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ENCUENTRO CON ALICE ROHRWACHER (LA QUIMERA)

«La quimera habla del amor como posibilidad de plantar raíces profundas fuera de nosotros mismos»

Escuchar a Alice Rohrwacher hablando sobre sus películas es cobrar conciencia de que éstas son la bella punta de un iceberg hecho de un torrente de reflexiones y sensaciones sobre el cine y la vida, sobre el papel de la memoria convertida en mercancía en tiempos neoliberales, o la necesidad de atender al otro y desarrollar el deseo de creer en lo invisible como forma de trascendencia para tiempos empobrecidos por el materialismo.

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Junto con los compañeros Arnau Martín Camarassa de Indústrias del Cine y Agus Izquierdo de Núvol. El digital de cultura, nos reunimos con ella en el marco de entrevistas concedidas a propósito del paso por el D’A (Festival de Cinema de Barcelona) de La quimera (2024), su última película como directora y guionista. El despliegue reflexivo regalado por la autora de obras tan interesantes como Lazzaro feliz (2018) o el mediometraje estrenado en plataforma VOD Le pupille (2022) sobrepasa con mucho los estrechos márgenes de una entrevista al uso que, aunque dio para hablar mucho, dejó también numerosas cuestiones en el tintero que deberán aguardar otra oportunidad.

A modo de panorámica de algunos de sus filmes, Rohrwacher se preguntaba si era necesaria una identificación emotiva con el protagonista de una película en su pacto con el espectador. Santo (¿o idiota?) el protagonista de Lazzaro feliz y ausente el de La quimera, la cineasta los convierte en seres mitológicos que por ser parte de una narración no pueden ser posibles, aunque sí profundamente verdaderos. Habiendo estudiado griego antiguo e historia de la religión, el cine de la directora y guionista está repleto de historias, leyendas y mitos que aportan una renovada fe en las imágenes de ficción como forma de acceso a la verdad. Unas imágenes en las que el desarraigo se convierte en una característica compartida por muchos de los personajes que las habitan.

La comunidad campesina de Lazzaro feliz, que pasa de un severo régimen de explotación a verse socialmente excluida tras su liberación, o la familia de apicultores de El país de las maravillas (2014), que corre el riesgo de perder el arraigo colectivo y físico que le aporta su trabajo, se convierten así en la avanzadilla del protagonista de La quimera, Arthur. Un hombre que, en palabras de la directora y guionista, “busca sus raíces porqué ya no las tiene. Está plenamente desarraigado. Es como un árbol sin raíces, esa sería la metáfora. Su raíz, en realidad, es ese hilo que está plantado dentro de otra persona. Y a veces hablamos de raíces a nivel político, algo que resulta un poco ridículo. Se habla de raíces para garantizar la identidad como una pureza nacional. Pero con una mínima experiencia vemos que la raíz, como indica el propio origen de la palabra, es lo que une: a las plantas las unen las raíces. Las raíces niegan su identidad al ponerlas en contacto con otras plantas”.

Pero esta forma de comunión laica se halla en peligro por los embates del materialismo imperante, capaz de deshumanizar el ejercicio de la memoria hasta lo estrictamente mercantil: “Ahora la memoria es mercado, se convierte en mercancía que se puede comprar y vender”, explica Rohrwacher. “La memoria es ahora mercancía. Eso no se puede sacar de nuestro contexto económico y social”. Para ella la solución no reside en la nostalgia hacia una idea de la memoria como un estadio puro, o en la melancolía por un tiempo pasado que no volverá, si no por intentar dar cuerpo a aquello que no podemos ver o a la atención del alma tal y como la entendía Simone Weil. La mención a la filósofa francesa, cuyo compromiso político humanista va como anillo al dedo a su cine, puso punto final a una pregunta sobre la espiritualidad y trascendencia tan identificadas con su obra, y que se saldó con una negativa sobre su posible vinculación con ninguna religión y una apuesta por la hospitalidad hacia el otro como forma de trascendencia.

La brevedad del encuentro dejó otras muchas cuestiones por reflexionar, desde cómo trabaja con esa familia creativa conformada, entre otros, por el productor Carlo Cresto, la directora de fotografía Hélène Louvart o la actriz (y hermana de la cineasta) Ana Rohrwacher, hasta el modo en el que las historias reales que sustentaron parte de las tramas de Lazzaro feliz y La quimera sobrevivieron el paso del tiempo hasta traducirse en sendas películas, pasando por la forma en que dialogan sus labores como guionista y directora, para alcanzar el resultado demostrado en sus películas. Preguntas que en modo alguno podrían resolver lo que su obra tiene de enigmático, sugerente y humano para sus espectadores.

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