CHRISTOPHER NOLAN: TRUCO Y TRATO

El truco final: magia, cine y barracas de feria

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El cinematógrafo de los hermanos Lumière, lejos de comenzar como la revolución narrativa que obtendría el título de contador de historias por excelencia a partir del S.XX, quedó relegado a pequeñas salas y modestas proyecciones. Esto cambió pronto, ya que tales proyecciones causaban una fuerte impresión entre los asistentes, quienes quedaban epatados e impactados a partes iguales. Los Lumière no creían tener entre manos algo tan importante, más allá de su valor documental y de una atracción lúdica condenada a terminar aburriendo.  Por supuesto, sabemos que estaban muy equivocados. Los cinematógrafos y todos sus dispositivos sucedáneos acabarían por abandonar las ferias de maravillas, para llenar innumerables salas de cine alrededor de todo el planeta. No obstante, el componente mágico, ilusorio, imbuido en el haz de luz que ilumina la oscuridad compartida de dichas salas, continuó fascinando a los presentes  de una manera sensorial, más allá de su inteligibilidad técnico-operativa.

La relación entre el cine y la experiencia mágica ha sido acuñada por muchos. Entre ellos, por el maestro de nuestro cine, Luis García Berlanga, en su famoso discurso El cine, sueño inexplicable (1989). Además de proporcionar su visión general del séptimo arte, Berlanga reconocía que para él, en un principio, ver una película fue sinónimo de presenciar un rito esencialmente mágico, el cual disipaba las frustraciones cotidianas. El goce visceral que emanaba de tal experiencia no buscaba el origen operativo de la maravilla, ya que tal herejía sería como desvelar los trucos del ilusionista. En sus propias palabras, “veía al cineasta, más que en un sillón académico, de animador en una barraca de feria, conjurando una oferta de fantasías con el abracadabra del ‘pasen y vean’”.

Dichas reflexiones son llevadas a otro nivel de explicitud por Orson Welles en su (¿falso?) documental Fraude (1973). La tesis principal, apoyada por sus discursos ante cámara en los que Welles aparece vestido como un ilusionista, afirma que todo tipo de arte (pintura, literatura, cine…) es inevitablemente un constructo falso, en tanto en cuanto conforma un simulacro mimético de la realidad. El director se aprovecha del lenguaje cinematográfico para recordarnos esto una y otra vez, lo que conforma una potente reflexión en torno a la constante manipulación que ejerce la imagen en movimiento, vinculada al truco mágico. Si el ejemplo incisivamente explícito lo encontramos en esa película, las inferencias veladas e implícitas podrían hallarse en El truco final (2006) de Christopher Nolan, director objeto de este artículo. Con el envoltorio de película de entretenimiento sobre la rivalidad de dos ilusionistas, Nolan nos regala una meditación sobre su cine y una visión particular del séptimo arte en general.

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El truco final: la obsesión del artista y la vocación del engaño

La cinta se sitúa a finales del S.XIX, precisamente en el apogeo del espectáculo de magia precedente a la invención de ese cinematógrafo que robaría la atención y el público de sus teatros. La tarea de estos magos era la de impresionar, dejar atónitos a los espectadores aunque fuese por un segundo, con una gama de trucos altamente sofisticados. Entre bastidores, podemos observar que las artimañas, per se, son meros artificios con una explicación cuanto menos decepcionante. Sin embargo, el acontecimiento que la audiencia presencia en el escenario no encuentra (y quizás no busque) explicación lógica. Aquí se forja la terrible rivalidad entre Robert Angier y Alfred Borden, interpretados por Hugh Jackman y Christian Bale respectivamente. A partir de una desgracia ocurrida durante una función, ambos comenzarán una carrera hacia el apogeo del ilusionismo, en la que intentarán sabotearse continuamente en pos del truco definitivo.

