3. FALTA LO MÁS IMPORTANTE

LA MUJER EN EL CINE (3)

Falta lo más importante

“Piensa en todas esas películas y programas de televisión donde hay una mujer o un gay en un guion lleno de hombres heterosexuales, escrito por hombres heterosexuales. Las películas están llenas de esos hombres gay y esas mujeres heterosexuales inventados, diciendo lo que creen que diríamos y haciendo lo que creen que haríamos. Sí; todas las mujeres son siempre buenas y sensatas y enderezan a los hombres con sus ideas alocadas y su idealismo infantil. Y no son nunca divertidas. ¿Por qué nunca aparece una mujer divertida?”, expone Caitlin Moran, manteniendo una conversación con un buen amigo suyo en su libro Cómo ser mujer. Este párrafo, me parece una buena forma de evidenciar el aislamiento cinematográfico de la mujer, el cual también puede extrapolarse a un diálogo de una película de Disney, cuando Mulán, después de intentar comunicar a los chinos que los Hunos se acercan, afirma quejumbrosa “nadie me escucha” a su gran amigo Mushu, y este pequeño dragoncillo rojo le contesta “eres una mujer, ¿recuerdas?”.

Hablábamos antes de la mirada y, en referencia a lo expuesto en anteriores textos, la mirada siempre ha sido masculina y se remonta a cualquier etapa a lo largo de la era cinematográfica. En La mujer pantera (Jacques Tourneur, 1947) la actriz francesa Simone Simon interpreta a Irena Dubrovna, una mujer que esconde una terrible maldición, los celos y la envidia serán sentimientos detonantes para avivar esta condena contra su marido. Dejando aparte el lado esteta de Tourneur, lo que más resalta en el film es la representación del papel de la mujer, Irena Dubrovna aparece como una figura amenazante, manipuladora, y maliciosa mientras que la compañera de trabajo de su marido, Alice Moore (Jane Randolph) es bondadosa, insegura y frágil. Así el varón, selecciona entre una hembra u otra, pudiendo elegir entre un modelo de mujer nuevo o uno viejo, una femme fatale representada como la mayor de las bestias o el arquetipo anterior de mujer sumisa, que huye refugiándose en los brazos del hombre.

El anterior ejemplo me lleva a hablar de Lars Von Trier, un director tachado de misógino por algunas declaraciones y películas de dudosa filosofía como El Anticristo (2009), donde la mujer se relaciona con la locura, el egoísmo y la maldad y el hombre con la calma, la inteligencia y la quietud. ¡Sálvese quien pueda!, menos mal que por lo menos, Von Trier parece tener ojo clínico cuando nos regala este maravilloso diálogo que aparece en Nymphomaniac (2013): “Fuiste un ser humano demandando su derecho, y más que eso, fuiste una mujer demandando su derecho. ¿Qué piensas que hubiera sucedido si dos hombres hubiesen viajado en un tren en busca de mujeres? ¿Crees que alguien hubiese levantado una ceja? ¿Y si un hombre hubiese llevado la vida que tú llevaste? Cuando un hombre abandona a sus hijos a causa del deseo lo aceptamos encogiendo los hombros, pero tú como mujer has tenido que asumir la carga de una culpa que nunca podría ser aliviada. Y toda esa culpa que has acumulado a lo largo de los años se volvió demasiado para ti y reaccionaste agresivamente, podría decir que casi como un hombre, y te defendiste. Te defendiste contra el género que ha estado reprimiendo, mutilando y asesinando a ti y a millones de mujeres.”

La importancia de la mirada abarca cualquier ámbito y la desigualdad es palpable en el cine. Si eres mujer estás condenada, pero, cuidado, ya no digamos si además de ser mujer eres negra, pobre y con un cuerpo que no cumple con los cánones de belleza impuestos por el patriarcado (delgadez, maquillaje, depilación, etc.). Ahí sí que estás jodida. Si ya es difícil ver papeles interesantes interpretados por mujeres o, directamente, películas dirigidas por mujeres, lo raro es que podamos tener el regalo de una película como Precious (Lee Daniels, 2009), el maravilloso metraje que habla de la amarga vida de una chica adolescente del barrio de Harlem, en Nueva York, sacada de la novela Push escrita por Sapphire y, de nuevo, dirigida por un varón. Al final todo se reduce en tener o no estrógenos, menstruación y más o menos tallas de sujetador. Quizás los hombres crean, que puedes ser la hija del diablo (como los pelirrojos) por el hecho de sangrar por la vagina, como sucede en Carrie (Brian de Palma, 1976) de forma más explícita.

Pero ¿qué pasa entonces con nuestros verdaderos deseos, con nuestra forma de ser real, con nuestro tiempo, ocio y nuestras ambiciones personales? ¿Cómo se puede dejar constancia de lo que sentimos, lo que ofrecemos y lo que somos, si solo se cuenta a través de un prototipo ideado por el género opuesto? Hay solo una versión de los hechos, entonces ¿qué pasa con nuestra sexualidad?.

