EL TRAIDOR

Cuestión de honor

La familia, ya sea por relación sanguínea o por la pertenencia a una misma comunidad o a un colectivo, es la base de la que parten la gran mayoría de las películas dedicadas a la mafia. Así lo certifican los grandes éxitos de Martin Scorsese – Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990), Casino (1995) y la recién estrenada El irlandés (The Irishman, 2019), el testamento cinematográfico de Sergio Leone Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 19849), El precio del poder (Scarface, Brian De Palma, 1983) o Gomorra (2008), del italiano Matteo Garrone. Con todas ellas comparte la nueva película de Marco Belloccio, El traidor (Il traditore, 2019), al menos, dos aspectos: un metraje dilatado y el negocio de las drogas. Sin embargo, no es posible hablar sobre la mafia sin dejar de mencionar al que quizá sea el principal referente del género: la saga El Padrino (The Godfather, 1972-1990), dirigida por Francis Ford Coppola. Y es que es con la primera entrega de la trilogía, precisamente, con la que Bellocchio se siente didácticamente más afín a la hora de plantear la que es su obra más ambiciosa.

El traidor 3 - Revista Mutaciones

Si el desequilibrio y las matanzas en El Padrino llegaron tras la negativa de la familia Corleone a “El Turco” Sollozzo y su propuesta para negociar con drogas, en El traidor será el mismo Tommaso Buscetta (Pierfrancesco Favino) quien, en los 80, optará por huir a Río de Janeiro en busca de una nueva vida al no admitir las nuevas andaduras de los Corleonesi -encabezados por Totè Riina-. Estos, según Buscetta, ignorarán los principios básicos de la Cosa Nostra al encontrar en el tráfico de heroína un nuevo poder con el que seguir expandiéndose en Sicilia. De esta manera, como en la película de Coppola, donde se debate la moral de la sociedad norteamericana de los años 40 y 50 que ve cómo la ley extra-gubernamental la imponen las familias de la ciudad de Nueva York, en El traidor, el director hurga en la herida de la región infectada por la pobreza que buscó en la mafia la dignificación de su existencia, cuestionando el poder todopoderoso de los, hasta entonces, impunes capos sicilianos.

El director de Las manos en los bolsillos (I pugni in tasca, 1965), En el nombre del padre (Nel nome del padre, 1967) y La China está cerca (La Cina è vicina, 1971), consiguió sus mayores logros en sus primeras producciones, donde acostumbraba a encerrar a sus personajes en debates morales señalando directamente al sistema político italiano. Tras más de medio siglo dirigiendo, sus películas han tenido una acogida irregular, pero ya en Buenos días, noche (Buongiorno, notte, 2003) –en la que narra el secuestro del ex primer ministro Aldo Moro por las Brigadas Rojas- y en Vincere (2009) –el melodrama realizado sobre la figura de Benito Mussolini- consiguió reenganchar a la crítica mundial. Y ahora, con El traidor, ha vuelto a la primera línea. En sus más de dos horas y media, la aséptica puesta en escena que ha marcado el estilo de Bellocchio evoluciona progresivamente hasta erosionar con la teatralización del Maxiprocesso (macro juicio) que constituye el núcleo central del film, y que se formaliza simbólicamente con la melodía de Va, pensiero de Verdi, el famoso coro del tercer acto de la ópera Nabucco que canta a la patria perdida y al exilio de sus personajes.

El traidor 4 - Revista Mutaciones

Sin ser estrictamente una biografía de Buscetta al uso -el hombre que decidió desmantelar las sucias prácticas del crimen organizado colaborando con el juez Giovanni Falcone (Fausto Russo Alessi) y a quien apodaron Boss dei due mondi (el jefe de los dos mundos)-, Bellocchio indaga en los conceptos de “traición” y “venganza” mirando fijamente a la Italia actual. Dotándole de un carácter romántico, incluso más profundo que el de los héroes clásicos, el realizador posiciona a su protagonista como salvador de la patria: no es él quien ha traicionado a la Cosa Nostra, sino el capo Riina y los Corleonesi, quienes en los años 70 decidieron provocar una guerra cruenta que se prolongó durante décadas.

Las interpelaciones entre los acusados –agrupados en celdas que se construyeron expresamente- en el inédito proceso judicial están rodadas en tiempo real, como si de una emisión televisiva se tratase, agitando el ritmo tanto narrativo como dramático que va desarrollando la película. Recordando las grandes comedias que marcaron una época dorada a mitad del siglo XX, la burla y el ingenio italiano, tan característico en sus personajes más queridos se hace presente en la odisea de condenar a los más de 300 procesados alterando la seriedad que precisaba el suceso, en el que Bellocchio incluso se toma la libertad de bajarle los pantalones –literalmente- al mismísimo Giulio Andreotti. Y es que si en algo ha destacado siempre el director italiano, ha sido en sacar el máximo partido de sus actores, quienes la gran mayoría de las veces interpretan a personajes desequilibrados que afrontan la vida como si de un juego se tratase. Un juego que, respecto a lo que El traidor concierne, traspasa lo anecdótico para convertirse en el suceso más importante de un país apestado por el crimen.


El traidor (Il traditoreItalia, 2019)

Dirección: Marco Bellocchio / Guion: Marco Bellocchio, Valia Santella, Ludovica Rampoldi, Francesco Piccolo / Producción: Beppe Caschetto, IBC Movie, Kavac Film, Rai Cinema/ Fotografía: Vladan Radovic / Música: Nicola Piovani / Dirección artística: Andre Castorini / Reparto: Pierfrancesco Favino, Maria Fernanda Cândido, Fabrizio Ferracane, Luigi Lo Cascio, Fausto Russo Alesi, Nicola Calì, Giovanni Calcagno, Bruno Cariello, Vincenzo Pirrotta, Bebo Storti, Goffredo Maria Bruno, Gabriele Cicirello, Paride Cicirello, Elia Schilton, Alessio Praticò, Pier Giorgio Bellocchio, Rosario Palazzolo, Antonio Orlando, Ada Nisticò, Federica Butera, Giovanni Crozza Signoris, Alberto Gottuso, Tatu La Vecchia, Sergio Pierattini, Raffaella Lebboroni, Giuseppe Di Marca

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