EL HOYO

#YoMeQuedoEnCasa

el hoyo 2 - mutaciones

La producción española sorpresa del año, ganadora del Premio del público en la sección Midnight Madness de Toronto y aplastante triunfadora del último festival de Sitges con premios a Mejor película, Premio del público, Director novel y Mejores efectos especiales, está viviendo una segunda vida (mucho más popular que la primera) tras su estreno mundial en Netflix. Galder Gaztelu-Urrutia debuta en el largometraje, y de qué manera, con una distopía futurista capaz de radiografiar nuestra sociedad en un extraño edificio que mezcla el cubo de Vincenzo Natali (Cube, 1998), el rascacielos de J.G. Ballard (High-Rise, Ben Wheatley, 2015) y el tren rompenieves de Jean-Marc Rochette y Jacques Loeb (Snowpiercer, Bong Jon-hoo, 2013), sin olvidarnos de la Albacete de 9177 en  la reciente e infravalorada Tiempo después (José Luis Cuerda, 2018). El hoyo es una construcción, a medio camino entre la prisión y el experimento social, con infinidad de niveles de altura y con dos inquilinos por nivel. Todos los días, por un agujero central que sirve de ascensor entre los pisos, desciendo un banquete repleto de comida y bebida, deteniéndose unos segundos en cada nivel. Si estás en un nivel superior, no hay problema. Puedes comer lo que quieras. La cosa se complica cuando la mesa comienza a bajar y solo quedan las sobras de los de arriba. Además, cada mes los “habitantes” de El hoyo cambian de nivel aleatoriamente. Un mes puedes estar arriba, al siguiente abajo, y así sucesivamente.

El argumento, como veis, no deja de ser una metáfora nada sutil de la lucha de clases, la injusta repartición de bienes y el egoísmo humano. Como bien dice Trimagasi (Zorion Eguileor), y resumiéndolo mucho, los de arriba te putean porque están arriba. Y tú puteas a los de abajo porque están abajo. Obvio. Nuestro protagonista, Goreng (Iván Massagué), tratará de cambiar esa desigualdad por todos los medios, encontrándose con lo peor y lo mejor del ser humano, y entendiendo que, digámoslo así, “para hacer una tortilla, primero tienes que romper unos cuantos huevos”. El limitado presupuesto se suple con la aprovechación máxima de los medios disponibles, unos efectos especiales cuya importancia radica en que pasen desapercibidos y una fotografía fría que contrasta con la implicación emocional que se infiltra en el espectador. Su final, para algunos ambiguo, para otros perfectamente cerrado, eleva el riesgo de la propuesta, jugando con la importancia y el significado del “mensaje”, sin perder la contundencia del relato (aunque sus autores admitieron en entrevistas que el original era algo más pesimista que el que quedó finalmente en el montaje).

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Esconde mucha más reflexión de la que parece, y no renuncia a entretener, desafiar y buscar la complicidad del espectador cuando tiene que hacerlo. Pequeña gran joya del pasado año, quedó eclipsada en cartelera y en temporada de premios por los Almodóvar, Amenábar y similares.


El hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, España, 2019)

Dirección: Galder Gaztelu-Urrutia / Guion: David Desola, Pedro Rivero / Producción: Basque Films, Consejería de Cultura el Gobierno Vasco, ETB, TVE / Música: Aranzazu Calleja / Fotografía: Jon D. Domínguez / Reparto: Ivan Massagué, Antonia San Juan, Zorion Eileor, Emilio Buale, Alexandra Masangkay

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