FEDERICO FELLINI: 100 AÑOS

È una festa la vita, viviamola insieme!

El 20 de enero de 2020 se cumplen 100 años desde que en Rímini nació quien indiscutiblemente es una de las figuras clave de toda la filmografía italiana. Visionario onírico y auténtico mago del cine, Federico Fellini es uno de los directores más importante y querido de la segunda mitad del siglo XX, el cual nos ha dejado en herencia un universo propio imposible de olvidar: exceso visual, personajes esperpénticos, una banda sonora traviesa pero a la vez nostálgica, tetas, culos, bailes, fiesta… todo a lo grande.

El reconocimiento de su filmografía se refleja en sus cuatro premios Oscar a la Mejor Película Extranjera –La strada (1954), Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1957), Fellini, ocho y medio (Otto e mezzo, 1963), Amarcord (1973)- y en 1993, la Academia de Hollywood le entregó el Oscar honorífico por su carrera. Además ha sido galardonado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes por La Dolce Vita (1960), y con el León de Plata en el Festival de Venecia por Los inútiles (I Vitelloni, 1953) y, un año más tarde, La strada, aparte de recibir el León Honorífico por el conjunto de su carrera en 1985.

Sin embargo, sería injusto alabar su producción –tanto en su papel de director como en el de guionista- sin tener en cuenta a sus más fieles compañeros de viaje: su mujer y actriz Giulietta Massina, su actor fetiche Marcello Mastroianni, su maestro Roberto Rossellini, y su compositor de cabecera Nino Rota. Todos ellos –y muchos otros- son piezas indiscutibles a la hora de comprender a quien se pretende homenajear y recordar a lo largo este texto.

Fellini - Revitsa Mutaciones

El rey de los sueños

Para conocer a Fellini es necesario conocer sus películas. Las historias que narraba las recogía directamente de su mente, de la parte más profunda de su ser: “El punto de partida para el viaje que debo iniciar en cada película es por lo general algo que realmente me sucedió, pero que pienso que también forma parte de la experiencia de los demás”. Con estas palabras, se lo confesó a su amiga y biógrafa Charlotte Chandler en Yo, Fellini (1995), recalcando que su obra no es más que la prolongación de sí mismo. Así lo recoge Chandler en la introducción del libro: “El personaje más importante de toda película de Fellini era uno que sólo raramente aparecía en el film, aunque siempre estaba presente: el propio Fellini. Él era realmente la estrella de todas sus películas”.

¿Quiere esto decir que sus obras son autobiográficas? Fellini responde: “Sí, pero no exactamente”. Fellini sentía que se estaba auto-entrevistando cada vez que hacía una nueva película, su verdad interior provenía directamente de su imaginación, y sus sueños eran su única realidad, “superiores a la propia realidad”, afirma el director: “No hay nada más verdadero que un sueño, porque los sueños resisten las interpretaciones evidentes. Los sueños utilizan símbolos en vez de conceptos”.

El sexo siempre estuvo presente en sus recuerdos, y así lo ha plasmado en sus filmes. En Fellini, ocho y medio ya dedicó, a todas las mujeres que cuidaron de él cuando era pequeño, un divertidísimo pasaje: “Se trata de uno de mis recuerdos sensuales más vívidos de mi temprana vida […] Soy un niño metido en una tina, al que están bañando varias mujeres […] En mi sueño, cuando me sacan de la tina, mi desnudo y mojado cuerpecito es envuelto en grandes toallas por varias mujeres de enormes pechos”. Posteriormente, compartió su primera agitación sexual en la famosa escena de la señora del estanco de Amarcord (1973). En dicha película se reencontró con su pasado en Rímini, caricaturizó su etapa escolar que se llevó a cabo bajo el fascismo de Musolini, y recreó la sala Cinema Fulgor de la ciudad donde tantas horas había pasado de crío y que, tras la Segunda Guerra Mundial, quedó destruida. 25 años después del fallecimiento del director, su localidad volvió a ver al cine renacer, y desde entonces le rinden homenaje.

