EL HIJO DE SAÚL

Relatar después de Auschwitz

Aunque pueda parecer extraño, El hijo de Saúl es puro relato de aventuras. Solo que László Nemes ha sabido desprenderse de los componentes espectaculares habitualmente asociados al género. Con todo, la historia de Saúl, un sonderkommando en busca del modo de enterrar a un hijo ficticio, es la más novelística y quijotesca película sobre el Holocausto. ¿Acaso Saúl no inventa una ficción para sobrevivir?

Igual que Don Quijote inventó una ficción para poder habitar un mundo que se había vuelto irreconocible, Saúl inventa un hijo que le permite habitar el horror del Holocausto. Mientras compañeros suyos procuran dar testimonio del horror o trabajan en la huida, Saúl sólo quiere encontrar a un rabino y enterrar a su hijo. Tal vez le sorbió el seso la lectura de cuentos jasídicos en los que un rabino acaba salvando a los personajes de la muerte por medio de un ritual, pero es una locura que le permite recuperar el pasado -la tradición, el ritual- y proyectarlo hacia un futuro, incluso si no hay esperanza y sólo queda enterrar la descendencia. En definitiva: la ficción permite a Saúl articular una acción de resistencia.

El hijo de saúl

Del mismo modo, con El hijo de Saúl László Nemes no ha querido mostrar un horror, por naturaleza, irrepresentable; sino explorar cómo puede alguien habitarlo. Por eso, aun partiendo de los testimonios originales, ha anclado la película en un relato de ficción. A través de una clásica trama de búsqueda con distintas salidas desde el “hogar” (como en Don Quijote) Nemes muestra el mecanismo del Holocausto con precisión y rigor documental pero siempre desde la posición restringida del protagonista: desde dentro del relato.

Esta trama de búsqueda remite a los cuentos populares y a las narraciones de aventuras y, de hecho, late el mismo corazón de las tinieblas que en ellas: la imposibilidad pero también la necesidad de mostrar la alteridad absoluta que son el horror, la muerte y la barbarie. Pero, al contrario que Don Quijote, Saúl no es libre en sus salidas y la película se convierte también en una exploración de cómo salir de la barbarie y cómo actuar en ella cuando se ha convertido a la fuerza en nuestro hogar. La búsqueda de Saúl de un espacio donde enterrar a su hijo en un entorno totalitario deviene entonces un absurdo kafkiano y no es de extrañar que la vida del protagonista termine dos veces: primero como tragedia, en el río, y después como farsa.

La atención por la trama no implica, sin embargo, descuidar el problema de la representación sino todo lo contrario: le confiere la distancia justa más allá del mito de la (re)presentación absoluta o su reverso: la ausencia. Y resulta la mejor respuesta al conflicto Adorno ? Didi “imágenes pese a todo” Huberman sobre la representación del horror. En base al relato, Nemes crea un falso punto de vista subjetivo: se pega al rostro y la nuca de Saúl en largos planos secuencias y sólo lo abandona para seguir su mirada. Todo lo demás, el horror propiamente dicho, queda desenfocado, fuera de campo y sugerido en un infernal off sonoro digno de Bresson. Porque sólo como parte cardinal de un relato –como el asesinato de un chico que inicia aquí la historia– el horror se vuelve nítido y, ahora sí, representable.

El hijo de Saúl

 

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