La obsesión de estos personajes tiene dos ejes conductores: el acuciante deseo de orquestar una ilusión insuperable con el posterior prestigio que ésta conlleva, por un lado, y la obstinada necesidad de conocer los entresijos de los secretos del contrario, por otro. A su vez, ambos ejes referencian figuras relacionadas con el mundo de la creación y de su recepción. La primera obsesión es aquella del artista/director de cine, totalmente inmerso en su oficio de ilusionista cinematográfico. El creador está dispuesto a condicionar su vida o, incluso, en el caso de la película, a morir una y otra vez por su arte con tal de hacer soñar al público y recibir su ovación. La segunda obsesión es la del crítico, espectador insatisfecho que pretende ver más allá del truco y su embaucamiento. Quiere saber, conocer el funcionamiento del engaño, ya que la mera ilusión de realidad no satisface sus expectativas y su hambre.

El truco final no reniega de su vocación hacia el engaño, ya que Nolan se encarga, a través de las líneas interpretadas por su querido Michael Caine, de desvelar la condición artificiosa del largometraje. El truco debe tener tres actos, nos dice, con su introducción, la exhibición de algo ordinario a priori y la posterior triquiñuela que sugiera lo extraordinario. Claro está, la cuestión no se halla en el secreto en sí, sino en cómo articulas la parafernalia que rodea dicho engaño. En verdad, y aquí parece dirigirse directamente hacia nosotros, “lo que realmente queréis es que os engañen”. El posicionamiento es rotundo, Nolan cree conocer lo que quiere el público: la treta imposible recubierta de un poderoso espectáculo, capaz de apelar emociones de intriga, curiosidad y sorpresa.

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Christopher Nolan: ¿ilusionista o genio?

Sin lugar a dudas, en términos de recepción, Nolan se ha convertido en una marca, como pudieran ser Tarantino o Spielberg, independientemente del contenido de sus películas. En vez de ir a ver la nueva comedia romántica del año, el espectador va al cine sabiendo que se va a encontrar la última película del director británico. El trato director-audiencia ya está establecido previamente y ambas partes saben qué esperar el uno del otro. Lo “nolaniano” es claramente rastreable y está profundamente vinculado con lo expuesto anteriormente en base a El truco final.  Nolan vuelca gran importancia sobre las formas que esconden el casi siempre presente giro de guion responsable de proporcionarle el prestigio final ante el gran público.

Primero, presenta el concepto a explorar, ya sea la memoria en Memento (2000), el tiempo en Origen (2010) o el amor en Interstellar (2014), por poner varios ejemplos. A partir de este punto de partida, el espectador presencia unas formas concienzudamente meditadas por parte del director, gélidas pero impecables, además de enfrascarse en su obsesiva manipulación temporal del relato. Todos estos elementos conforman un hipnótico rompecabezas con tintes intelectuales y metafísicos que pretende desviar nuestra atención de la acechante vuelta de tuerca (o vuelta de tuerca de vuelta de tuerca). Esta intencionalidad se puede observar ya en sus primeros cortometrajes, como Doodlebug (1997), o en su primer largometraje, Following (1998), convirtiéndose en una clara constante. Los resultados del giro no siempre son satisfactorios, si comparamos aquellos de la interesante Insomnio (2002) con los insustanciales e innecesarios de El caballero oscuro: la leyenda renace (2012). Lo interesante, por tanto, se encuentra en la forma y no en el engaño en sí, que a veces puede resultar meramente lúdico o casi pueril.

El beneplácito general de público y crítica hacia el director no elimina el presente debate sobre su figura e influencia en el mundo del cine. Encumbrado por muchos, Nolan parecería encarnar la salvación del séptimo arte en mayúsculas gracias a su capacidad de crear grandes historias, aparentemente tan profundas como espectaculares. Indudablemente, su aportación al blockbuster de autor es muy estimable, ya que supone un soplo de aire fresco para una industria plagada de contenido reciclado en forma de remakes y franquicias hipertrofiadas. Sin embargo, quizás fuese más conveniente juzgar a Christopher Nolan como un sofisticado ilusionista y no como el genio y adalid del cine artístico contemporáneo.

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