Rímini también está presente en la gamberra Los inútiles, donde actuó su hermano Riccardo, y donde Alberto Sordi demuestra su talento cómico. Sordi ya había interpretado anteriormente el primer film que dirigió Fellini bajo la partitura de su inseparable amigo Nino Rota –El jeque blanco (Lo sceicco bianco, 1951)-  quien compuso la música de casi todas sus películas, creando a la vez un mundo propio: “Permanecimos juntos hasta su muerte en 1979 […] Se sentaba al piano y le decía lo que quería. Él expresaba con sus notas y aires lo que yo le decía en palabras. Siempre entendía aquello que yo tenía vagamente en la cabeza pero no era capaz de expresar musicalmente”.

Fellini - Revista Mutaciones 4

Fellini nació junto al mar, pero nunca supo nadar. Siendo niño, a menudo soñaba que se ahogaba en el agua, y que “una gigantesca mujer cuyos enormes pechos eran inmensos” le salvaba. En su mente, la mujer era un monstruo marino, y él quería acercarse para tocarlo puesto que la criatura femenina le hacía señas. Una libre recreación de lo narrado se produce en la secuencia final de La Dolce Vita, donde tras una noche frenética, el periodista Marcello Rubini (Marcello Mastroianni) y sus amigos aristócratas amanecen en una playa donde un grupo de bañistas sacan del agua a rastras un pez gigante. A lo lejos, una joven chica angelical intenta llamar a Marcello, le hace señas y trata de comunicarse con él. Sin embargo, ya es tarde para el periodista, y la chica no podrá salvarlo de la rutina clasista y embaucadora en la que se ha perdido.

Tras la gran recepción de esta película, Fellini entró en una profunda crisis existencial en la que la falta de inspiración le llevó a dirigir Fellini, ocho y medio. Durante más de dos horas, seguimos al director de cine Guido Anselmi (Marcello Mastroianni) a través de sus pensamientos e inquietudes, pero nada parece tener sentido. Guido se encuentra frente a frente con esa página en blanco, con ese vacío formal al que el poeta francés Stéphane Mallarme dedicó sus reflexiones y, de repente, la búsqueda del sentido se detiene… Tras sumergirnos en la profunda crisis existencial del protagonista que le impide avanzar en su cometido, nos damos cuenta de que la película que Guido pretendía filmar, pero no lo conseguía, es esa que el espectador está visionando. Todos los personajes que han ido apareciendo durante la película –más de doscientos actores- se reúnen en los decorados desnudos donde Anselmi comenzará el rodaje de su próximo film. Se dan la mano y bailan La passerella d’addio (La pasarela del adiós) concluyendo así uno de los mejores filmes sobre el cine que se hayan creado jamás.

Esta última secuencia de Fellini, ocho y medio fue originalmente creada exclusivamente para el tráiler del film pero, cuando su realizador la rodó –con siete cámaras, por cierto- quedó tan impresionado con el resultado que decidió incluirla como cierre de una de las más sinceras e íntimas obras de la historia del cine.

La infancia y los dibujos

A Fellini no le atraía tanto la historia del hombre como la historia de la imaginación del hombre. La vida real no le interesaba y, desde muy pequeño, se dedicó a plasmar su prolífica imaginación en dibujos: “Dibujaba no una persona, sino la imagen en mi mente de la persona”. Anhelaba irse a la cama y saborear el momento. Disfrutaba de la tranquilidad de la noche y aguardaba ansiosamente los sueños que estaban por invadirlo: “Yacer allí a la espera de los sueños es como estar sentado en el cine esperando que empiece la película”. En cuanto se despertaba trataba de anotar lo que había soñado, utilizando también dibujos: “Los garabatos y los dibujos son mi primer paso hacia la inspiración”.

