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EL VIEJO ROBLE


«La esperanza es obscena»

A comienzos de los años 30 del siglo XX, el gobierno laborista británico impulsó unos programas de producción en los cuales fue fundamental la figura de John Gierson como iniciador de un importantísimo movimiento documentalista que se desarrolló hasta bien entrada la década de los 50. Es entonces cuando los cineastas del Free Cinema adaptaron los esquemas del cine documental para empezar a denunciar las desigualdades sociales (derivadas en su mayoría de una rancia y anticuada distinción de clases sociales) en películas como O Dreamland, Everyday Except Christmas (Lindsay Anderson, 1953 y 1957, respectivamente) o We Are the Lambeth Boys (Karel Reisz, 1958), conformando una de las principales temáticas de ese nuevo cine inglés que, alimentado por esa vastísima tradición del cine-documento, inspiraría, a partir de los años 70, a cineastas tan dispares como Bill Douglas, Terence Davies, Mike Leigh o Ken Loach. El viejo roble (2023), la más reciente película de Loach, parece querer retomar esa reconocible savia del cine británico: no hay más que ver cómo rueda las escenas corales y, sobre todo, las xenófobas conversaciones que mantienen los clientes habituales en el pub que da título a la película. Seña de identidad que se puede encontrar en otros trabajos de su ya dilatada filmografía, como los encontronazos con la burocracia en dependencias estatales de Yo, Daniel Blake (2016), o los trapicheos de Liam en Sweet Sixteen (Felices dieciséis) (2002).

El viejo roble. Revista Mutaciones

 

Y es que el cine de Loach se sigue posicionado a ras de tierra, denunciando, con mayor o menor contundencia, desigualdades e injusticias; sin acusar, sin señalar con el dedo, casi dejando que sus personajes hablen por sí solos, manifestándose en un lenguaje y con unos códigos perfectamente reconocibles en cualquier rincón del mundo occidental. El suyo es un cine (casi podría decirse) estéticamente irrelevante, pero con un objetivo muy claro, con un discurso que parece haberse ido nublando a medida que avanza el siglo: porque la denuncia subyacente en El viejo roble no es la de un sistema viciado, sino la corrupción del individuo resultante de un capitalismo global agostado; la metástasis de un tumor que ha envenenado su alma y que ve en el prójimo a su enemigo declarado.

Para ello, como viene siendo habitual desde La canción de Carla (1996), está respaldado por un guion de Paul Laverty preñado de significados y de autorreferencias, una especie de idas y venidas por elementos dramáticos (la fotografía, el perro, la familia, el concepto de país o, más bien, de patria) que enriquecen el entramado social de Durham, la población minera al noreste de Inglaterra en la que se desarrolla la película, que ve con recelo cómo unos refugiados sirios buscan un lugar donde asentarse y vivir en paz. Y en ese microcosmos de desconfianza y violencia contenida se pronuncia una frase aterradora: “la esperanza es obscena”, quizás una de las líneas de texto más demoledoras que se han escrito para el cine. Esta especie de oxímoron vital define el clima de la narración desde los propios títulos de crédito en los que una serie de fotografías en blanco y negro contrastan con el sonido del saludo de “bienvenida” a los refugiados, algo que, por desgracia, no resulta una novedad. Y no se trata de una propuesta política lo que hace Loach, sino de un manifiesto humanista; es una llamada de atención a las cualidades del ser humano que parece se nos escurren entre los dedos.

El viejo roble. Revista Mutaciones

 

 

Y aunque el guion de Laverty tiene segmentos más que previsibles, formula lo que parece ser la reflexión más aguda de toda la película. En un momento dado, Yara, la protagonista femenina le comenta a TJ, el dueño de The Old Oak, “esta cámara me ha salvado la vida” porque le ha permitido observar a través de su objetivo cosas que si hubiese visto sin filtro podrían haberla matado. Interesante correspondencia para con un cineasta que lleva  mirando (y haciéndonos ver) a través de su objetivo, a través de una mirada carente de artificios, un abanico de situaciones y personajes que, de haber sido vistos de cerca, podrían habernos herido. Yara mira las fotografías de las huelgas de los mineros de 1984, las mismas que estaban en el centro de la trama de Billy Elliot (Quiero bailar) (Stephen Daldry, 2000) en el mismo condado de Durham donde se sitúa El viejo roble, y asume el dolor de aquellas situaciones, algo que a ella le resulta conocido por venir de donde viene, un dolor que ha desaparecido de las imágenes pero que puede reconocerse, que apela a lo que somos capaces de hacer en situaciones extremas. Lo mismo quiere hacer Loach con sus espectadores, ponernos delante de unas situaciones a través de su objetivo para que no se nos olvide quienes somos y las miserias y las grandezas a las que nos podemos ver abocados, para que la frase “la esperanza es obscena” no tenga que pronunciarse nunca más.

El viejo roble (The Old Oak. Reino Unido, Francia, 2023)

Dirección: Ken Loach / Guion: Paul Laverty / Producción: Rebecca O’Brian / Fotografía: Robbie Ryan / Montaje: Jonathan Morris / Música:  George Fenton / Intérpretes: Dave Turner, Ebla Mari, Debbie Honeywood, Andy Dawson, Trevor Fox.

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