ENCADENADOS

Vivir la intriga

Una efeméride vuelve a invocar a Alfred Hitchcock. El 29 de abril se cumplieron 20 años de la muerte del autor de Encadenados (1946). Desde que Truffaut lo situara como uno de los mejores autores de su tiempo, Hitchcock ha sido consagrado como el “creador total” e incluso, en nuestro siglo, Vértigo (1958) ha superado a la hasta entonces indiscutible Ciudadano Kane (Welles, 1941) como la mejor película de la historia (según Sight and Sound, 2012). Valga como homenaje al “creador total” y, sobre todo, a la vitalidad de sus películas, que siguen apelándonos en el presente, esta revisión de Encadenados (Notorious, 1946) donde las virtudes del film brillan sin necesidad de acudir a la figura de su autor.

Alfred Hitchcock

Encadenados (Notorious, 1946)

Encadenados es un extraordinario artificio narrativo. Aunque no suena ninguna voz en off, el narrador es aquí omnipresente y… lo diré, notorio. No trata de borrar sus huellas de enunciación cinematográfica, ni a través de la transparencia del cine clásico ni de un realismo cercano al documental. En Encadenados lo importante es la intriga, y si insisto brevemente en comentarles una película tan estudiada es por esto. En el fervor por filmar la “realidad” ─como si el cine tuviera acceso inmediato a ella─ a veces se nos olvida que toda acción se presenta mediada, entramada, y que sólo las tramas nos permiten comprender la acción y dar sentido al paso del tiempo. Así, la hermosa historia de amor y espionaje, de malentendidos y reconocimientos de Encadenados resulta un magnífico ejemplo de cómo tejer una intriga y de cómo habitarla tanto por unos seres de ficción que no sean simples marionetas como por el espectador.

Encadenados

La historia es bien conocida. El padre de Alicia Huberman fue un antiguo espía nazi condenado por traición en Estados Unidos. Los servicios de inteligencia saben que otros compañeros suyos, organizados en torno a Alexander Sebastian, están organizando algo que podría ser fatal para el país. El apuesto agente Devlin es mandado a contactar y persuadir a Alice para infiltrarla en la organización. Ambos se conocen en una fiesta y tienen un flechazo, pero desde que Devlin le pide que seduzca a Sebastian, se traslade a su casa y se infiltre en el entorno más íntimo del nazi, ella piensa que todo se debe a la misión. Aun así, aceptará todo. Está enamorada.

El narrador omnisciente de Encadenados nos muestra en todo momento la información de que carecen sus personajes, de modo que desde muy temprano tenemos un mapa general de la intriga que ya quisiera un espía. Podríamos ordenarla con prurito formalista en una estructura de pares de opuestos: Buenos (EEUU) / Malos (Nazis), Alice antigua (frívola) / Alice nueva (comprometida), Pretendiente nazi y confiado (Alexander) / Pretendiente americano y desconfiado (Devlin), Madre / Novia, Primer piso (trabajo) / Segundo piso (familia), etc. Todo el dispositivo cinematográfico de Encadenados está al servicio de organizar estas relaciones de oposición conectándolas entre sí y con los personajes a través de distintos motivos visuales. Una llave ominosa, un pañuelo, botellas de vino, un café letal, las escaleras de la mansión… La famosa escena del café es un magnífico ejemplo de a qué me refiero. Siguiendo la taza de café con veneno, se relacionan ─en una misma acción─ víctima, verdugo activo y verdugo pasivo, y un testigo ─ingenuo médico y colaborador nazi─ que ignora lo que sucede, la guinda de Hitchcock.

Sobre todas estas oposiciones de Encadenados hay una oposición central, la oposición Amor/Deber, que articula todas las demás. De cara al espectador, pero a espaldas de los personajes, la intriga de espías se subordina a la amorosa, que la espolea mediante pruebas de amor, celos y decisiones por despecho, que para desgracia de los protagonistas y nuestro disfrute serán interpretadas del revés. Alice y Devlin creen que el otro actúa por deber cuando lo hace por amor.

Si Encadenados resulta tan entretenida incluso conociendo toda la información tan temprano se debe a la trabajada identificación con unos personajes que, atravesados por intrigas amorosas y políticas, leen como deber lo que deberían haber leído como amor y viceversa. Para ello ─presten atención al uso del plano subjetivo─ el dispositivo cinematográfico combina el punto de vista omnisciente con el de los personajes.

Con el paso de los minutos, lo verdaderamente importante no es qué sucede sino cómo habitan los personajes en la intriga; un aspecto temporal que no puede reducirse a la estructura de ésta y donde destacan dos vivencias: el suspense y la anagnórisis o reconocimiento, es decir, el “cambio de la ignorancia al conocimiento, que conduce a la amistad o al odio, de las personas destinadas a la dicha o al infortunio” (Aristóteles); se trata siempre de una recontextualización.

Frente a los mismos hechos, cada personaje se encuentra en una posición distinta. Sebastian tiene una confianza ciega en la lealtad de su amada Alice porque le ciegan sus celos de enamorado, que no salen de la clave amorosa. Igual le sucede a su madre, enajenada por celos maternos. Simétricamente, Devlin tampoco ve el peligro real turbado por sus sospechas amorosas. Por último, ante la duda eterna, “me quiere o no me quiere”, “me quiere o me utiliza”, Alice tampoco es capaz de ver el amor de Devlin. Sebastian y la madre leen en Alice como intriga amorosa lo que en realidad es política, y ella y Devlin leen como decisiones despiadadamente profesionales las dudas y suspicacias de enamorado. Desde sus distintas posiciones los protagonistas de la intriga se entregan a una equivocada lectura de signos ─de los objetos, de las miradas, las palabras, los actos del ser amado, el café…─ hasta que un objeto o unas palabras, un sencillo “te quiero” de Devlin a Alice, por ejemplo, trastoca su clave de lectura y, ordenando las señales de otro modo, descubren la verdad.

Fíjense en el magnífico clímax final: el dilatado descenso de unas escaleras encuadra a los personajes atendiendo a la reacción y el conflicto de cada uno ante la trama al descubierto y el destino que ésta les depara: distintas formas de habitar en la misma intriga.

Tal vez la trama antropocéntrica y cerrada de la película no resulte la más contemporánea a un presente como el nuestro, más dado a tramas paranoicas y abiertas a fuerzas externas como la de Puro vicio, pero 70 años después de su estreno Encadenados sigue siendo una lección de cómo combinar cinematográficamente escena y narración, de cómo tramar una acción atendiendo a los modos de vivir en ella y de cómo una intriga extraordinaria puede hablar de problemas tan realistas y cotidianos como la lectura de los signos amorosos y políticos.


Encadenados (Notorious, EEUU, 1946)

Dirección: Alfred Hitchcock / Guion: Ben Hecht / Producción: RKO / Fotografía: Ted Tetzlaff   / Música: Roy Webb / Montaje: Theron Warth / Reparto: Cary Grant, Ingrid Bergman, Claude Rains, Louis Calhern, Leopoldine Konstantin, Reinhold Schünzel, Moroni Olsen…

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