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EL IMPERIO DE LA LUZ

Luz sanadora, mas no trascendental

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Sam Mendes suele vestir su cine con unas hechuras distinguidas, correctas, apropiadas a la ocasión. En su anterior cinta, 1917 (EE.UU., 2019), lograba armar un artificial, pero muy efectivo andamiaje. En un falso plano secuencia que teje toda la película consiguió transportar una potente experiencia inmersiva en la contienda bélica y abrió nuevos caminos en los que el cine se prestaba a alcanzar logros del arte de los videojuegos. Con Camino a la perdición (2002, EE.UU.) de nuevo aplicaba con corrección los conceptos del cine negro clásico, aportando un suave matiz moderno que lo acercaban al comic (partía, de hecho, de la novela gráfica de Max Allan Collins y Richard Pier Rayne). Algo que también hizo Sin City (Robert Rodriguez, Frank Miller, Quentin Tarantino, EE.UU.) tres años más tarde, pero sin ceder tanto al visual dibujístico en pos de una propuesta más sobria cinematográficamente. Revolutionary Road (EE.UU., 2008) ambientada en una familia de clase media-alta de los Estados Unidos en los años 50, sea quizás la película con más capas, matices y contradicciones expuestas del cineasta británico. En ella mantenía la compostura con esa casi total contención de las formas, para que la emoción brotase más desde el diálogo y la narración. Y en la cima de su cine, American Beauty (EE.UU., 1999), conseguía hacer una profundísima sátira a partir de una estereotipación de los personajes, pero dotándolos de la enjundia necesaria para que ese juego de retratos adquiriese un fondo más complejo de lo que la aparentemente plastificada propuesta parecía partir. En sus cuatro mejores películas hubo elementos que se desvelaban, que incluso innovaban, pues a partir de esa diáfana concepción de la imagen transmitía un mundo más vasto del que los cuatro límites del marco de una pantalla encierran. 

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Sin embargo, en su nuevo estreno El imperio de la luz (2022), Sam Mendes no consigue ser revelador, no hay un más allá. Ni la contextualización de la época es trascendental y verdaderamente comprometida (tampoco parece pretenderlo), ni la enseñanza que se extrae es reveladora a estas alturas (el fotograma en el que una mano negra estrecha a una mano blanca, pese a bien intencionado, resulta algo manido y puede que ingenuo). Esta es una obra que planea en la nostalgia y en el amor al cine, pero en la que, como su protagonista, parece darle la espalda a éste. El discurso que se articula en torno al cine es meramente presencial, no motivo real de la construcción de los personajes, como sí lo hiciera la mítica Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, Italia, 1988), o más recientemente La última película (Pan Nalin, India, 2021) o Los Fabelman (Steven Spielberg, EE.UU., 2022). Más bien, ese descubrimiento que suscita el visionado de una película se presenta aquí como consuelo, que casi que lo acercan más a cierto momento de La milla verde (Frank Darabont, EE.UU., 1999). 

Pese a que en su inicio una enumeración de encadenados promete que la película se asiente en la cinefilia, la obra torna en un romance que poco después vira, aunque sin profundizar, al drama político-social para asentarse en la asistencia entre dos personas marginadas. Por un lado Stephen (Michael Ward), un joven negro que tiene soportar el clima racista de inicios de los 80 en la Inglaterra de Thatcher, del auge del movimiento skinhead y todo aquél despertar neonazi; por otro, una mujer aburrida que le dobla en edad (Olivia Colman) y sufre de una profunda depresión, que cuando se agudiza, le obliga a medicarse. El film se detiene mucho más en la herencia, las enseñanzas, el apoyo y el intercambio entre estos dos marginados. En ese terreno es donde juega la película, sin adentrarse en la problemática política y sin ser trascendental la envoltura de cinefilia. La luz no corresponde a proyectores o al esclarecimiento del por qué del contexto, sino al encuentro sanador entre dos personas (los momentos de oscuridad que ocupan una parte del metraje estarán siempre relacionados con lo enfermizo) que se hacen bien; algo que vemos materializado en la presencia de la enfermería o en la curación en secreto de una paloma. Quizás por ello el romance vaya en una línea más atemporal (una de las razones de la diferencia de edades), con su seno en las estancias abandonadas de un cine que en su día fue mayor, donde la luz de la costa sur inglesa irrumpe por esos imponentes ventanales. Pese a su fuerte encorsetamiento formal, donde la potente dirección de arte refulge y a la vez revela que se juega más de base en lo melancólico que en lo innovador, la cinta encuentra mecanismos edulcorados (puede que demasiado sostenidos en la debilidad del espectador ante las temáticas expuestas), para llegar a lo emocional. 

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El imperio de la luz pierde la oportunidad de detenerse en las conexiones que pueda haber con la actualidad en torno a la decadencia de las salas, donde el cine de mayor solera de la costa inglesa es solo una sombra del lujo y la grandiosidad que albergó, otrora perdida por la normalización de la televisión en los hogares en los 60’s y 70’s.; proceso análogo al contemporáneo desde la pandemia con la irrupción de las plataformas y el VOD Review. Tampoco, pese a que sí que se detiene algo en ello, saca todo el jugo del paso del tiempo o la belleza decadente de un cine como, con una puesta en escena diametralmente opuesta, hiciese Tsai Ming-liang en Good Bye, Dragon Inn (Taiwán, 2003). Como subraya la frase de Shakespeare que se inscribe en el friso de la puerta principal de la sala del cine Empire-“find where light in darkness lies”-, casi a modo religioso se alienta a la esperanza, a posicionarse en la luz y al culto del cine, pero sin una sólida base de imágenes con las que su ilustración ayude a trascender. 

 


El imperio de la luz (Reino Unido / EE.UU., 2022)

Dirección: Sam Mendes / Guion: Sam Mendes / Producción: Neal Street Productions, Searchlight Pictures. Distribuidora: Searchlight Pictures Edición: Lee Smith / Fotografía: Roger Deakins / Música: Trent Reznor, Atticus Ross/ Reparto: Olivia Colman, Micheal Ward, Colin Firth, Toby Jones, Tanya Moodie

Mario C. Gentil

Graduado en Historia del Arte. Creador y director de testigodecine.com Tengo un canal de YouTube (CINEMArietismo) donde hablo de mis películas favoritas. Máster de Crítica Cinematográfica en la ECAM. Futuro programador de cine.

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