Ah, espera, la sexualidad femenina también la cuentan los hombres, como en La vida de Adele (Abdellatif Kechiche, 2013) una película cargada de escenas de sexo lésbico, PERO, desde una perspectiva masculina. ¿Que cómo sabe Kechiche que las relaciones lésbicas son así? Pues por lo que ha visto en el porno, o por la ligera idea mental que se ha hecho en su cabeza de lo que es el sexo entre dos mujeres. La vida de Adele es esa película protagonizada por dos mujeres, sobre la relación de dos mujeres, en la que ambas mantienen relaciones sexuales desde un punto de vista heterosexual. Bingo. Por eso, está claro que Crudo (Julia Ducournau, 2016) es un referente, es un atrevimiento y es casi un hito porque la perspectiva es íntegramente femenina. Como en la serie Big Mouth (Nick Kroll, Andrew Goldberg, 2017)  donde, por fin, se empieza a contar la sexualidad sin tabúes, sin censura y las adolescentes entran en juego. Capítulos que lleven el título de “Las chicas también están cachondas” hubieran sido imposibles de imaginar en su día por Virginia Woolf y Frida Kahlo.

A lo largo de la historia del cine, el cuerpo de la mujer ha sido convertido en mero objeto y ya va siendo hora de restituirlo. En ocasiones para atraer a determinado público, y en otras para vender morbo y sensacionalismo. Es curioso, mirando el libro Erotismo y cine de Gérard Lenne, descubrir que el 98% de los desnudos en toda la historia audiovisual (bien sean ligeros o integrales) han sido realizados por mujeres, podría casi decir que el 2% restante ha sido de hombres homosexuales. Todos recordamos la famosa escena de Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992) donde Sharon Stone se cruza de piernas como método retador y cautivador. ¡Más de uno se pondría a jugar con el botón de pausa y rebobinado en ese momento!.

La seducción aparece como el arma más potente que tienen las mujeres para conseguir sus objetivos ¿de qué nos vale la palabra, la astucia e incluso la fuerza bruta? ¡De nada, no la tenemos!. Y por ello el ámbito audiovisual está cargado de desnudos femeninos impostados, injustificados y metidos con calzador para el deleite del público masculino. Un claro ejemplo es el desnudo completamente injustificado de Margot Robbie en El lobo de Wall Street (Martin Scorssese, 2013) versus el desnudo completamente justificado de Alicia Vikander en Ex Machina (Alex Garland, 2015). El primero es un desnudo gratuito, que trata el cuerpo como arma imperial de seducción y conquista a un babeante Di Caprio, frente al segundo, que es un desnudo artístico y explicativo, que nos habla y es necesario para culminar la historia.

Por suerte (y para finalizar con un punto positivo esta hiperbólica denuncia) contamos con algunas películas dignas para honrar nuestra historia, como Las horas (Stephen Daldry, 2002) que sitúa a tres mujeres en diferentes épocas conectadas entre sí por medio de la novela Mrs. Dalloway de Virginia Woolf, reflejando la incomprensión del propio género femenino hacia sí mismo por las convenciones sociales, los estigmas y el deber. Afortunadamente, tenemos la huella de directoras como Chantal Akerman, que construía películas como crítica a las labores del hogar y a la esclavitud de las mujeres desde una mirada realista y fidedigna. En Jeanne dielman 23 quai du commerce 1080 bruxelles (1975) vemos a una mujer encerrada en su burbuja, servidora de sus labores y de su casa, criticando la monotonía y el bucle como una forma más de castigo a la mujer.

Contra todo pronóstico, faltan más papeles femeninos interesantes, desgarradores, potentes, líderes, decididos, luchadores, representativos y seguros. Escasean referencias que poder admirar, mujeres poderosas y seguras de sí mismas. Sobran las decenas y decenas de películas que nos exponen a las mujeres únicamente como malvadas, ambiciosas y envidiosas para con sus compañeras, como en Burlesque (Steve Antin, 2010) o como cualquier otra película divertida en la que la chica popular y guapa se siente desplazada por la llegada de una nueva presencia femenina que le puede quitar el puesto. El problema no es que la mirada masculina sea errónea, sino que es incompleta. La personalidad poliédrica de las mujeres, ha sido en muchas ocasiones pulida y reducida a una composición meramente cuadrada y hermética porque proviene de una mirada arraigada y distorsionada, de los pensamientos del género opuesto. Mire a donde mire no veo más que una extensión de La mujer pantera, películas que proponen casi de soslayo avisos para que tengas cuidado con las mujeres, que todo lo que tocan lo destruyen y te arruinarán la vida con sus celos y sus diálogos alocados. Por eso falta lo más importante que puede faltar, sororidad; fraternidad, solidaridad y afán de ayuda entre mujeres. Y eso se consigue equilibrando la balanza y completando la otra parte de la mirada, con mujeres que actúan, dirigen y escriben.

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