatismo e intensidad de Beginning, la última película de Pablo Agüero (Eva no duerme, Salamandra) maneja a la perfección la atmósfera de la época que retrata y, sobre todo, el proceso en torno al cual se juzga a las chicas del pueblo acusadas de brujería. A ello contribuyen también las interpretaciones de Àlex Brendemühl como el juez y, especialmente, Amaia Aberasturi como la Scheherezade que lo embelesa, a la par que hace lo mismo con el espectador siguiendo el juego ficción-realidad que se propone a través del montaje.

Los rituales y el folclore han estado muy presentes en todo el festival de San Sebastián 2020, pero en la sección oficial coincidía otra película en torno a este concepto. Any Crybabies around? de Takuma Sato arranca con la celebración del Namahage, una tradición japonesa por la que cada año se disfrazan de ogros para asustar a los niños y que estos se porten bien el resto del año. Este es el punto de partida de un filme sobre encontrar una segunda oportunidad, el sentido de la paternidad y la sociedad tradicionalista como elemento opresor en el proceso de madurar. Todo ello para desembocar en un final muy catártico pero triste a la vez. También de Japón ha llegado otro film que, en distinto tono, dialoga perfectamente con estas cuestiones y a su vez está marcado por otro final catártico. En True Mothers Naomi Kawase presenta una serie de historias paralelas sobre la maternidad y la adopción que, con la naturalidad que atesora la cineasta, logra conmover por su honestidad y tratamiento de los personajes.  

Si en la japonesa se reflexionaba sobre la responsabilidad parental, en Courtroom 3H esta queda en un segundo plano para hablar de qué sucede cuando estas responsabilidades no se cumplen y los niños necesitan una solución. Antonio Méndez Esparza, quien ya estuvo en Sección Oficial con La vida y nada más (2017), se decanta definitivamente por el formato documental ―una aspiración ya patente en sus anteriores trabajos (Aquí y allá, 2012) situando la acción en los juzgados de familia de Florida, donde la cámara deja que sean sus acusados los que hablen y se narren sus desgarradoras historias con una gran objetividad. Algo de esta objetividad, o por lo menos de autocrítica y reflexión, es quizá de lo poco que se echa en falta en la divertida Crock of Gold: A few Rounds with Shane MacGowan, un estudio no solo del personaje que retrata, sino de la evolución de Irlanda y su música a partir de éste. El filme de Julien Temple es un espíritu libre como su protagonista, un documental lleno de humor en el que conviven la animación, las partes ficcionadas y un sinfín de imágenes de archivo de películas clásicas y demás producciones relacionadas con el país de los duendes.

Con mucho humor pero un gran drama subyacente se articula Druk (Another Round), la última película del danés Thomas Vinterberg y la segunda colaboración con Mads Mikkelsen tras La caza (2012). Como en La caza, el actor da vida a un maestro solo que en este caso no es la mentira lo que le pone en el alambre ante el pueblo sino ese vicio llamado alcohol. Mikkelsen personifica como nadie la crisis de la clase media occidental y el drama de verse enjaulado en una vida monótona y en una sociedad ―de nuevo una crítica al conservadurismo― tan corta de miras. El experimento del personaje de Mikkelsen y los otros profesores no resulta como esperaban, pero sin duda el de Vinterberg parece planificado hasta el último baile. Lo contrario sucede con el último filme de otro autor consagrado, François Ozon, que empieza por el final y cuyo cambio de tono desde la comedia juvenil al thriller es mucho más brusco que el de la anterior. Aun con todo ello, Verano del 85 es quizá la película más optimista y alegre ―y la menos perversa― del cineasta galo, que construye una tierna y trágica historia de amor veraniego entre dos jóvenes que sin duda son lo mejor del largometraje junto al repertorio musical made in the 80s.

La galería de pasiones y obsesiones del festival de San Sebastián 2020 acrecentada por los jóvenes de Ozon alcanza su cota más alta en otra película francesa, Passion Simple de Danielle Arbid. Su simple y directo título define con creces un filme de gran superficialidad centrado en la figura de una mujer que vive por y para su relación con un hombre ruso que parece estar siempre de paso. La ironía de Arbid con respecto a las novelas eróticas para mujeres tampoco ayuda a entender qué quiere contar con esa tóxica relación que no lleva a ningún lado. Sin mucho sarcasmo pero también mostrando una relación de sometimiento a la mujer por parte del hombre se configura Wuhai de Zhou Ziyang, probablemente la película más decididamente de género del festival junto a Akelarre, un especie de noir chino pero con una violencia más fría y seca que la que se podía ver en El lago del ganso salvaje (Diao Yinan, 2019) o La ceniza es el blanco más puro (Jia Zhangke, 2018). No es de extrañar que por ello su protagonista, una suerte del Alain Delon de los polar de Jean Pierre Melville o el conductor de Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) se contenga durante buena parte de la película en su hieratismo e introspección, para acabar desatando una furia que, al contrario que en las obras asiáticas ya mencionadas, resulta más trágica que catártica.

Para concluir están tres propuestas muy distintas pero con un nexo en común: resistir a la pérdida pese a todo. La primera, la hermética In the Dusk de Šarūnas Bartas plantea una guerra ―física, pero sobre todo ideológica― encapsulada en un pequeño pueblo que sin embargo ilustra la descomposición de toda una nación. En el fuego cruzado del lituano es imposible ubicarse, pero la atmósfera tenebrista de su primera mitad, unido al desarrollo de la relación padre-hijo, son los fuertes de un filme que cae en el vicio de hacer una película más pensada para festivales que para el público. Le ocurre algo similar a Nosotros nunca moriremos de Eduardo Crespo, en la que al principio cuesta entrar pero que conforme avanza resulta de lo más interesante en su mecanismo narrativo no solo para perfilar al personaje que ya no está, sino para hablar de la pérdida y de los que la sufren desde la sutileza y la imaginación. Mucho más explícita en sus diálogos es Supernova de Harry Macqueen, solo que estos están tan bien escritos, integrados y enunciados por sus dos protagonistas ―Colin Firth y un colosal Stanley Tucci― que se hace difícil no querer acompañarlos hasta el último rincón con su autocaravana y terminar contemplando las constelaciones. Muchas otras estrellas se quedaron en casa debido a la pandemia, pero el Festival de San Sebastián 2020 ha demostrado que, a la espera de una cura, el mejor remedio sigue siendo ese precioso e inclasificable regalo que es la magia del cine.

San Sebastián 2020

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