El joven Federico se pasaba las horas dibujando, incluso en la escuela: “La escuela ofreció la oportunidad de vivir en mi mente, fantaseando, mientras fingía escuchar las palabras de mis maestros”. Aun así, no fue mal estudiante, y sus calificaciones le permitieron ingresar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Roma. No era lo que él realmente quería, pero le sirvió como excusa para abandonar Rímini y trasladarse a la capital. Una vez acomodado, se esforzó por convertirse en caricaturista o periodista: aunque desde los once años tuvo contactos con las revistas de Florencia y de Roma, pero no fue hasta que se instaló en la capital –a los 18 años- cuando comenzó a trabajar como periodista.

Pero, ¿cómo se introdujo Fellini en el mundo del cine? Un día cualquiera de 1944, cuando los americanos ya habían ocupado Roma, el director de Rimini se encontraba dibujando tranquilamente en la Funny Face Shop –tienda de cosas raras o divertidas, situada en la Via Nazionale- que había abierto junto a unos amigos. Allí mismo se presentó Roberto Rossellini con la intención de proponerle que escribiera un guion para una película que terminó llamándose Roma, ciudad abierta (Roma, Città aperta, 1945): “No me di cuenta de que había venido a cambiar mi futuro, a ofrecerme todo lo que yo deseaba en la vida… antes incluso de que yo mismo supiera lo que deseaba […] No fue hasta que trabajé con Roberto Rossellini en los años cuarenta que encontré el significado de la vida para mí”.

Escribió Roma, ciudad abierta – junto a Sergio Amidei y a Rossellini, entre otros– en una sola semana: “Era melodrama percibido como verdad, porque hechos como los que ocurrían en la película acababan de suceder ante nuestros propios ojos en las calles […] Con Cinecittà en ruinas, había que rodar en el escenario real, con luz natural. Era una forma de arte inventada por necesidad”. Posteriormente participó en Paisà (1946), película que supuso una experiencia muy importante en su vida: “Fue viajar con Rossellini por Italia lo que hizo crecer en mí el sentido político y comprender en qué medida el régimen fascista nos había puesto una venda en los ojos. La extensión de los horrores de la guerra era más visible en otros lugares que en Roma”.

Roma y Cinecittà

En numerosas ocasiones Fellini lamentó no haber nacido unos cuantos años antes, al mismo tiempo que el cine, “como King Vidor”. De haber sido así, habría tenido la oportunidad de “comenzar de cero, de inventarlo todo”. Aunque no pudo ser, es innegable que construyó su propio universo felliniano basado en sus sueños y en su visión esperpéntica de la vida. Fue en los estudios de Cineccittà donde sus fantasías le hablaban, donde sus sueños recobraban vida, y donde sus recuerdos se transformaban en películas. Cinecittà permitió que floreciera su imaginación, y allí, pensando que la realidad no era lo bastante real, reconstruyó la Via Veneto para La Dolce Vita, el balneario suizo para Fellini, ocho y medio, las callejuelas de la ciudad para Roma (1972), su ciudad natal para Amarcord (1973) y los canales de Venecia para Casanova (Il Casanova di Federico Fellini, 1976).

En Cinecittà Fellini ejercía un control y una flexibilidad total. El estudio número 5 de la instalación situada en la Via Tuscolana de la capital italiana fue su mejor aliado, siendo el germen de su caprichosa imaginación. Se movía con auténtica libertad, y se sentía como un director del cine mudo, tanto que trasladó su mundo particular allí en los primeros minutos de Y la nave va (E la nave va, 1983).

Fellini adoraba la sonorización posterior, puesto que le permitía tener el control no solo de todo el sonido, sino como también de todas las imágenes: “Me siento especialmente orgulloso del sonido polifónico de mis cintas, que sólo es posible lograr en el montaje posterior […] Si no existiera este sistema, yo lo habría inventado para enriquecer, para dar mayor precisión y para estar seguro de que las caras que he elegido tienen la voz adecuada”. Y es que elegía a los actores directamente por sus caras. Guardaba centenares de fotografías y una vez seleccionados los intérpretes, los mareaba en beneficio de la película que estaba rodando: “Hablo con los actores mientras ellos interpretan sus papeles delante de la cámara. A veces el actor ni siquiera sabe lo que ha de decir, o el guion ha sido demasiado modificado en el último momento para que pueda aprenderse el texto, así que tengo que dictárselo mientras la cámara está rodando”.

Siempre se consideró romano, puesto que solamente allí se sentía totalmente completo: “Roma es el más maravilloso plató del mundo”. Narró su llegada a la ciudad precisamente en la película Roma (1972), en la que se retrató a sí mismo de forma inocente y romántica. Con este film quiso transmitir la idea de que bajo la ciudad actual, subyace la antigua. Una vez más, muchas de las acciones narradas se inspiraron en sueños y recuerdos, como la paralización de la excavación del metro, o la escena del teatro de variedades en directo. Sin embargo, su primera impresión fue la de ver gente comiendo: “En todas partes la gente comía, con evidente placer, cosas que parecían deliciosas. Miraba por las ventanas de los restaurantes y veía espaguetis enrollándose en tenedores”.

En la época que Fellini estaba rodando Roma, le pidió a Anna Magnani si quería hacer una breve aparición en ella. Estaba muy enferma, pero el director supuso que podría ser un bonito homenaje a la actriz legendaria del cine italiano. Además, junto a ella protagonizó el segundo capítulo del film L’amore (Roberto Rossellini, 1948): Il miracolo, basada en una historia que el de Rímini recordaba de su infancia y donde, casualmente, Fellini se estrenó como actor. Al final de la película, la cámara del director se acerca a la casa de la Magnani. “¿Puedo hacerte una pregunta?”, le dice Federico; “Ciao, vete a dormir”, contesta ella. Fue la última vez que la actriz habló en pantalla. Poco después, murió.

Años más tarde, reacio a conceder entrevistas, a Fellini se le ocurrió hacer una película sobre él mismo en el que se mostraba rodando un documental sobre Cinecittà. En este reportaje, un grupo de periodistas extranjeros charlaban con él. El propósito fue recrear su primera visita a los estudios en 1940, cuando sólo tenía 20 años y ninguna idea de trabajar en el cine. En el film, consiguió reunir de nuevo a Marcello Mastrianni y a Anita Ekberg, quienes no se veían desde su obra más recordada, La Dolce Vita, donde su baño en la Fontana di Trevi es ya una de las secuencias más icónicas de la historia del cine.

Aun así, sin lugar a dudas, la verdadera estrella de la filmografía del director fue Giulietta Masina. La conoció cuando empezó a escribir para la radio, y tras unos pocos meses de noviazgo se convirtió en su mujer. Masina actuó en casi todas las películas de la primera etapa de Fellini. Tuvo un pequeño papel en El jeque blanco, pero fue la estrella indiscutible en La strada, Las noches de Cabiria, posteriormente en Giuletta de los espíritus (Giulietta degli spiriti, 1965) y en Ginger y Fred (Ginger e Fred, 1985). Aunque tuvieron problemas conyugales, la pareja siempre permaneció unida: “Giulietta y yo fuimos jóvenes juntos. Juntos descubrimos la vida”. Fellini nunca fue un marido perfecto: “No soy tan buen marido como debería ser. Giulietta se merecía algo mejor. Fui probablemente su mejor director, pero no su mejor marido”. Nunca tuvieron hijos, aunque Giulietta los deseaba con mucha ilusión. Lo intentaron, pero la actriz sufrió un aborto. Años más tarde, Fellini declaraba: “Nuestras películas, especialmente las que hicimos juntos, han sido nuestros hijos”.

Tras estar varias semanas ingresado en el hospital a causa de un ictus, Fellini nos dejó a los 73 años, el 31 de octubre de 1993, pocos meses antes de falleciera su mujer Giulietta. Su legado, sin embargo, está destinado a perdurar para siempre en el imaginario de todos los amantes del séptimo arte.


TODAS LAS DECLARACIONES Y AFIRMACIONES QUE APARECEN EN EL TEXO HAN SIDO RECOGIDAS DE YO, FELLINI (SEIX BARRAL, 1995), LA BIOGRAFÍA ESCRITA POR CHARLOTTE CHANDLER

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